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La Escuela de Fráncfort, un estudio crítico

La Escuela de Fráncfort, un estudio crítico
Sólo para situar el relato en su punto de arranque, ubiquémonos históricamente en la Rusia del golpe de estado bolchevique de Octubre del 1917, sobrevenido a pesar de que Nicolás II hubiese abdicado siete meses antes a favor del príncipe Lvov y de que éste, en un postrer desesperado intento, quisiese salir del apurado trance recurriendo al socialista Kerensky, nombre que ha pasado a la Historia como sinónimo de acción política contemporizadora o de mera contención condenada al fracaso.
También el comunismo-a-la-soviética intentó el éxito en otros países. Tal fue el caso de la Alemania salida de la Gran Guerra, camino pues de la República de Weimar. Allí, la sublevación de los ‘espartaquistas’ en la semana sangrienta de enero de 1919, se saldó con la detención, ejecución sumaria… y escamoteo posterior del cuerpo de su cabecilla, Rosa Luxemburg. En Hungría triunfó el intento, desembocando en el gobierno de Bela Kuhn. Y en el estado alemán de Baviera, el bolchevismo ruso quiso implantarse bajo el infructuoso liderazgo de Kurt Eisner…
Sumándose a la decepción de los teóricos marxistas que no habían logrado romper las lealtades del proletariado para con sus respectivos países antes y durante La Gran Guerra, pronto se vio que los trabajadores de una y otra nacionalidad, tampoco después del armisticio respondían a la incitación de los agitadores comunistas para que unieran sus fuerzas en pos del ansiado’paraíso-del- proletariado-sin-fronteras. Añadamos que los intelectuales marxistas del momento jamás culparon de tan estrepitoso fracaso a la propia ideología ni al ejercicio en wishful thinking que todo aquello había sido, achacándolo en cambio a la cortedad de miras de los trabajadores.
De entre aquellos teóricos, Georg Lukács, en Hungría, y el sardo Antonio Gramsci, en Italia, acometieron la labor de introspección necesaria para explicarse y explicar a los suyos qué había fallado en la aplicación práctica de la teoría marxista en la Europa Occidental. Era un primer paso, decían, para no repetir errores. Lukács, comunista húngaro e hijo de uno de los banqueros judíos más importantes del Imperio Austro-Húngaro, comenzó su carrera política como espía al servicio de la Internacional Comunista. Hay quien ve en su figura al más grande teórico del marxismo tras el propio Karl Marx. Lukács tituló Conciencia de Historia y Clase al compendio de toda su obra escrita. En 1919 llegó a la conclusión de que el verdadero y acaso único obstáculo para la aplicación real de los principios comunistas en el mundo occidental era… ¡la mismísima cultura occidental! Y tuvo ocasión de poner en práctica sus ideas cuando, en 1919, el gobierno bolchevique de Bela Kuhn se instaló en Hungría, bien que efímeramente, siendo nombrado comisario de cultura. Su primera acción de gobierno en el área de su competencia fue introducir un radical programa de educación sexual destinado a los tiernos escolares húngaros, ello como primer paso para minar consciente y en la más directa de las maneras la institución familiar, la cultura y los valores de aquella sociedad eminente y despreciablemente católica. ¿A qué suena?
No hay exageración en el aserto: se alentaba a los niños a rechazar la autoridad paterna y la de la Iglesia; y a ignorar los preceptos morales. Ya de paso, también intentó llevar esta revolución de valores a las mujeres húngaras. Pero ni los ciudadanos de aquel país ni los trabajadores ni las mujeres en él apoyaron tan brutales iniciativas.
Que el gobierno de Bela Kuhn sólo durase cinco meses fue debido en buena parte al ultraje que la clase trabajadora húngara sintió en sus arraigadas creencias por la aplicación de tales ideas. Además, en ese corto periodo murieron violentamente más de 200.000 personas, ello hasta que el almirante Horthy puso fin de un manotazo al desaguisado. Bela Kuhn acabó su vida en Rusia en 1938, siendo condenado a muerte y ejecutado en uno de los famosos procesos de Moscú, se supone que en ‘agradecimiento’ a los servicios prestados. Lukács, más listo o meramente más precavido, logró pasar secretamente a Alemania en 1922, donde se unió a un grupo de pensadores marxistas. Una de sus frases famosas en aquella segunda etapa fue: …este cambio mundial de valores sólo puede llevarse a cabo mediante la aniquilación de los viejos y la creación de otros nuevos por los revolucionarios.
Por su lado, el importantísimo A. Gramsci, afecto a la Internacional Comunista y fundador del Partido Comunista Italiano, llegó a la conclusión de que los trabajadores nunca reconocerían sus verdaderos intereses de clase hasta que pudiesen liberarse de la cultura occidental y, sobre todo, del yugo de la religión cristiana, una noción que ya enunciara Karl Marx en su célebre apotegma Die Religion sie ist das Opium des Volkes. Sostenía Gramsci que esos dos condicionantes cegaban a la clase trabajadora, impidiéndola ver sus verdaderos intereses (que, por supuesto, el comunismo liberador les iba a revelar…).
Por lo que se refiere al gran impedimento, el cultural, lo formuló sin ambages: Sólo se puede hablar con propiedad de revolución cultural si la protesta va dirigida al conjunto de la cultura, incluyendo los principios morales de la sociedad. Y también: Podemos afirmar que la idea tradicional de revolución y la idea tradicional de la estrategia revolucionaria han terminado. Son ideas anticuadas. Lo que debemos llevar a cabo es una forma difusa y dispersa de desintegración del sistema cultural.
En su teoría, A. Gramsci defendía la estrategia de una revolución pausada y no violenta que se infiltrase en la cultura occidental durante un largo periodo de tiempo… para destruirla desde dentro. También fue el primero en proponer la aplicación de fórmulas psicológicas para acabar con las tradiciones, las creencias y la moral que constituían el basamento del sistema, de tal forma que, además, la gente no tuviese posibilidad de resistirse. Sus palabras dejaban poco lugar para la duda: El mundo civilizado ha sido saturado de cristianismo durante dos mil años. Por ello, una tal cultura, basada en tal religión, sólo puede ser vencida desde dentro.
Enterrado como está en el cementerio protestante de Roma, su fijación no era tanto el cristianismo como la religión católica. Apartándose él de la línea oficial dictada por Moscú, el enemigo a batir era el Vaticano, no Wall Street. Una de las estrategias propugnadas por aquel moderno Maquiavelo-en-clave-marxista para llevar a cabo su proyecto fue la de formar alianzas con grupos no necesariamente izquierdistas, con lo que demostró un gran sentido pragmático. Podemos en nuestro tiempo ver claramente esta maniobra en la alianza de sus epígonos con grupos ‘progres’ tales como los del feminismo radical; el lobby gay; las asociaciones medioambientales y anticapitalistas; los llamados movimientos ‘por los derechos civiles’; los que defienden pretensiones mundialistas; las iglesias ‘liberales’ y los inorgánicos y-por-ello-desorganizados-grupos supuestamente atacados por el establishment occidental en razón de su raza, nacionalidad o religión.
Teorizaba el astuto padre del comunismo italiano que con esta idea en marcha se podría formar un gran frente común cuyos esfuerzos lograrían la transformación de la vieja cultura occidental por vía de su destrucción. Si eso se conseguía en el futuro, decía, se obtendría la ‘hegemonía cultural’ “y se podrían controlar a fondo los más íntimos deseos del pensamiento humano, todo ello con la ayuda de la ciencia que emana de un buen entendimiento del funcionamiento de la psicología de masas”. El paradigma gramsciano consistía y consiste en lograr que lo seres humanos ‘amen la esclavitud’, lo que con gran aprensión nos hace recordar la orwelliana sociedad descrita en la novela “1984”. La resistencia al marxismo cultural, predijo el sardo, sería totalmente inútil. Y que se encerraría a los posibles disidentes en una ‘jaula de hierro’. Textual.
Otro de sus siniestros ardides versaba sobre la manipulación de las palabras en orden a la modificación de la percepción de la realidad por parte del público en general, esto con fines revolucionarios. La idea subyacente era y es que, sea mediante la creación ex novo (gay en vez de ‘maricón’), sea por supresión (¿quién utiliza hoy las palabras ‘patria’ y ‘nación’?), fuere por sublimación (progresistas para designar a los suyos) o, finalmente, por dilución en la ambigüedad (este país en lugar de ‘España’), una vez consolidado el uso de los nuevos términos, las mentes de los usuarios construirán nuevas imágenes mentales favorables al propósito subversivo todo.
‘Construcción de la nueva realidad’ llaman sin disimulo alguno a esta clase de maquinación los corruptores de la cultura en general y los de la sección semiótica en particular, siempre recordando en esto, enternecidos, al padre de la idea, aquel gran manipulador que se llamó Antonio Gramsci.
El pensamiento e ideas gramscianas se ven reflejados en el libro de Charles A. Reich “The Greening of America” (1990). En él, su autor, celebrado profesor y homosexual comprometido, haciéndose eco de las palabras de su admirado maestro, dice: Hay una revolución en marcha. No será como las revoluciones del pasado. Su punto de partida será la cultura y su objetivo el individuo; y, como acto final, el cambio de la estructura política. No necesitará violencia para triunfar ni la violencia podrá detenerla. Es la revolución de la ‘Nueva Generación’.
Tanto Gramsci como Lukács pusieron las bases ideológicas para la creación en Alemania, allá por el año 1923, de lo que terminaría llamándose “Escuela de Fráncfort”, el objeto y título de este trabajo. Sin embargo, la primera ‘Escuela’ en pretender un marxismo aplicado fue la del “Revisionismo Marxista”, creada por Eduard Bernstein e influenciada por otro pensador comunista, el francés Jean Jaurès. Esta escuela de ‘pensamiento revisionista’ defendía el proyecto de que la revolución se llevase a cabo a través del parlamentarismo, un principio que hicieron suyo todos los partidos socialdemócratas occidentales. Decir que Marx abominaba de esta gente es un hecho tan cierto y conocido que resulta ocioso destacarlo.
En cuanto a la nuestra, la francfortiana, allá por el año 1923 el inicialmente llamado Institut für Sozialforschung, pasó pronto a ser “Escuela de Fráncfort”, adscrita a la Universidad del mismo nombre. Su objetivo, tras los ya citados fracasos y dificultades del comunismo de los años veinte en Europa, fue desarrollar un tipo de marxismo diferente del revisionismo marxista y del comunismo- revolucionario-a-lo-bestia, tal como se mostraba el soviético. La ‘Escuela’ unió al marxismo las teorías de Sigmund Freud -un anatema para los estalinistas- para, muy apropiadamente, crear un marxismo ‘freudiano’ que convirtiera esa amalgama ideológica en una destructora fuerza subversiva dirigida contra la civilización occidental, su cultura y sus valores.
El fundador de la Escuela fue Felix Weil, un joven marxista de origen judío nacido en Buenos Aires, más inclinado hacia la teoría pura que a la acción directa, llegando por ello a autodefinirse como “bolchevique de salón”. Disertó doctoralmente en la Universidad de Fráncfort sobre los métodos de socialización, pero debido a la persecución de los izquierdistas por parte del gobierno de la República de Weimar, Herr Weil decidió convertirse en benefactor-en-la-sombra de esa izquierda. La fortuna de su familia hizo el resto. Y es que su multimillonario padre, Hermann Weil, tratante internacional de granos argentinos, lejos de ser el clásico burgués opulento, ayudaba y encarrilaba a su hijo por los filantrópicos aunque subversivos derroteros del marxismo utópico. La aportación inicial fue de 120.000 marcos alemanes, que por venir en moneda extranjera evitaron los estragos de la hiperinflación de aquellos turbulentos años, esto por decir que cubrieron suficientemente los gastos de cualquier acto que su vástago tuviese a bien organizar, además de los imputables a publicaciones, pasquines, propaganda, etc.
Este Hermann organizó en 1922 un simposio de una semana de duración apropiadamente publicitado bajo el título Erste Marxistiche Arbeitswoche. Se celebró en el verano de 1923, en Geraberg, cerca del bosque de Turingia. Tenía por objetivo unir las varias posiciones teoréticas que los marxistas alemanes habían adoptado en respuesta a la situación en su país; y también en respuesta a los últimos poco halagüeños acontecimientos en la Unión Soviética. Además de Felix Weil y su mujer, en aquella reunión pudieron ser vistos juntos a Karl y Heda Korsch, Georg Luckács, Karl y Rose Wittfogel, Richard y Christiane Sorge Friedrich Pollock, Julian y Hede Gumperz… y otra docena más de intelectuales marxistas.
La Corrosiva influencia moral de la Escuela de Fráncfort en Occidente
Aquel simposio tuvo tal éxito que el joven Weil pensó en levantar un edificio y dotar presupuestariamente una institución permanente para el avance de sus ideas, similar al Instituto Marx-Engels de Moscú, lo que hoy llamaríamos un think tank. Su primera idea fue denominarle “Instituto Marxista”, pero cambió el nombre por uno más suave que ocultase sus verdaderos propósitos, Así es cómo terminó siendo “Instituto de Estudios Sociales”, según su traducción del alemán. Como curiosidad, uno de los alumnos que participó en el seminario citado arriba fue Richard Sorge, el famoso espía soviético que había sido ayudante de Kurt Albert Gerlach, hombre éste de temperamento difícil, traído aquí a colación porque fue el primero en postularse con éxito para dirigir ‘La Escuela’.
Pertenecía Herr Gerlach al claustro de la Universidad de Fráncfort, requisito imprescindible para que’La Escuela’tuviese cobijo bajo el techo de la prestigiosa institución docente. Pero he aquí que murió de diabetes en Octubre de 1922, a los 36 años. En su entierro, algunos amigos susurraron al oído de un abatido Felix Weil el nombre del marxista austriaco Karl Grünenberg como posible sucesor. Vencidas unas primeras dudas, en enero de 1923 Weil logró se nombrase a Grünenberg consejero del departamento de Ciencias Sociales y Económicas de la Universidad francfortiana, condición sine que non para ser director del nuevo Centro. Y en ese mismo momento pasó a ser el segundo director del mismo.
Así fue cómo la Escuela de Fráncfort abrió oficialmente sus puertas el 3 de Febrero de 1923, como instituto adscrito por decreto del Ministerio de Educación alemán. Sin embargo, no fue hasta el 22 de junio del año siguiente que se inaugurara la sede oficial en la Victoria Strassen, bajo la batuta
del ya mencionado Karl Grünenberg. Éste dejó claro desde el principio que se trataba de una institución de inequívoco sesgo marxista. Uno de sus declarados objetivos fue el de ‘introducir la razón en el mundo’ y, como meta final, ‘la abolición de la Cultura'(Aufhebung der Kultur), según ya dejaran consagrado Georg Lukács y Gramsci… siempre en el entendimiento de que la acción de demolición versara exclusivamente sobre la odiada y odiosa cultura occidental.
A lo largo de la historia del Centro han pertenecido a ella figuras tales como Walter Benjamín, Franz Neumann, Ernst Block, Julian Gumperz, Bruno Bettelheim, Nathan Ackerman, Theodor Adorno, Erich Fromm, Max Horkheimer, Otto Kirchheimer, Friedrich Pollock, Ernst Schachtel, Adries Sternheim, Leo Lowenthal, Herbert Marcuse, Jürgen Habermas y una retahíla de pensadores marxistas; eso sí, gente pacífica, sin hoz ni martillo.
Grünenberg y sus colaboradores trabajaron en la primera fase sobre temas relacionados con el movimiento obrero y algunas cuestiones económicas, siempre temas marxistas convencionales y con un éxito calificable como’perfectamente descriptible’. Hasta su retirada definitiva en 1929, tras haber superado a un ataque cardiaco, Grünenberg pasó la dirección administrativa de la Escuela a su asistente Friedrich Pollock. Y tras el interinazgo de Pollock, en enero de 1931, un atípico intelectual marxista, Max Horkheimer, fue nombrado tercer director de la Escuela.
Lo de ‘atípico’ va porque a Horkheimer se le puede considerar un marxista renegado… y sin embargo amigo íntimo de los muy ortodoxos Weil y Pollock. Especializado en filosofía y catedrático de esa materia en la universidad francfortiana, el joven nuevo director comenzó a utilizar la Escuela para desarrollar una teoría marxista muy diferente a la tenida por oficial, siempre en pos de un ente revolucionario que sustituyese a la manida ‘clase obrera’, algo que finalmente encontró en los años 60 (ya veremos más adelante en qué consistió). Mientras tanto, recuperó las ideas de Lukács, centrando el trabajo de la institución a su cargo en la cultura y no en la economía, esfera ésta en la que bien sabía que los comunistas eran ampliamente superados por los despreciables capitalistas, tanto en el campo teórico como en la praxis.
Otro ámbito de actuación de la Escuela lo constituye el medio ambiente, tan enfatizado hoy por los greens , epígonos que son de aquellos marxistas revirados ‘de los años treinta’. “El materialismo desde Hobbes había llevado a una actitud de dominancia manipulativa frente a la Naturaleza…” Así se pronuncia Horkhemier en un papel datado en 1933 y titulado Materialismo y Moral. “El asunto de la dominación de la Naturaleza por parte del hombre…”, comentaba el profesor de Historia Martin Jay, iba a convertirse en tema principal de estudio en la Escuela de Fráncfort en los años venideros.
Por otra parte, la oposición de Horkheimer al viejo concepto marxista de la fetichización del trabajo (he aquí otra patente divergencia respecto a la ortodoxia marxista), se expresaba en una nueva dimensión del materialismo, a saber, la exigencia de felicidad humana por vía sensorial -la sensualidad y la sexualidad, para entendernos-, el pórtico plateresco del epicureísmo hedonista, hoy tan común y prevalente que casi no se nota. En uno de sus más mordaces ensayos, Egoísmo y el Movimiento para la Emancipación, escrito en 1936, Horkheimer discutía “la hostilidad al goce personal inherente a la cultura burguesa”. Allí hacía él específica y laudatoria referencia al marqués de Sade por su oposición al ascetismo en nombre de una más elevada moralidad.
Sobre esa base se introdujeron las ideas freudianas para argumentar, como primer gran desarrollo, que en la cultura occidental los individuos vivían bajo una constante represión psicológica y sexual, causa principal de su infelicidad. Entre otras cosas, el padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, ha pasado a la historia de la ciencia especulativa como inventor del paradigma que explica los traumas humanos desde el ángulo de la sexualidad. La primera derivada de tal hallazgo fue la puesta en marcha de una hasta entonces prácticamente inexistente educación sexual, materia en la que, forzoso es admitirlo, hubo desde el principio y hay en la actualidad mucho sexo y poca educación.
Bajo el palio de las verdades indiscutibles, los seguidores de Freud presentan al mundo nociones tales como la de que si alguien piensa o sueña en objetos afilados o alargados, está evocando símbolos fálicos; que cualquier idea sobre algo redondo o cavernoso es una representación simbólica de la vagina; y que si una persona desea fervientemente meter un gol en la portería contraria, indica una represión… o que, en realidad, ¡desea fornicar con su madre! Para Freud, la sexualidad está basada únicamente en la libido. A este genio debemos el supuestamente luminosos hallazgo del indemostrado e indemostrable ‘complejo de Edipo’. Astutamente, la Escuela de Fráncfort mezcló el marxismo y las teorías de Freud para su trabajo de zapa cultural.
La irrupción del crítico musical Theodor Wiesengrund Adorno y del psicoanalista Erich Fromm en el escenario de la Escuela de Fráncfort fue un acontecimiento de la máxima importancia porque, en opinión de muchos, ambos fueron los miembros más brillantes y decisivos en su época. Fromm era conocido por su ‘Psicología Marxista Radical’, pionero que fue en los conceptos de ‘liberación sexual’ y ‘política de género’. Su visión de la masculinidad y la femineidad consistía en afirmar, peregrinamente, que ambas condiciones no eran consecuencia de diferencias sexuales genéticas sino que derivaban de los roles que había fijado la sociedad para diferenciar los chicos de las chicas y viceversa; y que, por tanto, la Naturaleza tenía poco que ver en ello. En suma, que en la cuestión del sexo todo es artificial, convencional y por ende manipulable.
Se puede apreciar aquí una de las primeras piezas del puzzle de un todo que terminaría siendo lo que hoy con temeraria indiferencia llamamos ‘Corrección Política’y su primera derivada que es la no menos insidiosa ‘Educación para la ciudadanía’. Son importantes en este campo, es decir, en la aplicación de los dictados del “marxismo cultural”, los trabajos de Bruno Bettelheim, un especialista en psiquiatría infantil; y los de Leo Lowenthal, idem en estudios de los medios de comunicación de masas, los media.
Junto con Adorno,l merece mención expresa el también influyente Walter Benjamin, gran amigo de Bertoldt Brecht y del cabalista Gershom Scholem. El análisis del citado en segundo lugar representa la base teórica que cimenta el edificio de la “Corrección Política”, central y sólidamente ubicado que hoy lo vemos en nuestras universidades, en los despachos de gobierno, en los media y, lo que es peor, en nuestras vidas. Anecdóticamente, este importante intelectual marxista murió en Port Bou al poco de haber entrado en España huyendo de los nazis. La causa oficial de la muerte fue la de suicidio, provocado, también se dijo, por el rechazo de su persona por parte de las autoridades españolas que cambiaron la ley de fronteras justo el día anterior al de su óbito. Hay quien piensa que fue eliminado por los alemanes que, en 1940, se movían a sus anchas a ambos lados del Pirineo.
El “Post-estructuralismo” de Roland Barhes, las ‘Microestructuras del poder’ de Michel Foucault, el Deconstruccionismo” de Jacques Derrida y la ‘Semiótica’ de Humberto Eco se apoyan abiertamente en Walter Benjamin. Incluso en 1991, el Washington Post definía a éste como “el más fino teórico literario alemán”.
Herbert Marcuse se unió a la Escuela de Fráncfort en 1932 como asistente de Horkheimer para el trabajo filosófico. Terminó siendo uno de los miembros más importantes de aquel equipo, seguramente el más dañino y ciertamente el más conspicuo. Fue él quien afinó aún más los principios del ‘fino’ Benjamin. Al alimón con Fromm introdujo otro de los elementos cruciales de la ‘Corrección Política: el sesgo sexual. Marcuse fue de hecho el primer teórico de la New Left americana y durante las décadas de los 50/60 completó la reconversión social del marxismo en términos culturales, inyectando la idea francfortiana en ella. Todo esto sucedió tras el flujo migratorio protagonizado por los máximos proponentes de la Escuela de Fráncfort, desde Alemania a USA en 1933. Fue aquél un flujo en zig-zag, en algunos casos con escala en Ginebra y París. Con el aliento de los nazis tras sus nucas, nada tiene de sorprendente que todos sus miembros fueran judíos. Sí sorprende saber que Hitler no acosara a los miembros de la ‘Escuela’más allá de prohibirles dar conferencias e impartir clases. Sólo Adorno permaneció en Alemania varios años más, hasta que se mudó a Oxford.
En Ginebra, donde los francfortianos recalaron al principio, cambiaron el nombre de la ‘Schule’ al francés. Horkheimer y Fromm analizaron allí las consecuencias que el desempleo entonces imperante en Francia tenía sobre las familias. También se plantearon por vez primera las ventajas que para sus designios tendría una hipotética ruptura del sistema patriarcal en favor de otro matriarcal. He aquí la base de las posteriores musitaciones ‘adornianas’ sobre la famosa noción de la ‘Personalidad Autoritaria’. Tras un tiempo en Suiza, ambos tuvieron claro que su estancia allí era provisional, así que viajaron hasta París y desde allí a los EE.UU., lejos de los ‘tentáculos fascistas’, como solían decir.
En USA continuaron sus trabajos, siendo acogidos sin recelo ni reservas por la hasta nuestros días manifiestamente izquierdosa Universidad de Columbia, en Nueva York, siempre bien arropados por el entonces rector-presidente de esa institución, un criptocomunista de nombre Nicholas M. Butler. La llegada a esa Universidad debió mucho a las gestiones de Julian Gumperz, activo comunista y colaborador de Willi Muenzenberg, el infame espía bolchevique y especialista en el agit-prop. Casi toda la élite universitaria en los Estados Unidos tenía simpatía por los comunistas y sus teorías. Quizás resulte chocante, pero incluso en los peores momentos del macartismo casi toda la élite universitaria en los Estados Unidos simpatizaba con los comunistas y sus ideas. Y en ello están todavía, sólo que con el cálidp viento’obamista’soplando hoy sus velas.
Característicamente, a la par que criticaban abiertamente la cultura burguesa y las creencias, valores, etc. de las sociedades occidentales, aquellos incorruptibles santones comunistas guardaban silencio respecto a las purgas, ‘juicios’, deportaciones masivas, gulags y masacres -más de veinte millones de víctimas en Rusia- – llevados a cabo por bolcheviques y trotskistas. Gumperz y Muenzenberg eran lúcidamente conscientes de que el aterrizaje de la Escuela de Fráncfort en Norteamérica significaba, con el tiempo, introducir sendos y enormes caballos de Troya en todas las ‘Plazas Mayores’ de las sociedades occidentales.
Desde 1940, una vez que los francfortianos de la ‘sucursal’ americana consideraron estar suficientemente asentados en su nuevo entorno, dieron una primera vuelta al horizonte y vieron que se hallaban en territorio amigo y, aún mejor, frente un público receptivo. Así pues, pronto comenzaron a ser detectables algunos sutiles cambios en la descripción de los trabajos que desarrollaba la incipiente ‘Escuela de Fráncfort Trasatlántica’. Por ejemplo: el ‘sujeto revolucionario’ ya no era aquel que se oponía a la ‘personalidad autoritaria’, tal como había sido en los estudios previos en Europa. En USA, era el ‘demócrata’ quien se enfrentaba a la ‘personalidad autoritaria’. Con aquel incipiente y gramsciano encaje de bolillos terminológico, los francfortianos sólo pretendían hacer el mejor asiento ideológico posible en el ala liberal del New Deal americano, lo que supuso un correspondiente alejamiento respecto al sector decididamente marxista o radical de la vieja ‘Escuela’. ‘Educación’ pasó a ser ‘Tolerancia’; y en sustitución de ‘la praxis para el cambio revolucionario’se inventaron otros términos más ‘digeribles’. Aquellos maquinadores fueron astutamente adaptando su lenguaje para hacerlo grato a los oídos de la nueva corriente izquierdista norteamericana (liberal, que allí dicen), siempre, eso sí, manteniendo los sempiternos objetivos de la zapa cultural marxista.
Para la Escuela de Fráncfort ‘la tolerancia’ nunca fue un objetivo en sí misma sino una especie de arma arrojadiza; y la ‘personalidad no-autoritaria’, tal como fue definida, era la de alguien que se postulaba como ‘no-dogmático’, todo esto dicho en el contexto de una fingida devoción por la diversidad. Añadamos aquí que este pensamiento es el dominante en la sociedad occidental actual. Estas ideas y otras teorías importantes, como la llamada ‘Estudios sobre los Prejuicios’, fueron desarrolladas en el decisivo libro de Adorno La Personalidad Autoritaria (1950), ayudado él en esa labor por tres psicólogos de la Universidad de Berkeley. Las ideas anteriormente expuestas quedaron reflejadas y ampliadas en ese libro. La influencia de dicha obra fue enorme. En ella el autor dice que la gente en Estados Unidos tiene tics fascistas… [y que] …cualquiera que defienda la cultura americana -y por extensión la occidental, está desequilibrado psicológicamente’. No es casualidad que progresistas y comunistas etiqueten a sus opositores como ‘fascistas’, sugiriendo implícitamente que necesitan tratamiento psicológico a través de un ‘entrenamiento en sensibilización’, siendo ésta una más de la larga serie de nociones abstrusas adosadas a nombres rimbombantes.
El libro de Adorno sobre la ‘Personalidad Autoritaria’ abrió la veda a la búsqueda de culpables; y, con ella, la invención del ‘síndrome del mea culpa’, vigente en nuestros días, bien entendido que sólo aplicable al mundo occidental y, dentro de él, al hombre heterosexual de raza blanca: caucásico, que allí dicen. Uno de sus primeros estudios -y el de más éxito- fue la teoría que explicaba la aceptación del fascismo por parte de los trabajadores. Decía que el sistema capitalista propiciaba primero y sostenía después un tipo de estructura familiar patriarcal que generaba niños con una típica deformidad del carácter. Este principio remataba la idea de Adorno: la gente que tenía esa personalidad aceptaba, ayudaba y promocionaba el fascismo. Aclaremos que el fascismo fue arbitraria e imprecisamente definido por los francfortianos como una manifestación del nacionalismo, del etnocentrismo y del racismo, idea desarrollada hasta el punto de que el vocablo ‘fascista’ pasó a constituir y constituye todavía hoy una interjección arrojadiza, un insulto, por encima pues de cualquier pretensión definitoria que hubiese restado impacto expresivo y ámbito de aplicación al término.
Volviendo al preciado y tremendamente productivo tema del autoritarismo, digamos que, desde la perspectiva freudiano-marxista, la gente con personalidad autoritaria son enfermos mentales necesitados de una terapia adecuada. Calcularon aquellos intrépidos francfortianos del dorado exilio americano que el 10% de la población USA estaba incursa en esa enfermedad y era obvio que se necesitaría una terapia de masas para remediarla. Finalmente, la aplicación de esta terapia se llevaría a cabo a través de la educación pública y de los grandes medios de comunicación de masas, los media…
Ya lo decía el conde Nikolaus Coudenhove-Kalergi en su Praktischer Idealismus, escrito en 1925: La escuela y la prensa son los dos puntos de partida desde los que el mundo se deja renovar y refinar sin sangre ni violencia. La escuela alimenta o envenena el alma del niño, tal como la prensa hace con el alma del adulto. Ambas instituciones se encuentran hoy en manos de una inteligencia no espiritual; y devolverlos a las manos del espíritu sería la máxima tarea de cualquier política idealista, de cualquier revolución idealista.
Tomando al parecer buena nota de esto, a partir de 1937 la Fundación Rockefeller comenzó a inyectar dinero en la investigación de los efectos sociales de los media. En ese año había en USA casi treinta millones de aparatos de radio, pero nadie había hecho una investigación seria sobre el asunto de la influencia social de tan poderoso vehículo de transmisión cultural. La Fundación Rockefeller solicitó la participación de varias universidades y montó su cuartel general en la ‘Escuela de Asuntos Públicos e Internacionales’ de la Universidad de Princeton, todo ello bajo el nombre de ‘Oficina de Investigación de la Radio’, conocido popularmente como ‘Proyecto Radio’. El director del mismo fue Paul Lazersfeld, hijo adoptivo del economista marxista austriaco Rudolph Hilferding, otro viejo colaborador de la Escuela de Fráncfort.
A las órdenes de Lazersfeld estaba Frank Stanton, joven y novicio doctor en Psicología Industrial (sic) por la Universidad de Ohio y que acababa de ser nombrado director de investigación de la Columbia Broadcasting System (CBS), un gran título, sí, pero con poca ‘miga’. Tras la 2ª GM, Stanton llegó a presidir la CBS, ser consejero de la Rand Corporation e introducirse en el gabinete personal del presidente Lyndon B. Johnson. Entre otros investigadores del ‘Proyecto Radio’ estaba la vienesa Herta Herzog (la-ciencia-de-vender-cualquier-cosa), que casó con Lazersfeld y acabó siendo la primera directora de la Voice of America. Theodor Adorno fue nombrado responsable de la sección musical del proyecto. Las actividades del ‘Proyecto Radio’ dejaron claro que se buscaba comprobar empíricamente las tesis de Adorno y Benjamín sobre la capacidad de los media para llevar a cabo un ‘lavado de cerebro’ en plan masivo.
De esa comprobación surgieron seriales en radio, las llamadas soap operas, que conectaban perfectamente con las amas de casa de nivel social inferior y vidas grises a quienes el relato trasladaba a parajes exóticos y, a través de encantadores personajes de ficción, les hacían vivir experiencias románticas propiciadoras del escapismo y tomar refugio en el momentáneo olvido de la tediosa monotonía de sus vidas. Un estudio realizado por dos psicólogos de la Universidad de Chicago bajo el título de The Radio Daytime Serial: Symbol Analysis, afirmaba la bondad de esos programas y constataba la adicción que creaban en las oyentes, así como la credibilidad que gozaban en su calidad de realidad alternativa. El ‘Proyecto Radio’ analizó en profundidad el efecto que produjo el celebérrimo programa de Orson Welles de 1938 ‘La Guerra de los Mundos’, es decir, la histeria que provocó en la sociedad americana. Un dato curioso, descubierto por los analistas del ‘Proyecto Radio’, fue que la gente no creyó que los marcianos invadían el país sino que los invasores eran ¡los alemanes! La explicación que dieron fue la de que los oyentes norteamericanos habían sido psicológicamente condicionados por las noticias radiofónicas sobre la crisis de Munich del mes anterior. Esta crisis se presentó en un novedoso formato de ‘boletín de última hora’, de noticia corta inserta a botepronto y que por eso rompía sin avisar el programa en antena del momento, lo que incrementaba la ansiedad del público oyente en el punto álgido de la emisión. Una tal práctica fomentaba la rumorología en la sociedad, en este caso sobre la inminencia de la guerra y la posibilidad de una invasión. Orson Welles utilizó a la perfección el truco de los ‘boletines sorpresa’ en aquel memorable programa suyo.
Con ello empezó en serio la manipulación de los media para introducir en la sociedad los cambios que se considerasen necesarios; programas destinados a ‘crear opinión’, decían. En la actualidad este formato de serial radiofónico para adultos ha pasado a la televisión en versiones para niños, jóvenes y mayores en los que, característicamente, siempre aparece una representación de las razas del mundo, algún mariquita, una pareja de lesbianas, mujeres fuertes y hombres medio lelos y débiles. Ejemplos de series que han seguido ese formato fueron ‘M.A.S.H’, ‘Dinastía’, ‘Dallas’, ‘Falcon Crest’, ‘Little Annie’, etc.
Desde hace tiempo, la CBS dispone de una estructura técnica para analizar el impacto social de los programas tanto en Hollywood como en Nueva York, algo hoy común en todas las grandes emisoras. Con el tipo de análisis que llevan a cabo y las aplicaciones resultantes, los colosales entes audiovisuales USA son los responsables de la muy común sensación de que cuando uno ve determinada escena en una nueva película o programa, cree haberla visto antes. Y es que si un analista de programas indica que la audiencia ha vibrado o ha vivido intensamente una escena determinada de un drama de la II Guerra Mundial, o que se ha emocionado mucho cuando un actor cualquiera besaba a una actriz cualquiera, el formato de esa escena se habría de repetir en docenas de obras situadas en la Edad Media, en el espacio sideral o en el tiempo y situación que conviniesen.
Será interesante reseñar que las técnicas para la aplicación del ‘entrenamiento en sensibilización’utilizadas en las escuelas públicas americanas durante los últimos 40 años (y hoy día en
los cursos de formación militar de los soldados), fueron desarrolladas durante la 2ª G.M. por Kurt Lewin y sus colaboradores. Uno de ellos, Abraham Maslow fue el ‘inventor’ de la pirámide de ‘las jerarquías de las necesidades. Ambos eran miembros de la Escuela de Fráncfort. El primero escribió el libro ‘El Arte de la Facilitación’, del cual se extrajo el manual utilizado durante los ‘entrenamientos de sensibilización’ arriba citados. El quid de la teoría subyacente estribaba en lo que se llamó y se llama ‘la dinámica de grupos’ o ‘del común destino grupal’. En él se adoctrinaba a los profesores no a enseñar sino a ‘facilitar’, a ser meros ‘facilitadores’. Kurt Lewin desarrolló allí y entonces la técnica para cambiar la percepción que del mundo pudiera tener cualquier persona, ello a través de las referidas dinámicas (o terapias) de grupo, tal como vemos funcionan en los filmes que nos muestran cualquier reunión de “Adictos Anónimos”.
En ellas, los profesores se convierten en terapeutas aficionados; y el aula en centro de autoanálisis y círculo terapéutico donde los niños primero, más tarde los militares y toda suerte de inadaptados y drogodependientes después, hablan de sus propias experiencias, sensaciones y sentimientos. Esta técnica fue diseñada para convencer a los participantes de que ellos eran la única autoridad en sus propias vidas. Era una forma de alejarles de la familia, de extraerles del círculo tutelar parental, de lavarles el cerebro y de así avanzar en el nuevo modelo social-marxista.

La influencia mediática de la ‘Escuela’
Erich Fromm y Julian Gumperz dirigieron los pasos y establecieron los contactos adecuados para que la Escuela de Fráncfort fuese aceptada en los círculos social-científicos norteamericanos serios, ya que ambos tenían contactos previos en el país y hablaban un inglés fluido. Conduciéndose siempre con mucho cuidado para no mostrar la pata-de-lobo-marxista, fueron muy selectivos con la lista de instituciones y personas susceptibles de ser contactadas, concentrando sus esfuerzos en aquellas que tuviesen algo o mucho que ver con la sociología o las ciencias sociales. Enviaron cartas con copias de su Zeitschrift für Sozialforschung, en las que se explicaban los estudios realizados sobre la autoridad y la familia, con una nota de acompañamiento en inglés escrita por Fromm y Gumperz. Algunos de sus más egregios receptores fueron Lewis Lorwin, de la Brooking Institution, Pitirim Sorokin, de la Universidad de Harvard, y W.F. Ogburn, de la Universidad de Chicago.
Afianzando su presencia en América, la Escuela de Fráncfort avanzó en sus “Estudios sobre los Prejuicios”, divididos estos en dos apartados: el de la “Personalidad Autoritaria” y el de la “Dinámica de los Prejuicios”. Ambos tenían como meta probar concluyentemente que los prejuicios y los desórdenes psicológicos enraizados en la estructura de la ‘Personalidad Autoritaria’ podían ser erradicados con sólo someter a los americanos a una prolongada sesión de psicoterapia colectiva y masiva, tratándolos como si de internos de un gran manicomio se tratara.
A través de aquellos pensadores marxisto-freudianos, los grandes medios de comunicación crearon el tipo hippie, sucintamente definido como una persona joven refractaria al orden social establecido, es decir, el nuevo ‘revolucionario’ socialista que por deriva declinante ha ido meta- morfoseándose en un tipo del cual el contemporáneo ‘perroflauta’ hispano es cabal reflejo. El hippie, su estilo de vida, su promiscuidad sexual, sus drogas y su psicodelia sirvieron muy bien a los disolventes fines de sus creadores y nunca se les fue de las manos. Como ya se ha dicho, el resultado fueron miles artículos en revistas, programas de radio, televisión o películas que martilleaban continuamente sobre los mismos conceptos de la estupidez de los padres y de la brillantez de unos hijos que sabían más que sus ineptos progenitores; de la mujer dura y liberada que rechaza la maternidad y, sobre todo, la ubicua espada de la culpabilidad pendiendo sobre la cabeza del hombre blanco heterosexual, el síndrome del mea culpa ya reseñado… que así pasó a ser la putativa causa de todos los males del mundo y que hoy ha ampliado su radio de acción para incluir a nuestros gobernantes. El interminable ‘machacamiento’ psicológico de este estereotipo, el citado varón blanco y straight, vigente en nuestros días, es uno de los más perdurables legados de la Escuela de Fráncfort.
La idea de la ‘Personalidad Autoritaria’de Adorno tiene su base en un cuestionario que Fromm utilizó a principios de los años 30 en Alemania para analizar psicoanalíticamente a los trabajadores y perfilar las personalidades que él definió según una triple tipología: la autoritaria, la revolucionaria y la ambivalente. Después retocó estos perfiles en su libro para -tal como hiciera San Agustín con las jerarquías angélicas- dar paso a nueve categorías, todas comprendidas en un arco que iba desde la ‘personalidad revolucionaria’ a la ‘personalidad democrática’. Creyó saber que su nueva tipología conectaba mejor con las percepciones del público de la posguerra en la América anglosajona.
Utilizando la ‘metodología de resultados’ de Rensis Likert, Theodor Adorno y sus colaboradores fueron capaces de lograr una definición empírica de lo que éste denominaba ‘un nuevo tipo antropológico’ que en concreto era la ‘personalidad autoritaria. Por ello, teorizaban, una vez que la tipología ha sido establecida estadísticamente, los comportamientos pueden ser perfectamente explicados y modificados. Añadamos con intención adversativa que, al menos en teoría, la mente humana es capaz de transformarse y desarrollarse independientemente de los estímulos externos recibidos, por ende también y el comportamiento concomitante.
El resultado de aquel estudio fue que quedaba probado que la población blanca norteamericana era genéricamente conservadora, que no quería abandonar el sistema capitalista, que creía en una familia fuerte, que la promiscuidad sexual merecía reproche, que el mundo de la posguerra era un lugar peligroso y que todavía recelaba de los judíos, de los negros y de los orientales… todo ello cierto en aquel momento histórico. Pero lo verdaderamente importante era que los intelectuales francfortianos audazmente apostasen por corregir un tal cuadro mediante un adoctrinamiento apropiado, ello en un entorno social de crecimiento económico y optimismo cultural. Por lo que hemos terminando viendo, habremos de admitir que no estaban del todo equivocados los maquinadores en las posibilidades ‘reconductoras’ de semejante apuesta. Bien mirado, como diría Popper, aquellas tajantes aseveraciones no eran otra cosa que sendos juicios políticos, no científicos, aceptados sin rechistar y promulgados dogmáticamente por la ‘Escuela’.
Fieles a la línea oficial, Horkheimer y Adorno aseguraban que todas las religiones, la hebraica incluida, eran el “opio del pueblo”. Su objetivo no era la protección de los judíos frente a los prejuicios de sus vecinos, sino la denuncia del imaginado feroz autoritarismo que, según ellos, falseando la realidad, se daba en los EE.UU. A continuación, con el apoyo del poderoso clan judío, bastaba forzar al gobierno y a los media a la reeducación ‘científicamente planificada’ de los norteamericanos y de sus primos europeos, todo ello para alejarlos de los principios de la civilización a que pertenecían, la cristiana, la eterna bestia negra de la ‘Escuela’. En sus escritos de ese período, Horkheimer y Adorno forzaron su tesis hasta límites delirantes, tal como puede verse en su obra “Elementos del Antisemitismo”(1947): “ya que el capitalismo es inherentemente fascista y la filosofía cristiana es en sí misma una fuente de antisemitismo”. De esta manera, Cristo pasa a ser un hechicero deificado; y la intelectualización de lo mágico en el cristianismo, la raíz del mal.
Hannah Arendt, teórica de la ciencia política nacida en Hannover, ayudó en estos principios delirantes popularizando la investigación sobre la ‘Personalidad Autoritaria’ en su obra Los Orígenes del Totalitarismo. En 1961, Arendt aportó también su famosa retórica sobre la “banalidad del mal” en el ensayo novelado (llevado al cine)”Eichmann en Jerusalén” diciendo que …dándose las condiciones psicológicas adecuadas, incluso alguien con aspecto de inofensivo librero puede convertirse en una bestia nazi; y por ello cada ‘gentil’es psicoanalíticamente sospechoso. La interpretación extrema que H. Arendt hizo de la tesis de la adorniana ‘Personalidad Autoritaria’ ha terminado siendo la filosofía sobre la que opera el
actual ‘Cult Awareness Network’ (CAN), un grupo que trabaja con el departamento de Justicia USA y la Liga Anti-Difamación de la Orden judía B’nai-B’rith, entre otras. Utilizando el método estándar de la Escuela de Fráncfort, el CAN identifica grupos políticos o religiosos como percibidos enemigos políticos, reales o potenciales; y los denominan ‘cultos’, sinónimo de secta, perniciosa en este caso, para poder justificar futuras acciones de represalia contra ellos.
Posteriormente, en 1964, la misma H. Arendt participó activamente en el ataque contra el Papa Pío XII, publicando una demoledora pieza literaria en el ‘New York Herald Tribune’titulada The Deputy: Guilt by silence, donde le recriminaba al Papa (The Deputy) no haber ayudado a los judíos durante la guerra. El ataque de la Arendt se basaba en una información que le suministró Karl Jaspers basándose en la obra del desconocido Rolf Hochhuth titulada “El Vicario”(“The Deputy”), en la que acusaba al Papa de negligente, esto en la más benigna de las lecturas posibles de sus actos. Hoy se sabe que fue el KGB, desde su departamento dezinformatsiya, en una misión llamada “Operación Asiento- 12” quien estaba detrás de esa campaña difamatoria para destruir el Vaticano ‘desde dentro’, infiltrándose y manipulando los datos microfilmados. Su máximo responsable fue el legendario general soviético Iván Agayants. Nunca sabremos si Hannah Arendt actuó de buena fe o con malicia. Lo cierto es que atacar al papado siempre ha sido y sigue siendo ‘políticamente correcto’ para los comunistas y sus compañeros de viaje. Atención pues, Papa Francisco, a quien se ofrece asiento en la pontificia mesa.
Con todo esto en mente, algunos viejos amigos norteamericanos duchos en el tema tienen claro que mientras unos pocos compatriotas suyos trataban de contener la amenaza que suponía la Unión Soviética en aquellos años del inicio de la Guerra Fría, un grupo de subversivos culturales de élite buscaban hacerse con el control del aparato de formación de la opinión pública. Los sucesores de estos últimos se mueven hoy en el entorno de otro concepto abstruso que llaman ‘teorías deconstructivistas’. Las teorías cambian, pero siempre son los mismos atacantes. Y siempre también el mismo el objetivo a batir.
Otra nueva teoría que desarrolló la ‘Escuela’ en su nueva ubicación transatlántica fue la aplicación social de la llamada Teoría Crítica. Este nombre es un juego de dos palabras en el que lo inmediato es preguntar ¿de qué teoría hablamos? La verdad es que no había teoría alguna. El propósito de aquella entelequia era el de conseguir y aplicar una crítica destructiva de cada estamento social de la cultura occidental, con la esperanza de demolerla toda ella como resultado de haber hecho lo propio con sus partes integrantes. La ‘Teoría Crítica’ está en la base de los ‘Gay Studies’, ‘Women Studies’, ‘Black Studies’ y otros departamentos de ‘estudios’ de las actuales universidades norteamericanas. Esos departamentos son el alma nutricia de la doctrina de lo ‘Políticamente Correcto’, entendida como arma social. Por eso la ‘Escuela’ es muy importante para el marxismo ortodoxo en tanto que los francfortianos -patética tribu de nihilistas desesperados- no creen en el futuro y sólo aspiran a la destrucción del capitalismo y de la sociedad burguesa… despejando así el camino a quienes sí saben qué ha de hacerse tras el derrumbe. Estamos pues hablando de un torpedeo dirigido a la línea de flotación de nuestra civilización que, lo quieran o no los del submarino, también es la suya.
Obviamente, la Escuela de Fráncfort nunca definió la ‘Teoría Crítica’, limitándose a anunciar, eso sí, contra qué iba. Horkheimer ya dijo que la lógica no es independiente del contenido, significando con ello que un argumento debe ser tenido por lógico si destruye la cultura occidental… y por ilógico si la apoya. Este principio forma parte de la educación de nuestros hijos en las escuelas y universidades contemporáneas. Hoy en España lo podemos ver en la forma de actuar, entre inconsciente y anarcoide, de una gran parte nuestra juventud; y en esa campaña organizada contra todo lo que se perciba como sostén de nuestro sistema democrático: representantes políticos, gobierno, judicatura, instituciones, banca, capital, empresarios, cultura ancestral, etc. No se salva nada ni nadie, con el añadido de millones de parados y la incesante e inquietante suma de inmigrantes… lo cual lleva a la destrucción total del edificio en que vivimos y que justicieramente aplastará en su caída a los Sansones causantes del derrumbe.
Ya en 1915, Nahum Goldmann, en su Der Geist des Militarismus (Stuttgart und Berlin, Deutsche Verlag-Anstalt, 1915), se alineó según el pensamiento citado más arriba, diciendo: Así, el primer cometido de nuestro tiempo es la destrucción. Todas las esferas y formaciones sociales que el antiguo sistema había creado deben ser eliminadas; los individuos deben ser arrancados de su entorno habitual; ninguna tradición debe considerarse sagrada; la edad sólo es signo de enfermedad. El lema es: “Lo que fue, ha de desaparecer”. Las fuerzas que ejercen esta tarea negativa serán el capitalismo en el terreno económico-social y la democracia en el terreno intelectual-político. Es difícil pasar por alto el hecho de que la línea de esta filosofía de Goldmann está muy cerca de los principios marxistas en clave nihilista desarrollados por la ‘Escuela’ a partir de 1923. Por eso mismo, uno de los objetivos básicos de la ‘Teoría Crítica’ era romper la familia en su forma o estructura tradicionales. Los pensadores del Instituto creían que incluso una rotura parcial de la autoridad del padre en la familia permitirá incrementar la preparación de una nueva generación que aceptara los cambios sin rechistar.
El “Generational Gap” de los 60 y el “Gender Gap” de los 90, son sendas exitosas acciones de la Escuela de Fráncfort en su machacón empeño de transformar la cultura occidental según el dictado de la utopía marxista, que en este caso es también nihilista, contradicción de términos donde los haya y que muestra bien a las claras la neurosis con tintes esquizofrénicos que es común denominador en los maestros francfortianos y por ende sus discípulos. Y aunque la preceptiva común de la Escuela sea la de no hacerse cargo de describir o definir qué clase de sociedad haya de sustituir a la actual tras su aniquilamiento, alguien sí desliza la noción de que la transformación deseable y deseada esté basada en la Teoría Matriarcal, es decir, en la transformación de la cultura occidental en otra bien distinta dominada por el movimiento feminista. Abunda en esto el ‘disidente’ aunque-no-por-ello-menos- radical psicoanalista austriaco Wilhelm Reich cuando, en su libro “Psicología de Masas del Fascismo”, asegura que el matriarcado es la única forma posible de familia en la sociedad natural.
Multiplicando las acusaciones de ‘fascismo potencial’, el ortodoxo francfortiano Adorno siempre mostró su oposición a toda institución social establecida, diciendo que toda jerarquía está basada sobre la prepotencia por un lado y la sumisión por el otro. La familia es una fábrica de la ideología reaccionaria en la que el padre es el ser superior ante quien el niño es obligado a identificarse masoquistamente…
También Eric Fromm se mostró muy activo en la defensa de la teoría matriarcal, alumbrando la idea de que todos los sentimientos de amor y altruismo eran al final derivados de la necesidad de amor maternal, ello debido al extenso periodo de embarazo y a los maternales cuidados y mimos de la época infantil tras él. Fromm afirmaba que el amor no depende de la sexualidad, como Freud suponía. De hecho, el sexo está más ligado al odio y a la destrucción. La masculinidad y la femineidad no son reflejos de diferencias sexuales esenciales como creían los románticos. En vez de ello, derivan de las diferencias en las funciones de la vida, que son en gran parte determinadas por la sociedad. Como puede imaginarse, este dogma es el antecedente de los pronunciamientos radicales feministas que machaconamente aparecen actualmente en todos los media occidentales. Para las féminas radicales de hoy, ser hombre o mujer es el resultado del adoctrinamiento llevado a cabo por el patriarcado machista en detrimento de los intereses de las mujeres. En estos chocantes conceptos marxistas, la Naturaleza no tiene protagonismo alguno.
Si hurgamos en la historia constataremos que la simiente de este pensamiento se encuentra en Engels, concretamente en aquella afirmación suya según la cual la primera oposición de clases que se
manifiesta en la historia coincide con el desarrollo del antagonismo conyugal o de pareja, entre el hombre y la mujer. Ya en su temprana obra Los Orígenes de la Familia, Propiedad privada y el Estado, Engels promueve el matriarcado. Y su colega Karl se sumaba a esa afirmación añadiendo de su cosecha el concepto de ‘la comunidad de las mujeres’, que así se dice en el Manifiesto Comunista. Entre ambos sostenían que el comunismo remediaría esta situación haciendo que la mujer y el hombre fuesen iguales en el sentido de que los dos sexos gozasen del mismo equiparable estatus de meros ‘trabajadores en y para la sociedad’.
De esta manera el comunismo permitiría que la mujer trabajara en la industria, haciendo desaparecer el matrimonio monógamo, lo que conllevaría la destrucción de la familia tradicional. Así pues, había que fomentar el amor libre y predicar hasta la saciedad la igualdad entre los sexos hasta lograr que fuesen intercambiables, una noción admirablemente condensada en el famoso grito “¡Hijos sí, maridos no!” que popularizara en el Madrid republicano la ilustre Dolores Ibárruri.
Por ello, la ‘Ideología de Género’, uno más de los preclaros ‘hallazgos’ de la ‘Escuela’, conduce finalmente a la desaparición de la familia, alcanzado el punto en que ésta ya no es ejemplo de acción complementaria entre ambos sexos sino de ‘reacción’ antagonista. Preciso es insistir en ello: la intención de los ideólogos del marxismo cultural siempre ha sido demostrar, apoyándose en una corriente feminista muy activa, que las diferencias entre los sexos no son naturales sino que aparecen en la historia como constructos sociales, es decir obedecen a causas y leyes exclusivamente ‘culturales’; o, si se quiere, ‘políticas’.
Como si de un catecismo laico se tratase, la Escuela de Fráncfort establece la siguiente preceptiva:
– Incluir en el Código Penal una nueva tipología de delitos y faltas calificables de homófobos, racistas y/o xenófobos.- Introducir la enseñanza sexual y de la homosexualidad en las escuelas.- Socavar la autoridad parental y profesoral.- Destruir la noción de las identidades nacionales a base de menosprecio y ridiculización de los conceptos de patria, patriotismo, las respectivas historias nacionales y sus héroes.- Complementariamente, impulsar la inmigración masiva.- Fomentar la tolerancia hacia el consumo de drogas y la ingesta de bebidas alcohólicas.- Vaciar los templos.- Poner en marcha de un sistema legal arbitrario, muy garantista, con un sesgo favorable al perpetrador y, por ende, perjudicial para sus víctimas.- Promover toda suerte de subsidios y beneficios estatales para grupos y personas con el objeto de crear un alto grado de dependencia por parte de los beneficiarios; material primero y política siempre después.- Control y ‘atontamiento’ mediático.- Denigrar y socavar la institución familiar.- Negar cualquier diferencia esencial entre hombres y mujeres.- Defender la idea de la liberación sexual y de la absoluta autonomía femenina entemas como la contracepción, el aborto y la maternidad, siendo esta última un mero residuo, es decir, lo que quede tras la aplicación vigorosa de las dos primeras.¿Suena o no familiar todo esto ahora mismo en España o, mejor, en todo el Occidente Cristiano?
Algunos pensadores marxistas de la’Escuela’regresaron a Alemania después de la guerra, pero Herbert Marcuse continuó en los Estados Unidos, donde primeramente llegó a ser profesor en la Universidad de California en San Diego y después, durante diez años, profesó en la Brandeis. Allí se dedicó con fruición a terminar el trabajo intelectual de Fromm, Horkheimer y Adorno en orden a recuperar algunas de las ideas iniciales de la ‘Escuela’ para su ulterior desarrollo y aplicación práctica en el país de procedencia durante las décadas de los 50 y 60, mezclando a tal propósito a Freud y Marx hasta llegar al “Negativismo”.
Inevitable y fatídicamente, el viejo Herr-Marcuse-reciclado-en-Míster se convirtió en el gurú de la nueva izquierda americana; y como tal se sacó graciosamente de la manga cuál habría de ser el gran sustituto de la clase obrera comunista, o sea, cuál el nuevo agente desestabilizador ‘al servicio de la revolución’ en USA, dando así respuesta a la búsqueda iniciada por Horkheimer a mediados de los 30. La respuesta la dio el descubrimiento de nuevos ‘grupos de víctimas’: gays, negros, mujeres, emigrantes, discapacitados, etc., la abigarrada población que conforma la coalición básica y ya clásica del ‘movimiento de lo políticamente correcto’. Como ha quedado dicho, el caballo de Troya para conseguirlo fue el hippie americano, aquel genial invento -que no manifestación espontánea de una manera de ser o de entender la vida- sin importar lo estrafalario que en sí era, además de improductivo en lo material, lo que equivale a decir que también era insostenible.
Curiosamente, cuando terminó la Segunda Guerra Mundial algunos de estos pensadores marxistas trabajaron durante un tiempo para el gobierno USA. Por ejemplo, H. Marcuse se convirtió en una figura clave del OSS, la predecesora de la CIA; y otros, como Horkheimer y Adorno, se trasladaron temporalmente a Hollywood para aplicar sus ideas en los grandes medios y en el cine comercial.
La ‘marcusiana’ revolución sexual
Y la gran pregunta fue: si en un momento crítico del no-tan-glorioso pasado, los obreros en Europa no se movilizaron por y para la causa comunista, ¿qué permitía pensar que lo iban a hacer sin más ni más estos escogidos grupos yankis, distantes entre sí y separados ideológicamente como además estaban? Pues bien, la Escuela de Fráncfort ‘trasantlántica’ puso en marcha el mecanismo destinado a abatir las barreras de la separación ideológica y de la distancia física. Fue un hecho crítico el de que estas teorías y los principios de ellas emanados se inyectasen en el movimiento estudiantil de los años 60 en los Estados Unidos. Marcuse vio en la rebelión juvenil de aquella década la gran oportunidad para aplicar los preceptos de la ‘Escuela’ y desarrollar la teoría de la ‘Nueva Izquierda’ en USA, al tiempo que recuperar y aplicar los estudios de Fromm sobre la ‘Liberación Sexual’.
Así fue cómo Marcuse se convirtió en el conducto principal de esas ideas, plasmadas en su libro de los años 50 titulado “Eros y Civilización”. En él proponía una nueva utopía basada en el psicoanálisis y en los trabajos ‘contraculturistas’ publicados bajo el generalizante epígrafe Vida sobre la Muerte y que tuvieron un gran impacto en la llamada ‘Contracultura hippie’, con su característico énfasis en la componente libertina en clave libidinosa. El libro de Marcuse no sólo condenaba cualquier restricción en el comportamiento sexual, sino que afirmaba que las personas solían ser neuróticas porque reprimían sus impulsos erótico-libidinosos. Por ello, decía, sólo se podía vislumbrar un futuro aceptable si se pudiese destruir el orden represivo existente liberando en las conciencias la pulsión sexual y con ello a ‘Eros’. El concepto creado por Marcuse fue el de la ‘Perversión polimórfica’ (Polymorphous perversity), según el cual cada uno podía hacer lo que quisiese con su cuerpo; y así, de paso, siguió afirmando, en el mundo desaparecería el trabajo…y sólo habría ‘¡JUEGO! Entre liviano y gozoso, lo que sí parece cierto es que el mensaje del ‘sexo lúdico a raudales’ era lo que estaban esperando los hedonistas hippies de los años 60, de ahí su fulgurante éxito…
La base de aquel novel concepto de Marcuse es que en el desarrollo primero de la psique humana, la del niño, hay una expresión y un placer sexual todavía no organizados pero desde el inicio sometido a la clase de sexualidad heterosexual restrictiva-y-restringida impuesta por la norma social imperante. Esas expresiones primarias ‘pueden ser revitalizadas, existe la capacidad para ello’, seguía él razonando. Así las cosas, la ‘Perversidad polimórfica’ ayudaba a abrir ciertas puertas ‘políticamente correctas’, tal como la de la Liberación Gay que finalmente se puso en marcha en Nueva York el año 1969. He ahí por fin el basamento de una sociedad feliz donde la susodicha perversión y el narcisismo liberarían un ‘Eros’ no procreador pero sí placentero, en cuyo seno la sociedad encontraría ‘la luz’ y una gran felicidad. Tal era la supuesta llave de la utopía que desarrolló y aplicó Marcuse a la sociedad americana y, por contagio, al resto de los países ‘occidentales’. En suma: en vez de parecernos al siempre conflictivo-aunque-creativo-chimpancé, los humanos debiéramos imitar a los pacíficos y sexualmente ‘liberados’ bonobos, comparativamente lentos y algo insulsos.
Como ya quedó dicho al glosar la etapa ‘Horkheimer’ de la Escuela, estas ideas ya habían sido trabajadas en el ensayo “Egoísmo y el Movimiento de Emancipación”. En él se pedía para el ser humano… una nueva dimensión del materialismo encarnada en la felicidad sensual. Pero Marcuse fue más allá, en tanto que pudo llevar con éxito a la práctica tales nociones, ello en el seno de una sociedad mentalmente preparada para recibirlas; y también en tanto que aquella generación de jóvenes americanos a la que él se dirigía fue la primera en que se dio el fenómeno de la transgresión moral ‘no pecaminosa’, sin sentimiento de culpa, no porque lo ontológicamente perverso hubiera dejado mágicamente de serlo, sino por la supresión del mismo concepto de pecado en la conciencia de los transgresores. Se pasó de lo moral y ético a lo amoral; o a la inmoralidad más completa, según se mire.
Abundando en lo dicho, hoy es frecuente ver en ciertos espectáculos televisivos a individuos extraídos de la vida real que hablan de sus vicios y relatan sus miserias morales con el desparpajo propio de quien sinceramente no cree rechazables ni merecedoras de la propia vergüenza. En suma: lo malo de antaño se ha convertido en aceptable hogaño, cuando no en decididamente bueno. En la siempre ascendente línea de la desinhibición moral hemos pasado del descaro de las mujeres en la serie televisiva ‘ Sexo en Nueva York’ (1998-2004), en la que ellas se comportan como hombres a la hora de buscar el placer sexual y de contarse entre sí sus avatares amorosos… a la total impudicia observable en la posterior ‘Californication’ (2007-14), la larga serie televisiva en que ellas, mujeres del montón, ya se comportan como rameras gratuitas que acosan a los hombres como ellos solían hacer con las mujeres en épocas pasadas, indiferentes estos novísimos personajes a los devaneos e incluso las flagrantes infidelidades de sus parejas. He aquí una apócrifa caracterización de la serie:
Californication es ‘Doctor Fausto’ en moderno, la tesis según la cual vender la propia alma al Diablo parece al principio un buen negocio y al final resulta que es… ¡formidable! La calavera de Marcuse sonríe y musita desde su tumba: “Misión cumplida”. En fin, ya que el marxismo había demostrado su fracaso y que la clase obrera no iba a ir a las barricadas, había que encontrar otra herramienta que tuviese fuerza revolucionaria. En base a la llamada represión sexual descubierta por los gurús de la revolución cultural en la América de los 60, Marcuse dio a la endeble sociedad rebelde ‘made in the USA’ una justificación intelectual para tener mucho sexo, muy promiscuo, gratis y… ¡todo el tiempo!, el desiderátum de toda persona joven y rebelde que se precie. La frase Haz el amor y no la guerra es una de las genialidades de este peligroso sujeto. No otra es la idea-fuerza toda que esgrime en su ‘Eros y Civilización’.
H. Marcuse es también notorio por llamar ‘intolerante’ cualquier otro punto de vista distinto al suyo. Argumentaba él que la sociedad americana era decepcionante en todos los sentidos y que, por ello, tuvo que inventar el concepto de la ‘Tolerancia Liberadora’. Lo que en realidad quería pregonar era la legitimidad de la intolerancia hacia las ideas y acciones de la derecha conservadora y religiosa… y todo lo contrario para cualquiera venida de la izquierda, con lo que, sin proponérselo, dio al mudo una receta infalible para la represión, blandiendo un embudo de hojalata. Incluso un izquierdista admirador de la ‘Escuela’ tal como era y es el ya reseñado Martin Jay, dijo en una ocasión que Marcuse exhibía un carácter intolerante y que algunas de sus nociones exudaban un rancio dogmatismo. Con sus escritos y acciones, Marcuse fue el principal agente de transmisión de las ideas de la ‘Escuela’, insuflando devastadoras nociones de liviandad existencial en las mentes de millones de jóvenes y expandiendo sus ideas destructoras por todo el mundo occidental. Llegó a ser una celebridad en aquellos días de pancartas ocurrentes en las que se leían cosas como la de las Tres Emes: “Marx, Mao y Marcuse”.
Sus ideas fueron fundamentales para el desarrollo del Mayo francés. Quizás sea el ocurrente y marcusiano ‘Prohibido prohibir’lo que mejor resuma la exigua filosofía emanada de aquella movida estudiantil del 68 de la que surgió una acción del más puro estilo anarco-destructivo… que a su vez caracteriza el marxismo cultural. La algarada callejera de aquella primavera parisina vino inspirada por un nada inocente aunque sí atolondrado movimiento estudiantil nacido en el campus de la Sorbona y levantado sobre dos presupuestos básicos: la superación de la moral ‘represora’ tradicional y también la de su primera derivada que es el principio de autoridad. Acabando con ambos, teorizaban aquellos estudiantes casquivanos, se alcanzaría la verdadera libertad; y ello sería el pistoletazo de salida hacia la meta de la destrucción de los valores de la tradición occidental y cristiana, valga la redundancia, labor de zapa que sigue vigente hoy bajo ropajes más sedosos y multicolores.
No nos engañemos: al igual que los hippies USA, aquellos estudiantes revolucionarios franceses del 68 estaban perfectamente dirigidos y tenían objetivos concretos. Lo dijo Frank Capell en un artículo publicado en ‘The Review of the News’ a principios de los setenta: Por supuesto que sabemos que estos estudiantes radicales no se apoderarán del gobierno. Lo que harán es dar motivos para que el gobierno se apodere de la gente a través de la aprobación de más y más leyes represivas para mantener las cosas bajo control.
Como brevemente quedó apuntado antes, la Escuela de Fráncfort también se las ha ingeniado para integrar en la esfera de lo políticamente correcto la causa hoy más de moda, la medioambiental, orgánicamente incorporada que la vemos al marxismo cultural. Y todo ello a través del libro Dialéctica de la Ilustración de Adorno y Horkheimer. Ambos habían regresado a Alemania en 1949 para ayudar en el proceso de ‘desnazificación’, ocasión que aprovecharon para revitalizar la nueva ‘Escuela’ dentro de la cual lo ‘verde’, versión ‘progre’, tuvo cordial acogida.
La segunda generación de frankfortianos. El proletariado descartado como agente de la revolución marxista
En 1960 ya con la ‘Escuela’ en pleno funcionamiento en Alemania, Jürgen Habermas se encontró en el fuego cruzado de una polémica espistemológica que le opuso a Arnold Gehlen por un lado y a los discípulos alemanes del austriaco Karl Popper por el otro. Contra Gehlen por la afirmación hecha por este según la cual las instituciones son rigurosamente necesarias al hombre, ya que Habermans -todo un Premio Príncipe de Asturias, no se olvide tan sabroso detalle- radicalmente sostenía (y sostiene) el carácter necesariamente ‘represivo y alienante’ de toda institución, la cultural incluida. Contra Popper porque este defendía que su famoso criterio de falsabilidad debía aplicarse también a las ciencias sociales, en base a lo cual atacó duramente la obra de Adorno y Habermas, acusándolos de emplear un lenguaje inflado y pretencioso pero vacío de contenido.
Ha sido la segunda generación de intelectuales francfortianos la que ha confirmado el veredicto de que el proletariado no constituye una clase especial, alienado que lo ven los actuales ideólogos del marxismo cultural por el hecho de que los problemas sociales se ven solucionados por la abundancia de bienes, lamentablemente coincidiendo los obreros con sus enemigos naturales – patronos y tecnócratas- en la admisión jubilosa de su propia redención. Esto equivale a decir que el sistema capitalista seguiría siendo inaceptable incluso si lograra erradicar toda la miseria del mundo, absurda negación que expone la carga irracional que contiene el renovado marxismo que siguen practicando los proponentes y seguidores de la ‘Escuela’, por mucha que sea la apariencia de vegetarianismo ovo-lacto con que gustan presentarse al público a través de sus marionetas políticas.
Además de ardoroso proponente de la famosa ‘Teoría Crítica’, Habermans es un decidido ‘mundialista’, sin duda porque la meta de la descomposición se alcanza mejor cuando un solo francfortiano bien situado pueda influir de una sola tacada en el destino de varios entes nacionales ‘bizcochables’, previamente vaciados de sentimiento patrio y convenientemente amalgamados. Preciso es admitir que él no oculta sus propósitos más allá del lenguaje abstruso empleado en la formulación de sus varias entelequias, algo que sin embargo es un rasgo común en todo francfortiano que se precie. Recordamos a Karl Popper en su juicio sobre el galimatías léxico y conceptual del aludido cuando leemos una de sus joyas expresivas: “La superación de una autocomprensión fundamentalista significa no sólo la refracción reflexiva de las pretensiones dogmáticas de verdad , y por tanto una autolimitación cognitiva, sino el paso a otro nivel de la conciencia moral”; o esta otra: “El sentido del conocimiento y, por tanto, también la medida de su autonomía, no se puede explicar de ningún modo si no es mediante el recurso a su relación con el interés…”
Precisamente porque la muestra literaria de arriba hace justicia al lenguaje usual de los francfortianos, merece la pena hacer un inciso para analizar el caso del insólito éxito del mensaje de estos señores, del predicamento de que hoy gozan no sólo en las aulas, los media y los pasillos gubernamentales sino también, indirectamente, entre cierto sector de la juventud progre, sobre todo la parte punk de ella, la perrofláutica.
Si a la retorcida sintaxis y al galimatías léxico, añadimos el significado de la parte que sí se entiende y que hiela la sangre contemplando en el análisis final el bagaje expresivo y conceptual de los francfortianos, uno se pregunta cómo diablos han podido llegar a ser semejante verborreica tropa un peligro cierto e inminente para nuestra civilización.
Una de las dos claves para poder entrar en el conocimiento de la cosa está en Marcuse, el ya glosado encantador de serpientes en su variedad juvenil que logró galvanizar las agujeradas conciencias de los adeptos a la que vino en llamarse ‘generación hippy’ americana. Lo logró con un discurso llano y una sucesión de eslóganes cortos y vibrantes que entraban cual droga de aplicación hipodérmica en el torrente sanguíneo de aquellos libertarios atolondrados por los efectos del cannabis y del ácido lisérgico, siempre anhelantes de formar parte del mundo feliz marcusiano en el que todo placer tendría su asiento… ¡y gratis además!
La segunda clave que explica el insólito éxito radica en la receptividad de la tierra en la que se sembró la cizaña gramsciana cuyos tallos nos llegan hoy hasta las cejas. El asunto del declive de nuestra cultura viene de lejos, tratado in extensis que fue por sabios de la talla de Oswald Spengler y Arnold Toynbee. Según esto, sobreponiéndonos a la intuición inmediata, serían los propios francfortianos víctimas de la corriente imperante, en vez de verdugos de la criatura cultural. Para entenderlo bastará recordar el apotegma toynbiano según el cual las civilizaciones no mueren a manos de depredadores venidos de fuera, sino que se suicidan. ¿Acaso no constituye una nota-al-señor-juez en toda regla la declaración de principios e intenciones de los marxistas culturales?
Otra obsesión filosófica sobre la que trabajaron Adorno y Horkheimer fue la de cómo definir un sistema que nunca pudiera ser cómplice del orden establecido. Ambos respondieron a este reto con un: haciendo un discurso tan ‘móvil’ que se torne invisible. Es lo que llamaron ‘Pensamiento Negativo’. Consiste éste en buscar en cada aspecto de las cosas lo que implique límite y negación de sí mismo. Este aspecto negativo es tan importante como el aspecto positivo: su comprensión restituye la posibilidad de una verdadera dialéctica.
Como puede entenderse, a partir de este punto todo es criticable y por último destruible. Una concomitante paradoja se dio en el asalto de un grupo de estudiantes durante cualquiera de las revueltas estudiantiles europeas, esta vez contra el centro escolar que en Alemania dirigía Adorno: éste no tuvo ningún reparo en recurrir a la policía, en exigir una represión violenta in situ y pedir el arresto de los revoltosos, todo ello sin contemplaciones. Así pues, ‘ley del embudo’ a troche y moche.
Afirmaba Marx en su Tesis sobre Feuerbach que el análisis crítico debe ser seguido por una acción concreta de transformación. La Escuela de Fráncfort respondió que la teoría se ‘emancipa’ de la praxis. Lógicos consigo mismos, sus representantes fueron siempre cautos ante el emprendimiento de cualquier tipo de acción de contenido físico, esto con gran descontento y el reproche de la parte combativa de la izquierda, bajo acusación de falta de compromiso con el ideal.
En el lado positivo de la crítica eminentemente hostil que este trabajo implica, podemos argumentar que, aunque la última característica descrita en el párrafo precedente pudiera servir para mostrar la fuerza de la ‘Escuela’: …disolver todo pensamiento en la relación social y reducir toda sociología a una ‘ideología’, representa, con relación al marxismo ortodoxo, una crítica mucho más eficaz del mundo moderno…, puede también mostrar su punto más débil en que, debido a su hipercriticismo y febrilidad mental, la ‘Escuela’ se condena a sí misma a la impotencia, que es lo que pasa cuando se sostiene la idea de que todo poder corrompe, porque de inmediato lleva a renunciar para siempre al ejercicio del poder. Desear el ‘movimiento perpetuo’ y la crítica permanente sin proponer nunca nada, es proponer automáticamente el propio fracaso.
Pero no nos hagamos muchas ilusiones. Nuestro gozo al ver la impotencia del enemigo cultural en el terreno conceptual se va derecho al pozo de la proclividad nihilista de los francfortianos (asiduamente negada por ellos), y el deseo suicida que se desprende de su doctrina de destrucción cultural sin pensar demasiado en qué haya de venir después, porque teorizan: nunca nadie ha realizado con éxito semejante experimento y es aventurado decir cómo y con qué se llenaría el hueco tras la implosión…
Para el pensamiento dialéctico la misma dialéctica debe ser superada. Solamente entonces puede aspirarse a ver el final de las contradicciones. Pero si el mundo sólo es contradicción, ¿cómo un estado de cosas ‘justo’ puede ser un estado de cosas ‘real’? De nuevo aquí la ‘Teoría Crítica’ se nos ofrece como ejemplo acabado de un corpus doctrinal puramente centrado en lo negativo, demostrando al paso en qué consiste el poder estéril y finalmente letal de un intelecto fijamente orientado hacia la crítica y que progresivamente reniega de todo y desea destruirlo todo.
Nos encontramos pues frente a la postura nihilista ya antes citada, no obstante lo cual – también ha quedado dicho- ‘La Escuela’ ejerce hoy tremenda influencia sobre la acción política, sobre nuestras costumbres y, más importante aún, sobre la psique colectiva. Por ejemplo, en la acción comunicativa resaltan los francfortianos la importancia del diálogo, como un fin en sí mismo, prescindiendo de su utilidad, de que se tenga llegar a un acuerdo. Semejante actitud está relacionada con Marcuse y su concepto de la ‘Tolerancia Liberadora’, expresión que sabemos quiere decir tolerancia con las ideas propias e intolerancia absoluta respecto a las ajenas ¿Suena o no familiar en la España contemporánea lo del ‘talante’ y el ‘diálogo’ conducentes a… ningún sitio? He aquí pues el origen y la esencia del ‘diálogo para besugos’ preconizado y practicado por los nuevos adalides de la izquierda-marxista-bajo-otro-nombre.
La corrección política: censura, terror y tiranía

Lo que llaman Acción Afirmativa’es también parte del francfortiano siniestro todo. Como lo es el terror moral, intelectual y, llegado el caso, judicial, dirigido contra cualquier disidente de la ‘Corrección Política’, de la ‘Ideología de Género’ o, en España, de la versión ‘republicana’ de la ‘Memoria Histórica’. Consecuentemente, los francfortianos de hoy son también hostiles a cualquier atisbo de aversión homófoba o simplemente de afirmación ‘machista’; a toda expresión del sentimiento nacionalista-que-no-sea-separatista, mostrado, eso sí, fuera de un campo de fútbol; o xenófobo o racial siempre que se manifieste en el campus universitario, en el trabajo, en el cuartel y hasta en mitad de la calle. Es la versión incruenta y light de lo que ya vimos en la Rusia soviética, con su GULAG y terribles purgas; en la Alemania de Ulbritch, Honecker y la ominosa Stasi; en la China maoísta y su demencial, sangrienta y vacua revolución cultural; en la actual Cuba y su PNR, versión castrista que son de los tonton macoutes del terrible Papa Doc; en la Rumania estalinista de Ceaucescu; en los campos de la muerte de Campuchea; en los centros de reeducación política de Vietnam, etc… y que ahora viene hacia nosotros. Por todo ello, concluyamos en que se trata de algo muy orwelliano, planificado y diseñado que ha sido para destruir todo lo que llamamos libertad, decencia y cultura: las nuestras, se entiende.
Como último comentario sobre esta influyente y devastadora escuela de pensamiento, digamos que, a su amparo, las sociedades están dotándose de ‘Estados de ideología oficial’ bajo el conjuro de los vastos poderes al alcance de los mandamases postmodernos. Además de la fuerte carga de indoctrinamiento introducida sin demasiados miramientos en las escuelas por los francfortianos más descarados, habremos de tomar nota del hecho de que ya hay gente en la cárcel por haber cometido cualquiera de los llamados ‘crímenes de odio’ (hate crimes), una tipificación penal que impúdicamente condena lo que en esencia son manifestaciones del pensamiento político o del pensamiento a secas, así juzgadas desde la subjetividad de unas leyes que se adentran en el siempre- antes-prohibido terreno del pensar de las personas, en virtuosa imitación del orwelliano crimen del pensamiento (thoughtcrime). A más abundamiento, sabemos que algunos gobiernos están pensando en ampliar la esfera de su acción policial y su capacidad pesquisidora inicialmente intimidatoria, siempre intrusiva… y finalmente represora.
Es el Reino Unido el adelantado en la aplicación más estricta del hate crime, eso sí, siempre en el sentido que recomiendan los expertos ‘odiadores’ que como, buenos marxistas son los francfortianos, asiduamente dirigida que vemos la acción represiva contra varones heterosexuales blancos y a ser posible pertenecientes a cualquiera de los partidos políticos de allí que incluyan las palabras Independent, Free o, el colmo de los colmos, England, en sus siglas.
En USA es el gobierno del eminente e indisimulado miembro de la secta, Barack Hussein Obama, quien ha sacado adelante una ley que extiende los enormes poderes que ya posee el Presidente para, mediante lo que en la Casa Blanca suavemente llaman ‘orden ejecutiva’, dictar sentencias de muerte fuera del ámbito judicial contra personas propias y ajenas tenidas por hostiles y que, por el momento, operen fuera de las fronteras USA. La ejecución de las letales fatwas dictadas por todo un premio Nobel de la Paz corren a cuenta de comandos ‘patanegra’, los célebres SEAL, tal como ocurriera en la célebre acción de Abbottabad, en Pakistán, un país aliado, no se olvide; y a cuenta también de los eficacísimos y por eso temibles drones controlados desde cualquier base aérea a miles de kilómetros del lugar donde se ejecuta, nunca mejor dicho, la acción punitiva.
La aludida extensión de tales poderes se refiere cada vez más a los que afectan a los propios ciudadanos USA dentro del territorio nacional, sujetos que ya están a toda suerte de intromisiones,
controles y vigilancias (electrónica, comunicacional, física, dineraria, documental y, poco a poco, también por medio de drones fabricados ‘a medida’). Bastará cualquier indefinida sospecha sobre alguien, es decir, adjudicada subjetivamente, sin control judicial y sin limitaciones de tiempo o espacio, para atraer la atención del Gran-Hermano-que-todo-lo-ve-y-todo-lo-oye, el de verdad pues.
También se contempla en la citada ley la detención y custodia castrense, por tiempo indefinido, de los ciudadanos tenidos por peligrosos, aplicado este adjetivo en su sentido más amplio y siempre entendido sin tutela judicial. Añádase a esto la ambigüedad de los términos de aplicación de la ley en ciernes y tendremos un cuadro de tal discrecionalidad ejecutiva que deja inerme al ciudadano afectado, a la par que se ejerce una potente presión intimidatoria sobre todos los demás. Ése es el mundo que nos tienen preparado los francfortianos de última generación y sus circunstanciales compañeros de viaje que son los proponentes del Nuevo Orden Mundial (NOM). Conviene matizar esto último mediante la siguiente observación: estos buscan con sus abrasivas propuestas adormecer la conciencias para facilitarse el camino hacia la dominación global de un mundo que quieren heredar ‘funcionante’; por su parte, los marxistas culturales hacen de la total destrucción un fin en sí mismo, en realidad, como ya ha quedado dicho, ése es su único fin.
Ambos grupos comparten objetivos en una primera fase en la que buscan el desarme moral y el desamparo legal e institucional de la ciudadanía, es decir, su desarraigo respecto a las nociones y sentimientos de religión, sociedad, patria y familia. Esos son pues los vínculos afectivos que deben ser eliminados antes de que los embozados acometan la segunda fase del plan: la destrucción total y final que desean los francfortianos… o la construcción del gobierno mundial que anhelan los Iluminati. Comparativamente hablando, es de agradecer que estos últimos persigan un sueño finalmente constructivo que sin embargo pasa por el aniquilamiento de al menos la mitad de la humanidad, ahí está para demostrar un tal descomunal (des)propósito el monumento megalítico denominado Las Piedras-Guía de Georgia, de clara adscripción illuminística que, en la primera línea de su decálogo prescriptivo (esculpido en piedra y en ocho idiomas) pide reducir la población ¡a 500 millones de almas! Traigo esto a colación porque en su brutalidad física pudiera esto ser más aceptable (de los males el menor) que la destrucción moral, ciega y sin horizontes que se proponen ejecutar los dementes elementos francfortianos.
Allá en la reunión del Grupo Bilderberg del año 1991, las de abajo en cursiva fueron las palabras atribuidas a uno de los ponentes, nada menos que el magnate David Rockefeller, una de las pocas ocasiones en que algo de lo dicho en cualquiera de la 60 tenidas anuales habidas ha traspirado al exterior:
“Estamos agradecidos al The Washington Post,The New York Times,y a otras grandes publicaciones cuyos directores atienden asiduamente nuestras reuniones y han venido respetando su palabra en cuanto al silencio editorial de sus contenidos durante cuarenta años. Hubiese resultado imposible desarrollar un plan para el mundo de haber estado nuestras deliberaciones bajo las luces de la publicidad. Pero el mundo es hoy mucho más sofisticado y está más preparado para dirigirse en derechura al gobierno global. La soberanía supranacional de la élite intelectual y los banqueros centrales es sin duda preferible a la secular autonomía nacional hoy vigente”.
Confrontado después con sus propias palabras, contestó:
“Algunos piensan que somos parte de una cábala secreta que actúa en contra de los intereses de los EEUU, y caracterizan a mi familia y a mí mismo de ‘internacionalistas’ que conspiran en compañía de otras gentes venidas de los cuatro rincones del mundo para construir una estructura global más integrada a nivel político y económico: un mundo único, para quien así prefiera describirlo. Pues bien, si esos son las cargos imputados, debo decir que me siento orgulloso de ellos”.
Anecdóticamente, asistió como invitado especial a aquella reunión, sin voz ni voto, un jovencísimo Bill Clinton, todavía un wannabe, esto es, un humilde aspirante a la nominación para contender representando al Partido Demócrata en la carrera electoral presidencial… que terminaría ganando dos años después.
Desde el 2001, el director de la Escuela de Fráncfort es Axel Honneth, el representante más aventajado de la tercera generación de la ‘Escuela’, heredero en línea directa de la tradición marxisto- cultural moderna iniciada por Theodor W. Adorno y Max Horkheimer y proseguida por Jürgen Habermas, maestro y mentor de aquél desde que en 1982 le fuese concedida a Honneth una beca de investigación en el Instituto Max Planck de Ciencias Sociales, a la sazón bajo la dirección del último citado. En el campo de la filosofía social y práctica, A. Honneth está actualmente empeñado en el proyecto de revitalizar la ‘Teoría Crítica’ por medio de una teoría del reconocimiento recíproco, cuyo primer bosquejo fue esbozado en su obra La lucha por el reconocimiento- Por una gramática moral de los conflictos sociales.
“El trabajo de Honneth consiste en articular la dimensión descriptiva de una teoría del reconocimiento con la descripción prescriptiva de una teoría moral. Para ello, se apoya en la premisa antropológica según la cual el hombre solamente es hombre entre los hombres, es decir que la relación práctica consigo se constituye en una relación con el otro”, dice de él un hagiógrafo, utilizando el ya comentado críptico lenguaje de la secta.
Conclusión a guisa de epílogo
Permítaseme comenzar la recta final de este humilde trabajo con la leve chanza que supone recitar el famoso “Oscuro se presentaba el reinado de Witiza…”, para significar que hoy nos encontramos muy próximos al punto de inflexión que marcará el destino de nuestra cultura, o mejor, de nuestra civilización que, por cristiana, dejará de existir significativamente si se le niega o anula esta su esencial característica.
Hemos visto cómo la Escuela de Fráncfort inició su andadura hace poco menos de un siglo bajo el signo de la elucubración teórica y el libre juego de las ideas en clave marxisto-revolucionaria. También ha quedado dicho que fue la suya una respuesta crítica al comunismo soviético de los años treinta y, sin solución de continuidad, el de la postguerra, siempre aquél tan paranoico, desmesurado, liberticida y represor como se le veía desde este lado de la muga, incluso antes de que Winston Churchill popularizara el conocidísimo remoquete ‘Telón de acero’… ya usado por Joseph Goebbels años atrás.
Todo discurrió por los relativamente inofensivos senderos del pensar y el decir hasta que la segunda diáspora judía, la provocada por la feroz persecución nazi, llevó a Norteamérica un buen número de intelectuales marxistas de tal origen étnico, ello tras un periplo europeo que les sirvió para, antes de dar el salto, desparramar en nuestro lado del charco la semilla de su particular cizaña. Una vez allí instalados, sólo fueron necesarios unos pequeños retoques en el vocabulario ‘oficial’ para que el caudal de la corriente francfortiana desembocase felizmente en las aguas del Mississippi izquierdista que el macartismo había revuelto.
Cómodamente insertados en la hasta entonces inoperante izquierda americana del rooseveltiano New Deal, una nueva generación de inquietos revoltosos con acento teutón y deje yiddish pasaron allí del pensamiento a la acción, siempre no violenta, forzoso es decirlo, y aupada sobre la hasta entonces meramente especulativa ciencia emanada del psicoanálisis freudiano, plantada finalmente la vemos en el fecundo campo de los media USA.
El maridaje del empirismo mediático y la subversión marxista logró triunfos tan espectaculares como la creación de aquel nuevo tipo humano, el hippie, antecedente lejano que se nos antoja es del hispano ‘perroflauta’ de nuestros preocupantes días.
Sorprende hogaño oír de boca de los hoy provectos manipuladores de antaño la explicación de cómo elaboraron las campañas mediáticas a través de las cuales introdujeron en la sociedad USA de los años 50 hábitos tales como el tabaquismo femenino, este a partir del slogan ‘torch of freedom’ de los años 30, preclara idea publicitaria salida de las mientes del reputado padre de las RR.PP., un tal Edward Gernays.
Lo mismo cabe decir de la adopción por parte de las mujeres de ciertas prendas de la indumentaria masculina y, en el otro lado del espectro, algo después, la aceptación de adornos y acicalamientos estrictamente femeninos por parte de los hombres. Hoy sabemos que tales modas vinieron suscitadas primero, alentadas después y finalmente exacerbadas por otras tantas y sucesivas campañas mediáticas concienzudamente diseñadas por los gurús de la emergente ciencia de la manipulación mediático-social llegados de la Europa arrasada por la guerra. Exégetas venideros podrán confirmar la vehemente sospecha que cabe albergar sobre la procedencia ‘revolucionaria’ de modas tales como el piercing y los tatuajes que han venido después a asolar estéticamente el paisaje cutáneo del sector más infantiloide de nuestras sociedades, bien que cabe la posibilidad de que estos y futuros excesos aún por conocer sean un acné genuino, un mero y accidental subproducto de la dinámica de envilecimiento estético y moral puesta en marcha por las campañas mediáticas y de otro orden aquí descritas o por describir.
Por si fuera poco con la puesta en juego de los medios clásicos -radio, televisión y prensa- para la experimentación previa y la acometida final del programa de la ‘Escuela’, sus profesores terminaron infiltrándose en el bastión de la propaganda USA que era-y-es la potente industria cinematográfica de la que Hollywood es palabra mágica y resumen conceptual, no en vano el título’La Meca del cine’ adjudicado a ese paraje goza de universal predicamento.
La importancia de la irrupción del marxismo aportado por los judíos alemanes de la segunda diáspora en aquel nuevo ámbito, radica en el alcance planetario de los mensajes culturales embebidos en los filmes que Hollywood logra aventar: mitos, modos y modas, amén de interesadas versiones y descripciones de hechos y personajes históricos, nuevos valores morales y culturales… e imposturas varias.
En todo ello, la gran industria cinemtográfica ‘made-in-USA’actúa como un inmenso molinillo que, para bien o para mal, esparce ‘cultura’ en cantidades industriales, en todo momento, en el mundo entero y, last but not least, ¡lucrativamente! ¿Que qué más se puede pedir? ¡Pues sí!, hay algo más: el desiderátum de que la transmisión/absorción de los mensajes tenga lugar en un contexto placentero o, mejor aún, lúdico, tal que asegure la absorción metabólica. Añádase cualquier aviesa intención a tan feliz combinación de elementos “facilitadores” y tendremos una situación de metástasis acultural tan eficaz y potente como la que en realidad ha terminado dándose.
Igualmente importante ha resultado ser la infiltración en el mundo académico -allá, acá y acullá- de las disolventes nociones que alberga en su seno la ponzoñosa doctrina de ‘la corrección política’. Prueba del éxito logrado es la contundente implantación y observancia del’catecismo laico de lo políticamente correcto’en claustros y aulas, oficinas de redacción y gabinetes ministeriales, que es decir en todas partes.
La implacable censura del lenguaje y de las ideas en los centros del saber es el mejor exponente del declive de la institución universitaria que en España es más patente que en ningún otro lugar del mundo civilizado.
Llegados a este punto, merece la pena un inciso para insistir una vez más en algo que pertenece a la sustancia de la idea francfortiana, concretamente la ausencia en la mente de estos zapadores culturales de un proyecto cualquiera para ‘el día después’de la anhelada meta, léase la destrucción del edificio cultural todo.
Y es que los teóricos de la Teoría Crítica admitían que cualquier propósito de sustitución cultural no era posible porque nadie sabía cómo habría de ser o comportarse una sociedad enteramente libre, cual fuera la que ellos ambicionaban o vislumbran en sus ensoñaciones. Y es que resulta imposible figurarse tal cuadro, confiesan ellos sin aprensión, sujetos como estamos a las condiciones creadas por la represión característica del orden capitalista y que produce los resultados alienantes que Freud describe. Tal era la argumentación de entonces… y sigue siendo hoy la de sus epígonos contemporáneos. Así que la Teoría Crítica se limita sólo a eso, a criticar, sin proponer ninguna alternativa, ello con la intención más destructiva posible y en todas las direcciones. Su confesada y anhelada meta es la quiebra del orden presente, de ahí el título ‘antisistema’ aplicable a la violenta tropa que invariablemente hace acto de presencia en ocasión de cualquier foro internacional tipo ‘Davos’, como si de disputarles la presa a los muñidores del Nuevo Orden Mundial se tratara.
Esta presa no es otra que la conciencia colectiva, la de la ciudadanía productiva dedicada con fruición y abandono a su diario vivir. En ese propósito ninguna treta es desechable ni hay alianza rechazable a priori. En base a esto último vemos el patrocinio que los poderes públicos de aquí y allá – por sus obras los conoceréis- otorgan a la religión de Mahoma, en amnésico olvido del brutal espíritu supremacista teñido de sangre que destilan las páginas del libro canónico de los islamistas y que dictara el arcángel San Gabriel a un analfabeto rijoso y cruel, embarrancado que se hallaba en un mudo polvoriento, mugriento y carencial. Al hacerlo, los francfortianos del presente momento se han encaramado a lomos del tigre sin pensar cómo habrán de descabalgarlo cuando la fiera haya devorado su presa. Bien mirado, actúan en esto en cartesiana consecuencia con el plan previsto, consistente en la ausencia de plan alguno para el aftermath, el día después del derrumbe. Suicidas vocacionales todos ellos, apenas les importa lo que la fiera pueda hacerles después de haber devorado a todos los demás.
Queda claro que esta gente quieren suicidarse y suicidarnos a todos arrojándose/arrojándonos a la más colosal pira funeraria que en lo espiritual el mundo haya jamás conocido.
Preciso es admitir que vivimos tiempos declinantes y que hay que buscar en el carácter cíclico de las cosas la evidente degradación de la moral tradicional (recordemos el ciceroniano ¡o tempora, o mores!), un dictum por el que toda construcción humana de naturaleza orgánica nace, crece… y muere. Intencionalmente he eludido el “se reproduce”en la sentencia anterior. Desafortunadamente, explicar el por qué exigiría una larga exégesis en terrenos de la filosofía de la Historia que rebasaría el límite de lo que esta exposición pretende mostrar. Baste decir que sí, que realmente algunas culturas se metamorfosean tras haber sido absorbidas por otras, véase si no la pervivencia del derecho romano en nuestro hispánico suelo a través del Fuero Juzgo, lo que de paso nos permite vislumbrar que el lento declive de aquel Imperio fue más bien consecuencia del agotamiento del modelo que del empuje de los bárbaros.
Por contra, la extinción de las milenarias cultura egipcia, siria y persa a manos del islam es testimonio del espíritu aniquilador de los muslimes y la ausencia de interacción cultural en esos casos, mal que le pese a un en esto parcialísimo Américo Castro.
Explicado lo cual podremos intentar una caracterización del declive espiritual y material detectable a nuestro alrededor y que afecta al mundo occidental todo. Para ello valdrá parafrasear a André Malraux en aquel “el siglo XXI será espiritual o no será” suyo, para nosotros afirmare aquí y ahora, sin incurrir dramatismo ni exageración, que la civilización occidental en nuestro siglo seguirá siendo cristian a… o no será, lo que quiere decir que su salud está íntimamente ligada a un linaje cuyas viejas y entrelazadas hebras vemos hoy seriamente deshilachadas.
Admitido esto, queda responder a la pregunta de la gallina y el huevo: ¿estamos como estamos por culpa y causa de los embates que desde fuera y también desde dentro sufre nuestra milenaria cultura? O, alternativamente, ¿sufrimos esos ataques precisamente porque el enemigo exterior huele nuestra debilidad, nuestra doble postración intelectual y anímica… y el traidor surge del pudridero de la colectiva duda?
De cómo respondamos a esta pregunta dependerá el tratamiento que demos a lo que podría ser una remediable invasión vírica… o pudiera corresponder a un proceso degenerativo sólo tratable mediante dilatorios cuidados paliativos, dicho esto último sin detrimento de la importancia y urgencia de la campaña de rearme moral que por principio deberíamos acometer.
Llegados a este punto cedo el testigo a mentes más doctas para que sean ellas las que diluciden cuáles pudieran ser nuestras posibilidades y en esa consecuencia arbitren las medidas capaces de, en un caso, devolver a su oceánica procedencia la devastadora ola, o, en otro, mantener la amenazante marea al otro lado del dique erigido al efecto… hasta que de entre nosotros surja un nuevo Don Pelayo.
Por cierto, ¿qué fue del conde Don Julián y del Obispo Don Opas?

  • La Escuela de Fráncfort

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