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El pacto del Azor

El pacto del Azor suscrito entre Franco y don Juan el 25 de agosto de 1948, en el que acuerdan que Juan Carlos comience en España sus estudios de Bachillerato, marca un punto de inflexión en la futura restauración de la monarquía en España el 22 de noviembre de 1975, en los singulares contactos entre el conde de Barcelona y el Caudillo y, especialmente, en el inicio de las profundas y estrechas relaciones entre Franco y don Juanito. El encuentro viene precedido de una copiosa correspondencia privada entre Franco y don Juan desde el fracaso de la rebelión militar de julio del 36 y el estallido de la Guerra Civil, que ha pasado del más absoluto de los entusiasmos, a la falta de entendimiento y la ruptura pública. En marzo de 1945 don Juan ha lanzado el Manifiesto de Lausana, al estar convencido de que los aliados habían puesto el cartel de “liquidado” sobre Franco y su régimen nacionalsindicalista, en la firme creencia de que esa declaración sería la espoleta que le llevaría inexorablemente a ceñir la corona sobre su cabeza. Pero el dictador, sorprendentemente, ha superado todos los envites: los ataques de los generales neoconspiradores Aranda, Beigbeder y Kindelán, los suaves escritos de los procuradores y de sus compañeros de armas que lo elevaron a la cúspide del poder pidiéndole el retorno de la monarquía, la invasión de la milicia comunista mandada por Santiago Carrillo por el valle de Arán y del Roncal, el espíritu de Yalta y Potsdam, la condena de las Naciones Unidas con la retirada de embajadores, el aislamiento internacional y el bloqueo comercial, la formación de un caótico gobierno republicano en el exilio presidido por Giral, la declaración tripartita de condena de los Estados Unidos, Francia e Inglaterra y los continuos sabotajes de la guerrilla comunista.
A primeros de marzo de 1947, Winston Churchill pronuncia en el Westminster College de Fulton (Missouri) que “desde Stettin en el Báltico a Trieste en el Adriático, un telón de acero (the iron curtain) se ha abatido sobre Europa.” El presidente Truman, presente en el acto, respalda la declaración. Es la guerra fría entre Occidente y la Unión Soviética, que va a modificar de inmediato la estrategia de los aliados occidentales respecto al régimen franquista. A finales de ese mismo mes Franco tiene listo el proyecto de la Ley de Sucesión. Antes de anunciarla y hacer público su contenido envía a Estoril al subsecretario de la Presidencia, Luis Carrero Blanco, a informar de la misma a don Juan. La Ley define a España como Reino, establece el carácter vitalicio del Caudillo en la Jefatura del Estado, a quién en caso de muerte o incapacidad le sucederá “la persona de sangre real con el mejor derecho” a propuesta del Gobierno y del Consejo del Reino. El candidato a jefe del Estado como rey deberá ser español, católico, haber cumplido treinta años y jurar las Leyes Fundamentales. Don Juan al leer el texto estalla irritado y colérico porque “eso es una monarquía electiva, no hereditaria”. Despide a Carrero y con toda urgencia convoca a su círculo de consejeros más selectos; Gil Robles, Sainz Rodríguez y Vegas Latapie, quienes acuerdan preparar otra declaración pública de don Juan. Otros monárquicos, también del Consejo Privado de don Juan pero colaboradores con el régimen franquista, intentan disuadir al conde de Barcelona para que no haga declaración alguna. Pero la petulante arrogancia de don Juan, empecinado en la errática estrategia de querer ver a cada momento la inminente caída del dictador, no escucha esos consejos y lanza su segunda sonora andanada contra Franco. El 7 de abril se difunde el Manifiesto de Estoril seguido de unas explosivas declaraciones al diario británico The Observer, en las que don Juan se muestra firme partidario de un frente común con la izquierda socialista de Prieto, de la amnistía general, de la legalización de la UGT y la CNT y de la separación Iglesia-Estado. La resonancia internacional del Manifiesto y de las declaraciones es tremenda. En España se difunden conjuntamente con el Manifiesto de Lausana entre una dura y agria campaña contra don Juan y su círculo de secuaces más estrecho. El clima es tan virulento que hasta los más firmes partidarios de la monarquía de don Juan le critican. Incluso el general Kindelán, su representante en España, afirma que “es un mal paso que esteriliza cuanto estamos intentando”.

La presión de los gobiernos occidentales que buscan la caída del dictador, da como réplica el efecto opuesto al cerrarse como una piña Ejército, Iglesia, milicias de Falange y del Tradicionalismo y la ancha base popular, pese a la miseria y la carencia de alimentos. Franco sale fortalecido. Así lo reconoce el informe secreto elaborado en octubre de 1947 por el equipo de especialistas para la planificación de la política exterior norteamericana en relación con España, dirigida por George F. Kennan para el secretario de Estado Marshall: “Por una parte, hemos tenido la esperanza de lograr la sustitución del régimen totalitario del general Franco retirándole los beneficios de las relaciones políticas y económicas internacionales. Por otra, estamos convencidos de que el general Franco permanece firmemente en el poder y que su régimen se ha reforzado realmente por la demostración de la hostilidad internacional”. La recomendación de los analistas es que las relaciones entre Estados Unidos y España deben tender hacia una “normalización tanto política como económica”. Así pues, el año de 1948 supone un cambio radical en el panorama español. Franco está muy reforzado internamente y su visceral anticomunismo gana la partida a los anglonorteamericanos. Estos, pese a sus declaraciones de condena, prefieren un Franco en el poder, aunque les disguste, ante un amenazante y voraz Stalin dispuesto en cuanto se despisten a tragarse Europa. El chispazo para la tercera guerra mundial después del bloqueo de Berlín está más cerca que nunca, lo que contribuye decisivamente a poner fin a la etapa de aislamiento del régimen franquista.
Para su revés don Juan ha visto escapar sus posibilidades. En Inglaterra y en Estados Unidos le dicen que es mejor entenderse con Franco. La causa monárquica ha pasado del eufórico momento en el que los generales Aranda y Kindelán se paseaban por Madrid con listas del inminente primer gobierno de la Monarquía, a un estado de confusión y perplejidad. Y así surge la necesidad del contacto en ambas partes. Para don Juan es imperioso tender puentes y buscar un cierto acercamiento con el general. Prácticamente ya está convencido de que no será derribado y de que la Monarquía o viene de la mano del Caudillo o no vendrá jamás. Y su madre, la reina Victoria Eugenia, le ha recomendado que trate de entenderse con El Pardo. Para Franco el objetivo es diferente. Hasta el Manifiesto de Estoril pensaba que don Juan podía ser recuperable para el trono si se silenciaba la influencia negativa de sus consejeros, pero después ha abierto un paréntesis lleno de incógnitas, no le ha descartado de la sucesión, pero prima la idea de que la vía Estoril está perdida, salvo que medie una rectificación completa, por lo que hay que empezar a pensar en la posibilidad de su hijo Juanito. Y para eso es fundamental que ese niño se eduque en España. El futuro rey Juan Carlos va a estar, pues, desde el primer instante, en el eje de las relaciones Franco don Juan y va ser objeto no pocas veces de negociación política, que de largo ganará siempre el primero. Don Juan tiene en su hijo la excusa para relajar las tensiones que surjan con Franco, y éste ve en el joven príncipe la figura que puede rematar su obra política, después de años de exhaustiva educación y preparación.
Con ese panorama va a surgir un personaje que desde 1948 hasta diciembre de 1954 ocupará un puesto clave de enlace entre Estoril y El Pardo. Julio Danvila es un político de profundas convicciones monárquicas, amigo personal de Alfonso XIII, que durante la República fue uno de los vicepresidentes de Renovación Española, junto al conde de Vallellano y José Calvo Sotelo. En la Guerra Civil ha desaparecido para volver a emerger una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial. Es uno de los que los círculos de Estoril definen como “colaboracionistas”. Don Juan le dice a Sainz Rodríguez que es un “correveidile”. Y Danvila critica a los consejeros del conde de Barcelona que, por encima de todo, lo único que quieren es la ruptura total con Franco. Por contra, él forma parte de la mayoría de la base monárquica partidaria de entenderse con el general.
En el otoño del 47 los ecos antimonárquicos no se han apagado en la prensa y Danvila mantiene una serie de reuniones con los representantes del Consejo de Acción Monárquica, controlado de forma absoluta por el general Kindelán desde la entrevista secreta que ha celebrado con don Juan en la localidad portuguesa de Guarda en pleno vendaval, hasta que desde Estoril le laminan su control introduciendo una Secretaría Ejecutiva, con Rodezno y otros representantes alfonsinos y gilroblistas. No creen que su iniciativa tenga posibilidad alguna, pero tampoco le impiden que escriba al conde de Barcelona exponiendo sus ideas. Y lo hace. En Estoril, Vegas Latapié, responsable del Secretariado Político, y sobre quien se han centrado todas las iras por los efectos de las declaraciones al recitado The Observer, consume sus últimos instantes antes de salir para Suiza como preceptor del príncipe Juanito y abandonar la actividad política.
En enero de 1948 don Juan contesta a Danvila: “Tus argumentos tienen, desde luego, originalidad y fuerza, pero no se te ocultará que llevar a la práctica tus planes no sería cosa fácil”. Prefiere que su gente de Madrid siga con la iniciativa. A vuelta de correo le argumenta que los momentos actuales para la causa de Estoril, que es la de España, no pueden ser más graves y peligrosos, pero que a grandes males, grandes remedios. Y decide viajar, con permiso gubernamental, a Portugal. Lleva informes, expone ideas… Y obtiene luz verde para plantear el asunto en El Pardo. Su plan de acción estriba en conseguir que Franco autorice el traslado de la residencia de los condes de Barcelona al palacio de la Magdalena, en Santander, y si se niega, como es previsible, hay que conseguir que el príncipe Juanito venga a estudiar a España. El 17 de junio manda a Franco un plan de cuatro puntos y le solicita una audiencia. El escrito es confuso. Dice que el conde de Barcelona y sus seguidores han de “cesar por completo en sus actividades todas, reduciendo su labor al estudio técnico de los problemas nacionales y sus posibles soluciones”. Y que las dos figuras “el conde de Barcelona y el Generalísimo han de ser completamente sagradas para unos y otros”. Franco no contesta. El 6 de julio vuelve de nuevo a la carga insistiendo en la audiencia: “El tiempo pasa y mi situación es cada momento más delicada, mientras no pueda volver a Estoril con criterio formado para terminar las conversaciones iniciadas con el conde de Barcelona, exponiéndole ya con detalle mis puntos de vista, me atrevo de nuevo a escribir a V.E. reiterándole el ruego de que me reciba en cuanto pueda, ya que por motivos de momento que le expondré considero cada día que pasa sin resolver la situación un inconveniente para lograr el éxito del que tanto espero”.

Por fin, a finales de julio, Franco le recibe en El Pardo un día antes de salir de vacaciones a Galicia. Se muestra totalmente escéptico. Le habla de las conversaciones que desde Estoril están manteniendo con Prieto, le enseña cartas del líder socialista donde éste se las ve muy feliz si llega del brazo de la Monarquía a la que después promete una soberana patada, y apostilla: “convénzase usted, Danvila, que no hay nada que hacer pues lo de Estoril está perdido”. Durante casi cuatro horas de conversación, las espadas se mantienen en alto, hasta que el Caudillo admite que la educación en España del pequeño Juanito se puede tratar como “primer paso”. Pero rechaza que se haga previa designación de don Juan como futuro rey y, en cambio, acepta celebrar una entrevista con él para tratar el tema de la educación. Acuerdan que ésta podría tener lugar en San Sebastián, a bordo del Azor, entre el 23 y el 25 de agosto. Si don Juan está de acuerdo debe confirmárselo del 15 al 20 de agosto a su paso por Burgos.
Sin perder tiempo Danvila redacta una nota con el contenido de la conversación que da a Ramón Padilla para don Juan, pero éste no consigue entregársela, ya que a bordo del Saltillo, propiedad de Pedro Galíndez, navega con su hermano don Jaime para presenciar las regatas olímpicas en la isla de Wight. Tras no pocas dificultades el duque de Sotomayor consigue comunicar con él en Belle-ile. Debe dirigirse al puerto de Arcachon donde le estarán esperando Sotomayor, Padilla y Danvila. Allí le ponen en antecedentes de la entrevista fijada para el 25 al mediodía, a cinco millas al norte del monte Igueldo. Sotomayor se queda con él, mientras que Padilla y Danvila salen hacia San Sebastián para cerrar el encuentro. El 21 de agosto Danvila envía una carta a Franco en la que le explica que ha sido imposible verle en Burgos y ahora urge le conceda diez minutos para comentarle los últimos detalles. Y Añade: “Sólo debo decir a V.E. que Dios sigue prestando su ayuda en el asunto tan trascendente que tenemos entre manos y las impresiones que tengo y le transmitiré no sólo confirman cuanto dije sino que lo superan y mejoran. Estimo por tanto que el momento sigue siendo el mejor y que si todo termina con bien como espero, cooperará grandemente a la reafirmación de la España que todos ansiamos”.
A la hora y fecha fijada el Azor divisa el Saltillo. Ha superado una fuerte marejada pero llega a la cita. A su encuentro sale el dragaminas Tambre, el buque que le sirve de escolta al generalísimo durante sus jornadas de pesca. El Saltillo iza la bandera de saludo a la que corresponde el Tambre, del que destacan un bote que traslada a don Juan al Azor. En cubierta le reciben con las pitadas de almirante y Franco se adelanta saludándole efusivamente. Don Juan reconoce que también sintió “cierta emoción”. El Caudillo viste traje civil gris con chaleco, calza zapatos blancos y azules. El conde de Barcelona una deportiva blaizer azul marino, pantalón blanco y zapatos y calcetines a juego. Un conjunto muy marinero. Ambos se miran a los ojos, están de pie frente a frente, se aprecia una considerable diferencia de estatura a favor de don Juan. Franco tiene 55 años, don Juan acaba de cumplir los 35. Hace 18 años que no se veían. Los últimos 6 años los han pasado carteándose con dureza… hasta la ruptura.
Franco le trata de “alteza”, “majestad” no, por no estar aún coronado. Don Juan de “excelencia”. Durante cerca de tres horas conversan a solas. Van a acordar que el príncipe Juanito inicie sus estudios en España. Y poco más. Franco le habla de los peligros de los príncipes extranjerizados y don Juan, que está de acuerdo de la necesidad de que se eduque en España, hace la salvedad de que tan sólo a él como padre le compete esa educación y la elección de los profesores. Franco asiente, no pone reparos. Ya llegará el momento de apretarle cuando se trate de los estudios superiores, militares y universitarios. Ahora le basta con que Juanito venga a Madrid, comience a estudiar, a sentir el ambiente del nuevo orden español, y juegue con amigos. Don Juan le pide que se abra la mano en la prensa para las actividades monárquicas. Franco le asegura que se empezaría con Abc y el Diario de Barcelona. Tímido intento que durará poco. Hablan de la Jefatura del Estado. Franco está fuerte y le asegura que llevará el timón por lo menos otros veinte años más. Para que no haya dudas y don Juan no tenga prisa. El conde de Barcelona es el “gallo tapado” de la Ley de Sucesión, pero en España no hay ambiente monárquico ni tampoco republicano. Franco reconoce que la situación económica no es buena, pero tiene buenas perspectivas de que mejore a corte plazo. Está convencido de que habrá guerra mundial pronto contra el comunismo y que España tiene reservado en ella un papel importante. Luego acentúa sus recuerdos del rey Alfonso XIII del que habla con veneración. Y deciden seguir hablando. El duque de Sotomayor será el enlace, pues Franco reconoce que sus colaboradores son “muy indiscretos” o “chismosos”, según las versiones. En realidad, el enlace será por unos años Danvila.
Para el almuerzo se reúnen con ellos el infante don Jaime, Sotomayor, Pedro Galíndez, Danvila, Jesús Corcho, Nieto Antúnez, el general Martín Alonso y Eduardo Real de Asúa. Antes ha conversado brevemente con Franco y don Juan el infante don Jaime, quien por su sumisión hacia su hermano menor, le reconoce la titularidad de los derechos dinásticos. No durará mucho. Un año después, don Jaime anunciará su milagrosa recuperación, y que el titular de los derechos a la Corona es él. Será otro frente de amenaza abierto para don Juan, sobre todo, por su sobrino Alfonso. Durante la comida hablan del peligro de guerra mundial y de la participación española, don Juan le recuerda a Franco que ya durante la Segunda Guerra Mundial ofreció enviar un millón de combatientes si Berlín caía en manos del comunismo, lo que indigna al general. Don Juan reconocerá después que al deslizar aquel comentario lo estropeo todo. “Fue un error”. Cuando Gil Robles confirma la noticia de la entrevista a la que en principio no quiere dar crédito, anota en su diario: “El Rey ha dado un paso de esta gravedad sin contar con sus habituales consejeros… Ha habido un especial empeño en que yo ignorase lo ocurrido… Me temo que todo esto sea de consecuencias funestas”. Después de hablar con don Juan y recibir las explicaciones de éste, escribe: “Está obcecado. Comprende que no habrá acción internacional contra Franco. Habla lleno de desprecio por los anglosajones y dice que no hay más camino que entenderse con el dictador”.

En el extranjero la entrevista alcanza un eco considerable. El New York Times titula que se trata de una victoria de Franco, para el Sunday Times se debe a una sugerencia del Departamento de Estado, y los periódicos franceses vuelcan sus comentarios señalando que es un fracaso para la política de reconciliación de Prieto y los monárquicos. En España los periódicos apenas si publican tres líneas sobre la entrevista. Sin embargo, a los pocos días difunden una nota de la Secretaría del conde de Barcelona desmintiendo el rumor de que don Juan haya hecho “la menor abdicación de cuantos derechos le corresponden como heredero de S. M. don Alfonso XIII”. Los comentarios se van a desatar con no poca agresividad en ciertos sectores. A Franco le llegan puntualmente las opiniones de destacados monárquicos a través de un boletín que periódicamente elabora la Delegación Nacional de Información e Investigación de Falange Española, una especie de policía política paralela. En uno de ellos se recogen las críticas del grupo de amigos del general Aranda. Así, para Vicente Gay, “la Monarquía ha terminado hoy, ha sucumbido definitivamente. Nos ha borboneado. Ese verbo lo inventó el general Primo de Rivera cuando recibió la patada de Alfonso XIII. Eso mismo ha hecho el hijo con nosotros. ¡Al fin Borbones!… Don Juan está loco y no tiene dignidad. Es un traidor más a la causa de España”. Su amigo Cuadrado afirma: “Hoy es la degollación de don Juan”. Al conde de Gamazo, que se muestra satisfecho por la entrevista, le replica el general Aranda “que la Monarquía había sucumbido”. Aranda supo por Sainz Rodríguez que se estaba preparando un contacto con Franco, “pero nunca pensé que el Rey iba a ponerse de rodillas ante Franco, porque hay que meditar la nota publicada. No es Franco el que va. Es don Juan el que viene y se baja de su yate y sube al de Franco, a ponerse en sus manos. No lleva más que a Sotomayor. Y luego le entrega al hijo como un rehén y a petición propia. ¡Es lo último!
Pero si en algún sitio causa sensación mayúscula la noticia de la entrevista es en San Juan de Luz, donde desde hace algún tiempo el líder socialista Indalecio Prieto y representantes de don Juan vienen manteniendo intensas reuniones para cerrar un pacto de oposición antifranquista. Pese al impacto y la estupefacción que provoca en Prieto, el acuerdo lo firma con el conde de los Andes, Moreno Zuleta, el 28 de octubre de 1948. Es la culminación de las conversaciones que hace dos años ha iniciado el líder socialista en nombre de la entelequia Agrupación Nacional de Fuerzas Democráticas, y después de quitarse de en medio el escollo de Giral, con Gil Robles, Salvador de Madariaga y el ministro británico Bevin, a las que luego se sumarían el ministro de Exteriores francés George Bidaul, el socialista Trifón Gómez y el monárquico López Olivan. Sin embargo es un pacto que nace muerto. Prieto se da cuenta y afirma que don Juan le ha puesto los cuernos. De forma digna se retira dando paso a Trifón Gómez. En adelante se dedicará a escribir corrosivos artículos contra Franco y don Juan.
El huracán desatado sobre Estoril es bárbaro. De un lado, los acuerdos con Prieto son muy mal recibidos por los tradicionalistas. El conde de Rodezno envía a don Juan un mensaje categórico: “Mi postura como español estará siempre frente a ese grupo de masones que reside en Estoril” Y el grupo de Fal Conde, enfrentado a la fracción de Rodezno, denuncia que la “mayor calumnia que contra mi se puede levantar es decir que estoy en contacto con don Juan”. Y de otro lado, Gil Robles y otros destacados dirigentes juanistas presionan a don Juan para que rectifique su decisión de mandar al príncipe Juan Carlos a estudiar a España. Don Juan duda. Habla con Eugenio Vegas pero éste tan sólo le escucha. Cada vez se siente más alejado de esa frenética confrontación política. Está amargado. Sigue siendo el preceptor del príncipe y tan sólo le dice que no espere entregárselo a Franco en bandeja de plata mientras no exista un acuerdo formal. El curso va a empezar y lo mejor es que él se lo lleve de nuevo a Friburgo. Si toma la decisión de que vaya a España, interrumpir las clases no cuesta nada. Don Juan accede mientras se debate en la indecisión y consulta a todos. Y gana la posición de Sotomayor y Danvila frente a la de Gil Robles. El campo monárquico está abonado a las divisiones. De un lado, el grupo de Yanguas, en el que están Carrascal, Pabón, Pemán, y al que también quiere sumarse Satrústegui, se autocalifica de monárquicos puros. Y de otro, los monárquicos procedentes del tradicionalismo, como Sotomayor, Rodezno y Oriol, a quienes achacan estar excesivamente contaminados de colaboracionismo.
El conde de Barcelona habla con Pemán. Le da sus razones. El hecho de enviar a Juanito a España no quiere decir que Franco “me ha pedido el niño y se lo he dado”. Su educación será “dirigida por mí” y se llevará a cabo “sin involucración alguna de la doctrina oficial del régimen actual”. Pese a las reservas y recelos “yo no puedo privar a mi hijo de algo tan absolutamente preciso como es educarse en España”. Pemán piensa en el pulso entre Franco y don Juan. “¿A quién de los dos, se pregunta, le va a salir el tiro por la culata? Dios dirá”. Para Gil Robles es un momento muy delicado. Deprimido y desmoralizado escribirá en su diario el 7 de octubre: “No vale la pena seguir. Ante el peligro ruso los aliados acabarán por entenderse con Franco. El Rey está resuelto a pactar. ¿Voy a levantar bandera contra su política? Jamás. ¿Voy a secundar su nueva orientación? Ni mi conciencia ni mi dignidad me lo permiten. No tengo más que una salida: retirarme a la vida privada. Veo cada día más negro el porvenir de España. No puedo luchar. Me falta ya empuje, a veces pienso si, cegado por la pasión, no me colocaré fuera de la realidad. Creo haber cumplido con mi deber. Al comprender que no puedo ya luchar, me retiro a mi casa. Quedo vencido, fracasado, hundido… pero quedo limpio”. En su gran decepción el 27 de octubre remacharía: “Tengo una larga y penosa conversación con el Rey. Por sí y ante sí, rodeado de una camarilla de idiotas, ha accedido a enviar a España dentro de pocos días al Príncipe… El Rey está entregado”.

El 8 de noviembre de 1948 es lunes y todo está preparado. Es el día de la partida a España. Gil Robles no tiene ningún interés en acompañar a Juan Carlos y don Juan tampoco se muestra entusiasmado de que lo haga. No le insiste. El duque de Sotomayor, jefe de la Casa de don Juan, es quien ha ido a recogerle. En la estación lisboeta del Rossio hay poco gente para la despedida. Se ha dado la consigna de que no haya entusiasmo porque el círculo influyente de Estoril está en contra de ese viaje. A don Juanito le acompañan el vizconde de Rocamora, Luis Roca de Togores, el conde de Orgaz y el duque de Aveyro. Parece que también está el duque de Zaragoza, que, simbólicamente, conducirá el tren y va vestido con un mono azul. El Lusitania-Express se pone en marcha a las ocho de la tarde. Ya es de noche, y más cerrada todavía cuando entra en España por Extremadura, por lo que difícilmente Juan Carlos pregunta -como se ha escrito- si “toda España es así”. Además se pasa la noche durmiendo y no se despierta hasta poco antes de que el tren se detenga en la localidad madrileña de Villaverde. Unos días después Juanito es recibido por Franco en El Pardo. A la salida comenta que “ese señor es realmente muy simpático”. El pequeño príncipe está todavía muy lejos de sospechar que ese señor simpático, veintiún años después le elegirá a él como su sucesor y le hará rey contra los deseos de su padre.
(Tomo 8-1948. El franquismo año a año- El Mundo 2006)

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    Acerca de Jesús Palacios

    Jesús Palacios es periodista e historiador especializado en Historia Contemporánea. Ha sido profesor de Ciencia Política y es colaborador honorífico de la Facultad de Ciencias Políticas (UCM). Miembro del Consejo Editorial de la revista www.kosmos-polis.com y autor de Los papeles secretos de Franco, La España totalitaria, 23-F: El golpe del Cesid, Las cartas de Franco, Franco y Juan Carlos. Del franquismo a la Monarquía, y 23-F, el Rey y su secreto. Es coautor junto con Stanley G. Payne de Franco, mi padre. En el otoño de 2014 ha publicado junto al reconocido hispanista Stanley G. Payne, Franco, una biografía personal y política, (Wisconsin Press), Estados Unidos y (Espasa), España.

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