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De Siria a Idomeni: los caminos de la infamia

Las aberrantes condiciones que los refugiados hacinados en el campamento griego de Idomeni han de soportar son un triste recordatorio de los peores tiempos de Europa, aquellos en que los hombres se dedicaron a exterminar a un pueblo entero simplemente porque podían. Ahora las quejas se producen porque Europa pudiendo ayudar, no quiere hacerlo. Es cierto que no es la causante primera de su desgracia, a diferencia de lo sucedido con el pueblo judío, pero sí que se le recrimina no querer aceptar a los cientos de miles, pronto millones, de sirios, afganos, iraquíes y demás desesperados que, a través de Turquía, intentan alcanzar el paraíso comunitario.
Los que así se avergüenzan de su europeidad olvidan selectivamente que la ignominia europea es de origen, es decir, su omisión no es nueva, sino que se remonta a los orígenes mismos del conflicto sirio. Como trataré de demostrar en el presente trabajo, la crisis de los refugiados es el síntoma del verdadero problema, el que de verdad habría que haber atajado en su momento y no quisimos hacerlo, y que de continuar no hará más que intensificar el tránsito migratorio y agravar las dificultades internas europeas. Por supuesto, estoy hablando de lo que empezó siendo la guerra civil siria y ha acabado en un «conflicto glocal», es decir, un enfrentamiento con causas locales pero que genera repercusiones globales.
La infamia, por tanto, no se reduce a Idomeni ni corresponde en exclusiva a los líderes europeos, sino que existen varias infamias en este complejo conflicto, desde la inicial de la represión de al Asad a la cometida por el DAESH con sus crímenes, pasando por la que, sirviéndose de la estafa ideológica y una conciencia falsa, culpa a los europeos del sufrimiento sirio sin poner sobre la mesa solución alguna a su desgracia.
Angola, Somalia, Libia, Siria, el patrón del que somos incapaces de deshacernos
Hay dos tipos de conflicto a los que Occidente no ha sabido enfrentarse por no amenazar ninguno de ellos directamente a sus intereses vitales, las guerras interpuestas (proxy wars), tan típicas de la Guerra Fría, y lo que Mary Kaldor denominó «nuevas guerras», tipología que en Siria se ha fusionado para crear un «conflicto glocal». Por tanto, la degeneración del caso sirio podrá comprenderse mejor si repasamos someramente tres experiencias anteriores.
Angola, escenario vital de Guerra Fría: Cuba, Unión Soviética, China, Estados Unidos, Zaire y Sudáfrica, todos estos países se valieron de la inestabilidad interna de Angola para proyectar externamente su influencia. Las guerrillas angoleñas UNITA, FNLA y MPLA lucharon en un principio contra el ejército portugués por la independencia, pero una vez conseguida en noviembre de 1975, se enfrentaron entre sí en una guerra civil que duró más de 25 años, en letra muerta habían quedado los acuerdos de Alvor para una transición pacífica y el reparto del poder. Aunque el MPLA (ayudado por la URSS y soldados cubanos) fue el aparente ganador de la lucha interna desde febrero de 1976, la resistencia de los otros dos grupos, junto a la ayuda e intervención de terceros países, hicieron imposible la convivencia interna. Tras la invasión sudafricana del sur del país, el conflicto se recrudeció desde 1993, no dándose por finalizado hasta 2002, merced a los acuerdos de Lusaka. Angola, que en su independencia era el sexto proveedor de diamantes y tercer productor de crudo africano, contaba con una población que rozaba los seis millones y medio de habitantes, de los cuales más de medio millón perecería en el conflicto, y millones de ellos se verían desplazados por los combates. El poder, ya fuera para dirigir al país o para no ceder terreno en la Guerra Fría, fue la principal preocupación de los responsables internos y externos de la guerra, convirtiendo a los angoleños en las víctimas de su particular juego de tronos.
Somalia, el entierro de la vía Bush: la Administración Bush soñó con un mundo de Posguerra Fría bajo un Nuevo Orden Mundial, donde la acción concertada a través de Naciones Unidas haría por fin posible la convivencia pacífica de todos los pueblos. Somalia, tras vivir su enésima crisis alimentaria, se convirtió en el caso ideal para demostrar el poder de la cooperación internacional, máxime con el recuerdo aún fresco del éxito en Irak, donde la alianza internacional había liberado a Kuwait de las garras de Sadam Husein. La intervención en Somalia la heredó su sucesor en la Casa Blanca, Bill Clinton, que imbuido de un espíritu humanitario vio con buenos ojos la utilización de la fuerza estadounidense en pro de los derechos humanos. Pero Somalia no era un escenario convencional, en el país, y en especial en su capital, Mogadiscio, el poder no solo lo ejercía el débil Estado somalí, sino que era disputado por numerosos señores de la guerra, algunos bajo la coartada de la religión. Lo que en un principio fue una misión para asegurar que la ayuda internacional llegase efectivamente a los necesitados y no se la quedasen esos señores de la guerra (Operación proveer alivio), pronto se convirtió en una operación de reconstrucción nacional a través del aseguramiento de las rutas de abastecimiento (Operación restaurar esperanza), para acabar convertida en una misión de caza y captura de uno de ellos, Mohamed Aidid. Con 37.000 cascos azules de 21 países liderados por Estados Unidos, Aidid atacó a las fuerzas internacionales matando a 24 soldados pakistaníes, lo que condujo a la operación para su detención, iniciada por fuerzas especiales estadounidenses el 3 de octubre de 1993. Lo que debía ser un asalto de unos minutos acabó siendo la primera batalla asimétrica contemporánea en ambiente urbano, una pesadilla para los militares estadounidenses que duró dos días y les causó 18 bajas, por cientos de de las milicias somalíes muertos en nombre de Alá. Los marines que habían desembarcado en las playas somalíes bajo las luces de los focos, dejaron Somalia en marzo de 1994 entre fuertes críticas a la Administración Clinton. El imperialismo humanitario quedó herido de muerte.
Libia, la debilidad del eco francés: cuando Muamar el Gadafi decidió reprimir con violencia las protestas internas contra su régimen, no intuyó su final, seguro de que su reciente reinserción internacional legitimaba su actuación. Pronto comprendería que de nada habían servido sus estancias en jaima por muchas capitales europeas, Londres y París lideraban las voces que se habían alzado contra el líder libio, esta vez bajo el controvertido principio de Responsabilidad de Proteger. Según la ONU, principal promotor del mismo, dicho principio se ejecuta contra un Estado cuando no protege a su población del «genocidio, los crímenes de guerra, la depuración étnica y los crímenes de lesa humanidad, así como de la incitación a ellos», estando obligada la comunidad internacional a tomar medidas colectivas «de conformidad con la Carta de las Naciones Unidas». De todos modos, ante la imposibilidad de consensuar una resolución que incluyese el inequívoco uso de la fuerza, por la negativa china y rusa, la coalición liderada por varios países de la OTAN y sus aliados árabes interpretaron a su antojo la Resolución 1973 (2011) para propiciar, mediante una intensa campaña de bombardeos, la victoria de la oposición sobre las tropas leales a Gadafi, y su posterior captura y ejecución sumaria por una turba de rebeldes. De nuevo el imperialismo humanitario salía herido de muerte, esta vez no por una derrota sobre el terreno como en Somalia, sino por ser incapaz de lograr el mínimo consenso internacional sobre su esencia misma y sus límites. La acción de parte de la Alianza Atlántica, pese a la colaboración de varios regímenes árabes, fue tachada de pura imposición Occidental por Rusia, China y numerosos países que veían en Libia un peligroso precedente para sus intereses y supervivencia. En cualquier caso, lo peor estaba por llegar, pues Libia ha acabado siendo un Estado fallido más dentro del mundo musulmán, un foco de expansión de inestabilidad regional, proporcionando un nuevo campo de expansión al terrorismo yihadista, donde varias facciones, antes unidas en torno a su oposición a Gadafi, luchan ahora por el poder sin que la comunidad internacional sea capaz de imponer el orden y la paz. En Libia se cometieron los mismos errores que en Afganistán 2001 e Irak 2003. Las guerras no solo se ganan por vencer unas cuantas batallas, en una intervención de este tipo la noción de victoria depende más de asegurar la paz posconflicto que de doblegar al enemigo. Sin soldados sobre el terreno es imposible desmovilizar, desarmar y reintegrar a los combatientes (el famoso DDR de todo manual de pacificación), y sin medidas tan esenciales de nada habrán servido nuestras bombas, pues los kalashnikov se convertirán en el único principio de autoridad tras el aparente cese de hostilidades.
Siria, la guerra glocal: tras cinco años de guerra, más de 800.000 muertos y más de cuatro millones de refugiados sirios en el exterior, a los que hay que sumar los millones de desplazados internos (de una población inicial de 22,5 millones), Siria continúa bajo el fuego cruzado de los contendientes, en un conflicto que se ha envenenado con la aparición del DAESH y la intervención de al menos Rusia, Irán, Hezbolá, Arabia Saudí, Turquía, Estados Unidos y algunos países europeos, unos directamente y otros a través de la venta de armas y la ayuda a las distintas partes en conflicto, pero todos con intereses contrapuestos en la región. Como Angola en los años 70 del pasado siglo, Siria se ha convertido en un teatro donde se ha escenificado la rivalidad entre Estados Unidos y Rusia (uno por no perder su tradicional papel de árbitro honesto en la región, y la otra por poner un pie en ella, a través de la base aérea de Hmeymim y la naval de Tartus), a la que habría que sumar la de Irán y Arabia Saudí (enfrentados por la hegemonía regional), donde además Turquía lucha para impedir el surgimiento de un hipotético Kurdistán en la zona y el DAESH ha aprovechado para dar una vuelta de tuerca más al yihadismo con su proyecto de califato terrorista (formado por un Sunistán sirio-iraquí). Por si fuera poco, el precedente libio ha impedido cualquier atisbo de acuerdo en la ONU sobre una resolución que intente acabar con el conflicto, no solo por la negativa de rusos y chinos, sino por la impotencia de los aliados Occidentales que asisten pasivamente a la descomposición de Libia tras una intervención plagada de errores. Pero es que el escenario se ha complicado con la aparición y crecimiento del DAESH, cuya violencia y crueldad han conseguido empequeñecer las atrocidades cometidas por Al Qaeda. Bashar al Asad hizo una jugada maestra cuando liberó a cientos de extremistas religiosos al inicio de la guerra, con ello ha logrado tres objetivos clave en su supervivencia, dividir a la oposición, presentarla como cooperadora del terrorismo ante la comunidad internacional y evitar una posible intervención Occidental, ante el temor mostrado por sus líderes por las numerosas bajas que el terrorismo le impondría (tanto en el campo de batalla como en sus ciudades, como antes había sucedido en Irak). De hecho, la existencia del DAESH ha perjudicado los intereses de Estados Unidos al no conseguir la Administración Obama el consenso interno necesario para una intervención en Siria, es más, las nuevas reglas sobre el uso de la fuerza responden precisamente al nuevo contexto surgido de la amenaza yihadista. A partir de ahora Estados Unidos solo empleará la fuerza en caso de que sus intereses vitales y su seguridad estén en peligro, en caso contrario sólo lo hará en colaboración con sus aliados y exclusivamente si existe una noción clara de victoria y una estrategia de salida bien diseñada. Es decir, en Siria la Administración Obama no iba a repetir los errores de Somalia, cabe entonces preguntarse por qué animó y ayudó a la oposición si no pensaba intervenir, y más aún sorprende el hecho de haber planteado una línea roja (el uso de armas químicas contra la población) que no pensaba defender. Lo cierto es que Siria no es un país exclusivamente desértico, es más, es un país con una destacada red urbana, con numerosas ciudades importantes donde habría que pelear casa por casa, toda una pesadilla para los estrategas y militares Occidentales. Además, en Siria no hay un único objetivo y por tanto existen varias maneras de convertir una intervención limitada en un costoso y largo conflicto con numerosas bajas, propias y ajenas. ¿El objetivo es el cambio de régimen con la democratización del sistema o solo la caída de al Asad? ¿O simplemente lograr el alto el fuego? ¿O lo es acabar con el DAESH? Por consiguiente, ¿las tropas saldrían tras el derrocamiento del régimen o una vez instaurada la democracia? ¿O cuando se alcance un acuerdo de paz? ¿O cuando los terroristas sean derrotados? De ser esto último, ¿cómo lograrlo, dada la facilidad de los yihadistas para abandonar sus puestos y mezclarse entre la población civil? En resumen, Siria es el peor de los escenarios para una intervención Occidental. Mientras tanto, el pueblo sirio no ha tenido más remedio que dejar sus casas y su país para escapar de la muerte, creando un problema de seguridad a Europa, que como veremos, se enfrenta a sus peores fantasmas en Idomeni.
Tipos de intervención y sus ejecutores
Entonces, si la estrategia angoleña solo ha servido para enquistar el conflicto y provocar más muertes y sufrimiento a los sirios, y una intervención directa a la libia no es la mejor de las opciones para un Occidente timorato y escaldado tras Afganistán e Irak, ¿qué más opciones tenían sobre la mesa la Administración Obama y sus socios europeos? Pues la que casi nunca se ha explorado y cuando se ha hecho ha sido mal ejecutada, a saber: la creación y despliegue de fuerzas de interposición para obligar a las partes a respetar el alto el fuego y obligarles a llegar a un acuerdo que conduzca a un marco de convivencia estable y pacífico. Esta es la vía yugoslava, aunque con pésimo recuerdo para los bosnios musulmanes que vieron cómo las tropas de la ONU, escasas y mal equipadas, presenciaban impotentes su asesinato en masa (8.000 solo en Srebrenica).
Quienes abominan del unilateralismo yanqui y apelan siempre a la acción concertada a través de la ONU, tampoco les resulta agradable el uso de la fuerza, pero conviene recordarles que hay dos tipos de intervenciones, las amparadas bajo el capítulo VI de la Carta de Naciones Unidas, y las incluidas en el capítulo VII, que a diferencia de las anteriores contemplan el uso activo de la fuerza más allá de la legítima defensa. Es posible ejecutar una Operación de Paz sin el uso de la fuerza, pero es casi inverosímil que ésta tenga éxito sin la amenaza del uso de la fuerza, es decir, las Operaciones de Mantenimiento y Establecimiento de la Paz han de ser capaces de transformarse al instante en Operación de Imposición de la Paz, si no se quiere correr el riesgo de perder el tiempo, crear esperanzas vanas y poner aún más en peligro a la población civil. Para lograrlo, las fuerzas cometidas para una misión de estas características, y más en el caso sirio, han de ser suficientes, tanto en número como en equipación, y ser desplegadas a largo plazo, conscientes de que hasta no haber logrado su objetivo no saldrán del país, sin importar los peligros y amenazas a los que se enfrenten. Para que una misión bajo el capítulo VI se transforme en una bajo el capítulo VII se necesitan numerosos requisitos, los más importantes que la comunidad internacional, y en particular los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad, estén de acuerdo en ello, y que sus efectivos cuenten con los medios necesarios para ejecutar el mandato de su misión, en pocas palabras, que dispongan del armamento necesario para convertirse en un ejército de verdad. Sé que este escenario es tan idealista como pretender acabar con la guerra con cuerpos de paz, pero es la única vía para evitar que las guerras civiles se prolonguen, pues si las partes no perciben que la comunidad internacional está dispuesta a utilizar todos los medios a su alcance para lograr la paz, no depondrán las armas, conscientes de que el tiempo juega a su favor. Ya es hora de que los líderes de las potencias mundiales asimilen una lección básica, no importa el interés que esté en juego, si para defenderlo se compromete la seguridad de un tercer Estado, y con ello la seguridad internacional, los costes acabarán superando con creces a los beneficios. Siempre ha sido así, pero más aún en este mundo hiperconectado.
Queda saber quién participará en el operativo, y sus integrantes no han de ser exclusivamente europeos (Occidentales o rusos) y americanos (estadounidenses o de cualquier otro país). En un conflicto de estas características donde la religión es un componente esencial del mismo, cabe la posibilidad de que el grueso de las fuerzas internacionales esté compuesto por soldados árabes o musulmanes en general, no en vano, la guerra civil siria amenaza con desestabilizar su región y las víctimas del DAESH, en su inmensa mayoría, son también árabes. El resto de países, y en especial las grandes potencias, pueden ayudar con el apoyo logístico y la financiación, además del respaldo efectivo de la misión en caso de complicarse, algo que obligará a las partes a pensarse dos veces volver a la lucha.
Por tanto, abogar por una intervención en Siria no implica inclinarse por una invasión tipo Irak, ni mucho menos, donde solo se tuvieron en cuenta los intereses de los actores exteriores. Bien al contrario, lo que se defiende con ello son las vidas de los propios sirios, verdadero objetivo de cualquier decisión que se tome al respecto.
El fin del mito europeo, las carencias de la Unión al descubierto
Al final todos los caminos conducen a Idomeni, campamento gracias al cual de repente muchos europeos parecen haber cobrado conciencia de la gravedad de la crisis siria. Los refugiados, que desde las costas turcas intentan acceder a Europa a través de Grecia, han puesto contra las cuerdas a los gobiernos europeos, en especial al alemán, por no saber gestionar una emergencia que se veía venir desde lejos. Con dos millones de refugiados en Turquía, ¿alguien en su sano juicio no anticipaba lo que se nos venía encima?
Bashar al Asad no comenzó a represaliar y reprimir a la oposición en 2011, llevaba haciéndolo desde que llegó al poder en el año 2000, si bien no fue desde entonces que ha logrado ridiculizar la represión de su padre y antecesor, quien en 1982 no dudó en masacrar a más de 20.000 personas en Hama, tras la rebelión suní contra la minoría alauita en el poder. Ni las sanciones ni el aislamiento del régimen surtieron efecto, y la parcial reconciliación quedó en nada ante el comienzo de las protestas. Pero al Asad tuvo presente desde el principio el ejemplo de Gadafi, y ha sabido manejar la situación para evitar una intervención extranjera que pondría fin a su régimen. En ello ha ayudado sobremanera la postura europea, carente de una verdadera Política Exterior y de Seguridad Común, y que consciente de las debilidades mostradas en la intervención en Libia, donde el apoyo estadounidense fue fundamental para no acabar en el más absoluto ridículo, optó desde un principio por un perfil bajo, tan solo roto por el ostentoso brío francés.
En realidad, no cabe hablar de una política europea hacia Siria, pues nunca ha existido una postura común. Si Alemania se ha abstenido desde un principio a cualquier tipo de liderazgo, menos aún si se trataba de una intervención como en Libia, británicos y franceses han sido los más beligerantes, estando dispuestos a acompañar a Washington en una hipotética misión militar contra el régimen de al Asad. El resto de países se ha dedicado a contemplar complacidos cómo la falta de acuerdo entre las principales capitales les ahorraba el mal trago de tener que posicionarse.
Mientras tanto, los ataques terroristas se suceden en suelo europeo, y muchos más son frustrados por sus cuerpos de seguridad, pese a la escasa colaboración existente entre las policías europeas, celosas de sus propias redes de inteligencia. Como el último atentado en el aeropuerto de Bruselas demuestra, a los fallos de seguridad se suma la escasa conciencia sobre el peligro real que corre Europa. Cerrar los ojos ante lo que ocurre a nuestro alrededor no es la mejor estrategia para evitar que el daño nos acabe afectando. Yugoslavia fue un aviso de que la Unión Europea debe ser mucho más que el Euro y Schengen. Ahora la crisis de refugiados nos coloca ante el espejo. Hablar de aceptar 120.00 cuando son millones los que quieren entrar parece una broma de mal gusto, pero es la muestra de lo poco que entendemos de política internacional.
Europa no se puede permitir más inestabilidad en su vecindario inmediato. Con África anunciando una explosión demográfica, ¿quién va a parar el flujo migratorio hacia ella? Desde luego que no la pasividad mostrada en Siria ni la intervención chapucera de Libia. Si Europa quiere contar en el siglo XXI debe estar a la altura de sus responsabilidades, y la primera de ellas es mantener la seguridad en su territorio. Si no entendemos que en nuestros días ello implica actuar en el exterior de nuestras fronteras habremos sembrado la semilla de nuestra rendición. Dicha intervención, repito, no siempre habrá de ser ofensiva, es más, así será las menos de las veces si actuamos a tiempo y en colaboración con el resto de la comunidad internacional. Pero Europa debe dejar atrás su pasado, desprenderse de un pacifismo egoísta y estéril que le lleva a desentenderse de los problemas ajenos, para marcarse una agenda internacionalista que esté a la altura de su proyecto comunitario. Solo así Europa podrá ser, si continuamos como hasta ahora tenemos los días contados.
Mala y falsa conciencia
Para acabar el presente trabajo trabajo describiré el máximo exponente de la falsa conciencia europea en España, el «ultraprogresismo pop», tan de moda en los últimos años y que tanto daño hace a la comprensión certera de la realidad. En esta absurda era digital en la que nos encontramos, la indignación, la rabia y la mera opinión han desbancado al conocimiento como vehículo de comprensión de la realidad, de ahí que se sostengan todo tipo de disparates como máximas verdades imposibles de refutar, a no ser que uno quiera convertirse en un hombre de la caverna. A riesgo de aparecer ante muchos como un cromagnon, intentaré desmentir las ideas clave del ultraprogresismo acerca de Siria y los refugiados.
La emergencia son los refugiados: como si el único problema de Siria fuese la huida de sus habitantes, ahora se pide que se les acoja sin restricciones en Europa. Quienes así piensan olvidan que la causa de la emigración siria es la guerra, y no la supuesta falta de solidaridad europea. Culpar a los europeos de la actual situación de los refugiados es un pensamiento tramposo que omite la principal verdad en todo este asunto, que los refugiados existen porque Europa (y el resto de potencias) no hizo nada para evitar que la guerra civil se extendiera, al contrario, espoleó interesadamente a las partes en conflicto. Pero claro, como el ultraprogresismo abomina de cualquier tipo de intervención, debe hacer trampa para que su indignación no quede mermada por su incoherencia, y olvida que la guerra mata infinitamente más sirios que las frías aguas del Mediterráneo. Indignarse ante la imagen de Aylan Kurdi ahogado en una playa de Turquía mientras se ignora a los miles de niños muertos bajo las bombas en Siria debe ser todo un ejercicio de autocontrol, eso o puro cinismo para tapar nuestras vergüenzas. Las condiciones de los refugiados en los campos como los de Idomeni es una aberración, pero igual de aberrante es el pensamiento que niega a los sirios la única solución a sus problemas, que no es otra que acabar de una vez con la guerra que asola su país.
No en mi nombre: ese es el lema que recorre de nuevo los círculos ultraprogresistas, sin pararse a pensar un momento en si la situación siria es equiparable a la iraquí. Basada en un pacifismo naïve, dicha postura aboca a los sirios a sufrir la prolongación de un conflicto que podría tener fin si la comunidad internacional tomara cartas en el asunto. ¿Cómo van a dejar de llegar refugiados a las costas europeas si sus países continúan en guerra? Ayudar a quienes huyen de sus países, ayudarles de verdad y no conformarse con darles limosna, es implicarse de lleno en la pacificación y desarrollo de sus países. La verdadera oportunidad de sirios, iraquíes o afganos se encuentra en una Siria, un Irak y un Afganistán en paz y seguros, para lo que es imprescindible nuestra ayuda. Negársela y querer reparar el daño con nuestra caridad de niños ricos no es defendible, salvo que elijamos ciegamente a quién salvar y a quién condenar, ¿los muertos de Siria no tenían el mismo derecho a tu ayuda que los refugiados de Idomeni? Ah no claro, el repudio de la fuerza o la amenaza de su uso es mucho más fuerte que tu solidaridad, y te obliga a seleccionar de forma injusta los objetos de tu benevolencia, acallando tu mala conciencia mientras satisfaces tu exhibicionismo moral. Lo que les resta a los refugiados es verse condenados a ser ciudadanos de segunda en una Europa que a duras penas consigue sacudirse la crisis económica, y eso en el mejor de los casos, si no acaban totalmente excluidos de nuestra sociedad, pues ¿cómo seremos capaces de proporcionarles una vida digna cuando ni siquiera lo somos para asegurarla a todos los europeos? Eso no importa, el ultraprogresismo solo muestra su rabia sin aportar soluciones prácticas, de lo que se trata es de mostrar lo buenos que son en comparación con quienes no están de acuerdo con su postura.
No es una guerra: cuando a uno le pegaban en el patio del colegio y negaba después haber tenido una pelea era un modo poco sutil para evitar reconocer que la había perdido, pues bien, desmentir que el terrorismo yihadista nos ha declarado la guerra implica perder ya el primer combate contra el mismo. En 1996 Osama bin Laden emitió una fatwa (un tipo de decreto religioso islámico) titulada “Una declaración de guerra contra los americanos ocupando la tierra de los dos lugares sagrados”, y en 1998 (en esta ocasión ampliando el conjunto de enemigos a Israel y los cruzados) una segunda fatwa del mismo tenor era firmada, además de por al Qaeda, por el Grupo Islámico, la Jumiat-ut-Ulema-e-Pakistan y el Movimiento por la Yihad de Bangladesh. Como se observa, se trata de un conflicto no convencional entablado por organizaciones terroristas de alcance global que, unidas bajo su odio hacia Occidente, apelan a que cada musulmán asuma como un deber sagrado «matar a americanos y sus aliados, civiles y militares». No se pude ser más claro, ni nosotros haber sido más ciegos. Occidente ha tenido problemas para enfrentarse a rivales que no respetan las mínimas reglas de guerra, máxime cuando su fanatismo les lleva a despreciar hasta su propia vida. Es normal que las sociedades democráticas sean reacias a restringir sus libertades en aras de derrotar a un enemigo tan elusivo como el terrorismo yihadista, pero de ahí a permitir su crecimiento y que golpee constantemente sin recibir apenas contragolpes (salvo la excepción de Afganistán) va un trecho. En el caso que nos ocupa, Siria es importante porque su descomposición interna ha permitido que el DAESH se haga con un territorio desde el cual exportar su macabra interpretación del Islam y la Yihad. El terrorismo se vale de los Estados fallidos para plantar su pie y fortalecerse, lo que debería hacernos pensar cómo es que hay tantos terroristas en suelo Europeo. Una de las razones, aparte de la inocencia con la que hemos tratado hasta ahora la amenaza terrorista, es que los continuos viajes de estos radicales a los Estados en guerra les han proporcionado una vía de aleccionamiento y entrenamiento de incalculable valor (unos 1.200 combatientes habrían regresado a Europa según las últimas estimaciones). Sin tales Estados, no habrían alcanzado el nivel de preparación necesario para atentar en nuestro territorio. Por tanto, además de luchar directamente contra los grupos terroristas inmersos en una guerra contra Occidente y sus aliados, nuestro primer objetivo debería ser acabar con sus santuarios, atacando sus centros de entrenamiento y reforzando aquellos Estados con dificultades para extender su autoridad por todo su territorio, de Mali a Afganistán, pasando por Nigeria, Libia, Siria e Irak. Por tanto, claro que es una guerra, y nuestra participación en ella se debe al derecho y deber de legítima defensa.
Recoger lo sembrado desde Irak 2003: para el ultraprogresismo la historia parece haber comenzado en 2003, no en vano es la fecha en que tuvo su bautismo de fuego con su oposición a la invasión de Irak. Como acabamos de ver, las fatwas de bin Laden son anteriores a la invasión de Irak por parte de la Administración Bush y sus aliados, lo que parece contradecir uno de los principales mantras del ultraprogresismo, que el terrorismo es consecuencia de nuestros actos en Oriente Medio. Otro dato que parece desmentir tal sinsentido es que las principales víctimas del terrorismo yihadista son los propios musulmanes, entre el 82 y 97% de los muertos en los últimos cinco años. Además, la mayoría de los terroristas en suelo europeo son europeos de segunda o tercera generación, sí, radicalizados tras su paso por los conflictos, pero criados en nuestras ciudades y no en las calles de Bagdad o Damasco. Por no mencionar que quien decide matar inmolándose y espera recibir a cambio un rebaño de vírgenes para él solo en el paraíso, seguro que le importan bien poco las cuestiones de política internacional. La perversión de la religión que el yihadismo emplea para captar a sus seguidores es la principal causa de su violencia, eso y la maldad intrínseca de sus miembros, pues al contrario de lo que piensa el ultraprogresismo, que solo ve víctimas de nuestra opulencia entre los asesinos, lo cierto es que en el mundo hay personas verdaderamente malas, a quienes les importa bien poco matar a inocentes con tal de lograr sus objetivos. Pues claro que las hay, dirán los ultraprogresistas, pero esos son nuestros líderes políticos, únicos responsables de que un señor en siria decida conducir un camión cargado de explosivos y estrellarlo contra un puesto de control o que otro obligue en Nigeria a que una niña se haga explotar en medio de un mercado local. El relativismo moral del ultraprogresismo lo que esconde en realidad es el menosprecio a la legitimidad democrática de nuestro Estado. Contra más antidemocrático sea el ultraprogresista mayores serán sus acusaciones e indignación contra él y sus representantes, e incluso contra el conjunto de la sociedad que le ha permitido expresarse libremente. De ahí que en parte muestre cierta sorprendente solidaridad con el terrorista, pues ambos odian nuestro sistema de derechos y libertades, uno abiertamente, otro más torticeramente, pues al no romper definitivamente con su propia sociedad, se dedica a criticarla y culparla por todo. Sólo así cabe entender que se insulte a los parlamentarios europeos, llamándoles basura, por denunciar una evidencia, que los terroristas usarían el tráfico de refugiados para intentar colar a sus integrantes en Europa (extremo confirmado con los atentados de París y los frustrados en Colonia), o que se equipare a Otegui con un preso político. Todo vale con tal de cargar el peso de la culpa sobre nuestros hombros, como si el terrorista lo fuera por obligación, y tan solo tuviese una manera de actuar frente a nuestros actos. El terrorismo no necesita escusas para matar, si las utiliza es para sembrar la discordia entre nosotros, quien le siga en el juego allá él, pero que sepa que al hacerlo le está concediendo una nueva victoria al legitimar su barbarie.
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Acerca de Pedro Ramos Josa

Doctor en Paz y Seguridad Internacional por el Instituto General Gutiérrez Mellado Licenciado en Ciencias Políticas por la UNED.Temas principales de investigación: historia y política de Estados Unidos, la debilidad Estatal, ideologías políticas

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