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EL CONDE DE FLORIDABLANCA Y LA INDEPENDENCIA DE LOS ESTADOS UNIDOS

EL CONDE DE FLORIDABLANCA Y LA INDEPENDENCIA DE LOS ESTADOS UNIDOS
El 30 de Diciembre de 1808 moría en Sevilla, a sus ochenta años, D. José Moñino y Redondo, primer Conde de Floridablanca, y primer Presidente de la Junta Central Suprema y Gubernativa del Reino (cargo que había ostentado muy brevemente, desde el 25 de Septiembre de 1808), es decir, el Jefe del Estado español de facto y de iure -ya que como señalaría Gaspar Melchor de Jovellanos, la Junta Central era «depositaria de la autoridad soberana» (A sus compatriotas. Memoria en que se rebaten las calumnias divulgadas contra los individuos de la Junta Central, Coruña, 1811, p. xxxv). Por tanto Floridablanca era el máximo representante de la institución nacional soberana –y al que sucedería en el cargo otro gran patriota, D. Vicente Osorio de Moscoso, Marqués de Astorga – en abierta rebelión contra el régimen de José Bonaparte respaldado por su hermano el emperador Napoleón y el ejército francés invasor.
El viejo patriota había nacido en Murcia en 1728 y estudió leyes en la Universidad de Salamanca. En 1765 entró como fiscal en el Consejo de Castilla, donde establecería una estrecha relación con Campomanes y los regalistas. Tras el motín de Esquilache colabora con Aranda y Campomanes en la expulsión de los jesuitas. En 1772 será nombrado embajador ante la Santa Sede, donde influirá para conseguir la disolución definitiva de la Compañía de Jesús en 1773. Carlos III le concede el título de Conde de Floridablanca ese mismo año.
El 19 de Febrero de 1779 será nombrado, en sustitución de Jerónimo Grimaldi, Secretario del Despacho de Estado (especie de ministro de Asuntos Exteriores), orientando la política exterior de Carlos III hacia un fortalecimiento de la alianza con Francia (Pactos de Familia) frente a Inglaterra, lo que tendrá como consecuencia la intervención –aunque no declarada- en el mismo año 1779, junto a Francia, en la Guerra de Independencia de las colonias británicas rebeldes de América del Norte (denominadas oficialmente, desde la Declaración de Independencia el 4 de Julio de 1776, Estados Unidos de América) hasta la firma del Tratado de Paz en Paris (1783).
Precisamente a finales de 1779 y principios de 1780, curiosamente, tuvo lugar un inesperado y accidentado viaje por España de dos ilustres personalidades estadounidenses (John Adams y su hijo adolescente John Quincy Adams, futuros presidentes federales –el segundo y el sexto- de la nueva nación), que tras sufrir un pequeño naufragio en las costas gallegas de Finisterre cuando se dirigían en una fragata desde Boston a Francia, tuvieron que trasladarse en coche de postas desde Ferrol a Coruña, continuando durante más de un mes con paradas en Betanzos, Villafranca, Ponferrada, Bembibre, Astorga, León, Sahagún, Paredes, Burgos, Pancorbo, Bilbao y San Juan de Luz. John Adams ha dejado un testimonio y comentarios interesantes de este viaje por la España de Carlos III y Floridablanca, en sus diarios, en su correspondencia y en la Autobiography. Comentarios no siempre amables, aunque muy elogiosos los referidos a Astorga (noble ciudad ésta en el viejo Reino de León, según la denominada precisamente Nomenclatura Floridablanca, en la que descansaron tres días, en una posada ubicada en la calle de Postas, en el centro de la vieja ciudad, a mitad de camino entre la Catedral y el Ayuntamiento). Asimismo elogiosos son los comentarios sobre Bilbao, donde John Adams se encontró con el agente pro-americano Diego de Gardoqui, hombre de confianza de Floridablanca, quien más tarde le nombrará primer embajador español en los Estados Unidos (1785- 1789), y que estará presente en la toma de posesión del primer presidente constitucional, George Washington.
Es interesante constatar que los Adams, padre e hijo, han sido los únicos presidentes norteamericanos que han viajado por estos parajes de España. Lo paradójico o incongruente del caso de John Adams es que él era autor del plan o proyecto «Model Treaty» (redactado en Julio de 1776, pocos días después de la Declaración de Independencia) que establecía los principios de la política exterior de los Estados Unidos independientes y que seguirían después los primeros presidentes: George Washington, el propio John Adams, Thomas Jefferson, James Madison, James Monroe y John Quincy Adams: «the policy of nonentanglement» con los gobiernos europeos, pero que en la práctica aceptaba ya desde el principio la «alianza» o por lo menos la ayuda económica y militar de Francia (desde 1778) y de España (desde 1779). Pues bien, el responsable principal de tal ayuda por parte española, de una manera discreta y cautelosa, fue precisamente el Conde de Floridablanca.
Cuando comienza la rebelión de las colonias americanas en 1774-75, todavía durante el ministerio de Grimaldi, según revela la correspondencia del ministro francés de asuntos exteriores Charles Gravier, Conde de Vergennes, los gobiernos de Francia y de España estaban muy interesados en la situación americana, y con intenciones no precisamente pacíficas. En Agosto de 1775, Vergennes da instrucciones a su embajador en Madrid para negociar la posibilidad de un reconocimiento de la independencia de América por parte de los dos gobiernos europeos, abriendo oficialmente los puertos a los buques de los rebeldes, y a principios de 1776 el mismo Vergennes escribe directamente al Rey de España solicitando una contribución económica secreta para la causa americana (véase Stanley J. Idzerda, France and the American War for Independence, Lafayette Papers, Cornell University Press, s.f., pp. 13 y 17).
Floridablanca apoyará a los rebeldes americanos, continuando los iniciales acuerdos Lee-Grimaldi, con los acuerdos Lee-Floridablanca en 1779, con ayuda económica tanto secreta como pública (los famosos dólares de plata mejicana de ocho reales, muy apreciados en las colonias, que servirán de modelo a los dólares estadounidenses), agentes de inteligencia, armas y tropas militares comandadas por Bernardo de Gálvez, un héroe militar español en La Luisiana, aliado de los rebeldes y considerado asimismo un héroe de la Independencia por los estadounidenses (véase Manuel Pastor, «Bernardo de Gálvez y la Revolución Americana», Libertad Digital, 2010). Pero el ministro español era consciente del peligro que entrañaba tal apoyo, ya que podía cundir el ejemplo en las colonias españolas de América (de hecho, la inmensa mayoría del territorio de lo que hoy son los Estados Unidos –La Luisiana, Florida, Tejas, Nuevo Méjico, Arizona, California… y los vastos espacios entre el río Mississippi y el océano Pacífico- pertenecía a la Corona española). Otro oficial español criollo en La Luisiana, Francisco de Miranda, se convertirá en agente de inteligencia militar al servicio del comandante-general George Washington y de su ayudante Alexander Hamilton para promover la Independencia de Venezuela y de toda Hispanoamérica, convirtiéndose por tanto en «traidor» a España (y que a su vez sería traicionado por su compatriota, el afrancesado Simón Bolívar, para arrebatarle el liderazgo del movimiento independentista).
El gran ministro ilustrado adoptó una táctica de retrasar el reconocimiento oficial de los Estados Unidos hasta el Tratado de Paris (1783) para asegurar los intereses nacionales en cuestiones polémicas y fundamentales relativas a las fronteras de la nueva nación con los territorios coloniales españoles de Las Luisianas y Las Floridas, las tribus indias, el comercio, los derechos de navegación del río Mississippi, etc., y al mismo tiempo evitar un seguidismo exagerado de la política exterior de Francia como consecuencia de los Pactos de Familia. Su posición inicial fue buscar una mediación con Inglaterra y evitar la guerra con ella, dada su superioridad militar. Todo ello, sin duda, sacó de quicio a John Jay, uno de los principales líderes federalistas, que había sido presidente del Congreso Continental en 1778-1779 (virtual Jefe de Estado anual de la nueva nación), antes de ser embajador oficioso en España (1779-1782), más tarde secretario de relaciones exteriores de la Confederación, y finalmente primer presidente del Tribunal Supremo, ya en el régimen constitucional Federal.
Este primer periodo de las complejas relaciones España-Estados Unidos y el papel de Floridablanca ha sido investigado por los españoles A. Ferrer del Río (1856), M. Conrotte (1920), J. F. Yela Utrilla (1925), F. Morales Padrón (1952), M. del Pilar Ruigómez (1978), y J. Hernández Franco (1984), así como por los norteamericanos S. F. Bemis (1926/1960), S. P. Whitaker (1928), R. H. Ferrell (1959), y más recientemente T. E. Chávez (2002). El profesor de la Universidad de Yale Samuel F. Bemis escribió con admiración sobre nuestro Conde: «Floridablanca was a Spaniard of Spaniards. An ascetic figure throughout his long life, his force of caracter, dignity, and ability raised him to high-water mark of Spanish statesmanship during the eighteenth century. He was the Spanish counterpart of his English rival, the younger Pitt» (Pinckney´s Treaty, Yale U. P., New Haven, 1960, pp. 11-12).
Floridablanca se enfrentó a Gran Bretaña pero, como buen liberal-conservador al estilo del británico Edmund Burke y del escocés Adam Smith, intentó conciliar el apoyo a la Independencia de las colonias en el Nuevo Mundo, inevitable y legítima, con los intereses de la política exterior española y la fidelidad a la monarquía ilustrada reformista, frente al republicanismo revolucionario, jacobino-bonapartista, cuyas ideas -que pronto conmocionarán a Francia y al mundo occidental- el político español rechazará desde el primer momento.
Como ministro-Secretario de Estado (1777-1792), y al mismo tiempo ministro «interino» de la Secretaría de Gracia y Justicia (1782-1790), Floridablanca está considerado uno de los funcionarios del Estado más competentes, honrados y discretos de la historia española. Su eficaz gestión a favor de la Independencia americana frente a Gran Bretaña tuvo como consecuencia la recuperación de Menorca (1782) y de Las Floridas (1783) –no así la de Gibraltar-, siendo también responsable su gobierno del nombramiento en 1781 del genial militar Bernardo de Gálvez como Capitán General de Cuba y Gobernador de La Luisiana y La Florida Occidental, y asimismo del eficaz representante diplomático –por su experiencia y conocimientos, sin duda el primer «americanista» español- en la nueva nación, Diego de Gardoqui.
El enorme prestigio liberal-conservador y patriótico del Conde de Floridablanca, pese a las insidias de sus enemigos políticos y de su rival el Conde de Aranda, culminará, como dijimos al principio, en su elección en 1808 como primer Presidente de la Junta Central Suprema y Gubernativa del Reino (máxima magistratura de la Nación y del Estado por ausencia del Rey) frente al régimen bonapartista y de los afrancesados.
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    Acerca de Manuel Pastor

    Catedrático de Teoría del Estado y Derecho Constitucional (Ciencia Política) de la Universidad Complutense de Madrid. Ha sido director del Departamento de Ciencia Política en la misma universidad durante casi dos décadas, y, de nuevo, entre 2010- 2014. Asimismo ha sido director del Real Colegio Complutense en la Universidad de Harvard (1998-2000), y profesor visitante en varias universidades de los Estados Unidos.Autor de media docena de libros y más de ciento cincuenta artículos y ensayos.

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