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¿Estados Unidos en un nuevo aislacionismo?

El aislacionismo es una opción imposible de alcanzar para una superpotencia como Estados Unidos. Partiendo de semejante premisa, ¿cómo entender la política exterior de la actual Administración ? Es más, ¿es que Estados Unidos no fue durante todo el siglo XIX, y parte del XX, un país ensimismado en su propio desarrollo y que hacía gala de un indisimulado aislacionismo? No del todo, como veremos en el presente artículo, Estados Unidos, pese a los deseos de algunos de sus líderes políticos y las oportunidades que ofrecía su generosa geografía, nunca pudo ni quiso aislarse totalmente del mundo.

Si Estados Unidos no practicó el aislacionismo, ¿entonces cómo denominar su estrategia de política exterior hasta su participación en la Primera Guerra Mundial? Pues a través de lo que se ha denominado . Si bien la reciente historia de Estados Unidos está íntimamente ligada al , y últimamente a lo que llamamos globalización, lo cierto es que su primera y más longeva estrategia de seguridad nacional fue más bien todo lo contrario. Así pues, para comprender en su justa medida el regreso del aislacionismo a la Casa Blanca tras la elección de Donald Trump, antes conviene conocer sus orígenes en la vida política estadounidense, trazar una breve descripción de su evolución y ver cómo ha resurgido con el final de la Guerra Fría, consecuencia totalmente inesperada si se tiene en cuenta la posición hegemónica que ha venido disfrutando Estados Unidos desde la caída de la Unión Soviética.

Definición y evolución del Unilateralismo Aislacionista

Para una nación surgida de la unión de trece excolonias y recién independizada de su metrópoli, rodeada además por tres Imperios, es fácil comprender que buscara en la neutralidad la fuente de su supervivencia, pues en 1783 nada garantizaba la supervivencia de los Estados Unidos de América.

Con el objetivo de garantizar la recién adquirida soberanía nacional, los Padres Fundadores fueron conscientes desde un inicio de la necesidad de una política exterior prudente que les alejara de los enredos internacionales de las potencias europeas.  Pese a su breve alianza con Francia y la ayuda prestada por España durante su lucha de independencia con la Corona Británica, el unilateralismo se impuso desde un inicio bajo las directrices de John Adams, quien, al frente de una comisión encargada por el Congreso Continental de Filadelfia, elaboró un modelo de tratados que sirvió de guía en las relaciones con el resto de naciones. Así, en septiembre de 1776 se aprobó el Plan de Tratados bajo las premisas de que Estados Unidos debía valerse por sí mismo y beneficiarse del monopolio comercial americano, al mismo tiempo que se rechazaba toda alianza política con terceras naciones, limitándose el contacto con el exterior a la firma de acuerdos comerciales.

George Washington, ya como Presidente, no dudó en 1793 en reafirmar la independencia estadounidense en una Proclamación de Neutralidad, mediante la cual se prohibía a los ciudadanos norteamericanos participar en la guerra que enfrentaba a Francia con Austria, Prusia, Gran Bretaña, Cerdeña y las Provincias Unidas de Holanda, pues era la intención de Estados Unidos «con sinceridad y buena fe, adoptar y perseguir una conducta amistosa e imparcial hacia todas las potencias beligerantes”. A la Proclamación le siguió la Ley de Neutralidad de junio de 1794, redactada por Alexander Hamilton e impulsada por la necesidad de convertir en legislación la neutralidad estadounidense.

Dos años más tarde, en 1796, George Washington legó en su discurso de despedida la Gran Regla de conducta para Estados Unidos, centro neurálgico del Unilateralismo Aislacionista, y que a partir de entonces se impondría en la escena política estadounidense. Para la supervivencia de Estados Unidos dependía de la armonía tanto interna, evitando los conflictos derivados de los localismos y los partidismos, como externa, fomentando las relaciones comerciales con el resto de naciones y sobre todo manteniéndose “alejados de alianzas permanentes con cualquier porción del mundo exterior”, observando la buena fe y la justicia hacia el resto de naciones, cultivando la paz y la armonía con todas ellas.

En la esencia del pensamiento de G. Washington se encontraba la excepcionalidad del modelo republicano y democrático erigido en Estados Unidos, experiencia que habría que preservar de la contaminación exterior, especialmente europea. Con dicho objetivo en mente, los métodos para lograrlo serían primero el alejamiento de las potencias europeas, cuyos intereses podían acabar dañando a Estados Unidos, dados sus sistemas políticos corruptos y absolutistas, en segundo lugar, por la estricta neutralidad en los conflictos entre el resto de potencias, el tercer elemento consistiría en asegurar la libertad de acción de Estados Unidos y por último, fomentar las relaciones pacíficas a nivel mundial, sobre todo las comerciales.

Con la Gran Regla la política exterior se ponía al servicio del excepcionalismo que definía domésticamente el carácter específico estadounidense, es decir, la acción exterior de los dirigentes norteamericanos debía supeditarse al fin último de la supervivencia del régimen diseñado en la Constitución de 1787. Por consiguiente, el Unilateralismo Aislacionista se erigió en la doctrina dominante en las primeras décadas de vida de la nación, pues respondía tanto al anhelo por permanecer alejados de los enredos del resto de potencias, como al deseo de preservar la libertad de acción propia, sobre todo en el continente americano.

De todos modos, la voluntad estadounidense por verse librada de las consecuencias de las políticas europeas estaba fuera de su alcance, y en 1823 el Presidente James se vio impelido a anunciar su famosa Doctrina para salvaguardar la independencia nacional. Desde Norteamérica se veía con preocupación la evolución política europea, pues se temía la posibilidad de que se instalaran nuevos regímenes monárquicos antiliberales en el continente americano, perjudicando así sus intereses en la región, lo que pondría en peligro su propia seguridad. Por tanto, con el asesoramiento de J. Q. Adams, el Presidente sintetizó su respuesta al absolutismo europeo en la célebre Doctrina , compuesta por tres puntos cardinales:

  1. Negativa estadounidense a una nueva colonización en los países americanos recién independizados,
  2. Negativa a reconocer cualquier tipo de traspaso de territorios entre las distintas potencias europeas, y
  3. En contrapartida Estados Unidos reconocía las colonias aún existentes y garantizaba su neutralidad respecto a los asuntos europeos.

En resumen, tras el análisis del Plan de Tratados, de la Proclamación de Neutralidad, de la gran regla de G. Washington y de la Doctrina Monroe, podemos describir al Unilateralismo Aislacionista como el marco estratégico a partir del cual los políticos estadounidenses diseñaron su política exterior a lo largo del siglo XIX bajo tres supuestos básicos: asegurar la libertad de acción, reforzar la preeminencia estadounidense en el continente americano, y ejercicio de la neutralidad, sobre todo respecto a los asuntos europeos.

Principios que en la práctica tuvieron dos consecuencias principales, la aversión atávica a integrar alianzas permanentes y el rechazo a intervenir militarmente en el exterior, salvo en el continente americano, donde se actuaría siempre en función de los dictados del interés nacional. Así pues, a finales del siglo XIX, con el cierre de la frontera descrito por F. J. Turner en 1893, el Unilateralismo Aislacionista parecía haber logrado sus objetivos, mantener a salvo a Estados Unidos de la injerencia externa, preservando su modelo republicano y democrático, al mismo tiempo que aseguraba su libertad de acción, contribuyendo con ello a su expansión territorial continental y a su imparable ascenso a potencia mundial.

Triunfo internacionalista y regreso inesperado del Unilateralismo

Cuando en 1901 asumió la presidencia tras el asesinato del Presidente W. McKinley, víctima de un atentado anarquista, Estados Unidos era ya una potencia mundial de primer rango, muy lejos quedaban los días en que trece pequeñas colonias se unieron para formar una república democrática en la Costa Este de Norteamérica. Ahora que sus fronteras se extendían de costa a costa, con una Unión integrada por 45 estados y ocupando extensos territorios de ultramar en Asia y el Caribe, el Unilateralismo Aislacionista era atacado desde diversos frentes al considerar sus detractores que había dejado de servir al interés general de la nación, haciéndose imprescindible una adaptación de la política exterior al nuevo estatus mundial de Estados Unidos.

En el centro del pensamiento de T. Roosevelt se encontraba la convicción de que había llegado la hora de sacudirse el ostracismo de encima y que por tanto Estados Unidos debía jugar un papel importante a escala internacional, poniéndose en pie de igualdad con el resto de potencias, participando en sus foros de discusión y sin miedo a defender sus intereses ante las mismas. De no hacerlo, de seguir con las pautas del Unilateralismo Aislacionista, Estados Unidos pondría en peligro su seguridad nacional. Para un cambio de tal magnitud T. Roosevelt se valió del realismo continental europeo, anteponiendo los intereses nacionales a los principios y valores que hasta el momento había defendido la tradición unilateralista.

Pese a su fracaso político, ya que su estrategia fue rechazada por su sucesor, W. H. Taft, a favor de la diplomacia del dólar, T. Roosevelt abrió la caja de Pandora y a partir de entonces el Unilateralismo Aislacionista tuvo que enfrentarse con el internacionalismo de una nueva generación de políticos empeñados en transformar la política exterior de Estados Unidos. El siguiente Presidente en asaltar el dominio unilateralista fue el Demócrata Woodrow , quien retomó el impulso internacionalista de T. Roosevelt pero esta vez adaptándolo a los principios y valores estadounidenses, y bajo un idealismo extremo convirtió la defensa de la democracia en el centro de su estrategia, lo que transformó la participación de Estados Unidos en la I Guerra Mundial en una especie de cruzada democratizadora.

Aunque la Sociedad de Naciones se hizo realidad, Wilson fue incapaz de convencer al Congreso estadounidense de la compatibilidad de la nueva estructura internacional con el ejercicio de la soberanía nacional. Con la negativa del Senado a aprobar la entrada de Estados Unidos en la Sociedad si no se aprobaban antes sus enmiendas, lo que en la práctica supuso el enfrentamiento de dos visiones contrapuestas de internacionalista, el conservador Republicano y el idealista Demócrata, el unilateralismo obtuvo de forma indirecta una de sus últimas victorias frente al internacionalismo.

Tras Wilson, el pueblo estadounidense optó por un regreso a la normalidad que entendió representaba la alegre diplomacia del dólar Republicana. Con ello, Estados Unidos se volcó en su desarrollo económico, descartando todo intervencionismo más allá de su continente, bajo una participación sin compromiso en el orden de posguerra. El mayor ejemplo de semejante estrategia fue el Tratado de París de 1928, o Pacto Briand-Kellogg, sin estructura permanente ni régimen de sanción alguno, por lo que simplemente se trataba de una mera expresión de voluntad por el que las partes se comprometían a no recurrir a la guerra para resolver sus disputas.

Habiéndose retirado de los principales foros multilaterales renunciando a influir en los asuntos mundiales, las autoridades de Estados Unidos permitieron que el orden de Versalles se fuera degradando irremisiblemente, situación que quisieran o no afectaría negativamente a su seguridad nacional. La respuesta estadounidense a las crisis de los años 30 y al inicio de la II Guerra Mundial fue su tradicional e ingenuo recurso a la neutralidad, como si la aprobación de leyes nacionales pudiese aislar al país de los problemas mundiales.

Tras los intentos del Presidente F. D. Roosevelt por minimizar al máximo las consecuencias de las leyes de neutralidad, el ataque japonés a Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941 borró de un plumazo las ganancias conseguidas por los no intervencionistas a lo largo de la década de 1930, convirtiendo de paso al unilateralismo en una fuerza residual anclada a los sectores de la sociedad estadounidense más perjudicados por la progresiva internacionalización de su economía y diplomacia. Con la creación de la ONU bajo la iniciativa del Presidente Roosevelt, por primera vez el internacionalismo ganaba la partida al unilateralismo, y tras la derrota alemana y nipona, Estados Unidos entraba esta vez sí a formar parte de una nueva estructura de seguridad mundial.

El sucesor de Roosevelt, H. S. , fue el responsable de la derrota definitiva del Unilateralismo Aislacionista como principal vector estratégico de la política exterior estadounidense. colocó en su lugar al internacionalismo de raíz liberal, con su estrategia de la contención del comunismo como nuevo marco estratégico, donde la defensa de la democracia se convertía de nuevo en el centro de la política norteamericana, expandiendo a nivel mundial la solidaridad republicana que la Doctrina Monroe había desplegado a nivel continental.

Ese marco sobrevivió al final del Guerra Fría, teniendo su máxima expresión en el Nuevo Orden Mundial de George H. W. , intento por fundar la hegemonía estadounidense en los principios del internacionalismo más ortodoxo. Pero su no reelección, primero, y el fracaso después de las intervenciones humanitarias de Bill Clinton, hicieron zozobrar lo que parecía el triunfo definitivo del internacionalismo.

La primera muestra de sus dificultades la podemos encontrar en la directiva presidencial PDD/NSC-25 de mayo de 1994, Con ella, la Administración Clinton afirmaba que ante los nuevos desafíos Estados Unidos actuaría de forma unilateral o multilateral en función de sus intereses, solo cuando los intereses estadounidenses fuesen en consonancia con dichas intervenciones multilaterales se recurriría a ellas, en caso contrario, el unilateralismo sería la vía elegida. Kosovo supuso el segundo paso en la recuperación del unilateralismo en la inmediata Posguerra Fría, pues ante la negativa rusa a sancionar en el Consejo de Seguridad la intervención en la provincia serbia, Estados Unidos obligó a sus socios de la Alianza Atlántica a renunciar a la doble llave. Dicho mecanismo, por el que hasta el momento se había regido la alianza, requería para su participación en una intervención armada el doble consentimiento de sus miembros y de las Naciones Unidas. Con su eliminación, Estados Unidos imponía a Europa y al resto de sus aliados cierta dosis de su clásico unilateralismo.

Unilateralismo que no haría más que exacerbarse bajo su sucesor. En efecto, criticando el internacionalismo de su antecesor, George W. Bush llegó a la Casa Blanca bajo la determinación de acabar por entero con la implicación de Estados Unidos en las operaciones de paz de Naciones Unidas, al considerarlas lesivas para los intereses nacionales e intranscendentes para la seguridad nacional, con el objetivo de ampliar la libertad de acción norteamericana. Los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 sobre Washington y Nueva York no hicieron más que justificar y legitimar la vuelta del unilateralismo como primera opción estratégica de Estados Unidos.

Si bien su racionalización bajo la Doctrina Bush de ataque preventivo no cuajó finalmente, sí que sus implicaciones prácticas, las intervenciones de Afganistán y, sobre todo, de Irak en 2003, han condicionado la política exterior de Estados Unidos hasta el presente. En efecto, al igual que la participación de la Administración Clinton en numerosas operaciones de paz había sido considerada perjudicial para Estados Unidos por su sucesora en la Casa Blanca, el unilateralismo intervencionista de la Administración Bush fue totalmente repudiado por Barack H. , si bien habiendo heredado dos intervenciones en curso, Afganistán e Irak, y una Guerra Global contra el Terror, no tuvo más remedio que plegarse a la realidad, tratando de alejarse lo más pronto posible del legado de su antecesor.

Aunque para distanciarse de Bush, Obama se valió el internacionalismo, lo cierto es que su cacareado Liderazgo retirado (Backward Leadership) no es más que cierta dosis de aislacionismo disfrazada de multilateralismo. Con Obama ya no habría más ataques preventivos ni más intervenciones en nombre de la democracia, ni siquiera las líneas rojas trazadas por él mismo se respetarían, como ocurrió en Siria, y alianzas tradicionales como la Atlántica tendrían que pujar por la atención estadounidense con otras regiones como la asiática. El unilateralismo se evidenció además con la captura de Osama bin Laden en territorio pakistaní, cuyo simbolismo escondió su naturaleza unilateral.

En resumen, y como se aprecia en el siguiente gráfico, hay que reconocer que el internacionalismo no ha sido la nota predominante en la política exterior de Estados Unidos, sino que lo ha sido el unilateralismo:


Fuente: Pedro F. R. Josa

El unilateralismo aislacionista de la Derecha Alternativa

Si el unilateralismo que se abrió paso en la era de Posguerra Fría, dado su carácter intervencionista,  no fue el mismo que informó la política exterior de Estados Unidos en su primer siglo largo de existencia, el aislacionismo parece unirse de nuevo al unilateralismo en la nueva Administración de Donald Trump.

Lejos de ser un líder circunstancial aupado simplemente por su fama mediática, Trump ha sabido utilizar el tremendo descontento popular en la derecha estadounidense para lograr primero una sorprendente nominación Republicana, y ganar después contra todo pronóstico las elecciones a la candidata Demócrata, Hillary R. Clinton. Enfrentado a la maquinaria del partido, Trump se apoyó en lo que se denomina como Derecha Alternativa (Alt Right) para alcanzar el éxito que predecesores como Sarah Palin no pudieron materializar.

La premisa que separa a la Derecha Alternativa del Republicanismo regular es que para ellos el sistema republicano y democrático erigido por los Padres Fundadores de Estados Unidos está seriamente amenazado y corre peligro de desaparecer si no se recuperan los orígenes ideológicos de la nación. La causa del declive del republicanismo la achacan a lo que consideran una contaminación ideológica desde las fuerzas del progresismo de izquierdas, que desde los años del New Deal de F. D. Roosevelt, y especialmente desde la revolución cultural de los años 60 del pasado siglo, se ha hecho con la iniciativa del Partido Demócrata, comprometido, según ellos, en convertir a Estados Unidos en un país socialdemócrata a la europea, donde el Estado juegue un papel hegemónico, asfixiando por entero la iniciativa privada. Su denuncia no se limita a la deriva socialista Demócrata, también critican que se haya permitido desde las filas Republicanas, llegando a descalificar a los Republicanos regulares como RINO (Republicans in name only).

Desde ese prisma han ido desarrollando unos principios de política exterior con los que, recuperando en esencia la base del aislacionismo tradicional, tal y como los Padres Fundadores hicieron en el siglo XVIII, tratan de preservar su modelo republicano y democrático. Semejante estrategia ha sorprendido a los aliados de Estados Unidos, si bien no es más que una consecuencia lógica de la particular visión que la Derecha Alternativa tiene sobre cómo ha de ser su país.

Veamos los principales preceptos que el “América primero” de la Derecha Alternativa suponen en materia de política exterior:

  • Primacía del interés nacional: principio adoptado por todas las Administraciones precedentes pero que en su caso implica tomarlo al pie de la letra, es decir, Estados Unidos ya no se embarcará en misiones de Promoción de la Democracia, ni de defensa de los derechos humanos ni mucho menos de construcción de naciones, sino que se limitará a responder únicamente a las amenazas vitales, aquellas que por su peligrosidad pongan en cuestión o violen la seguridad nacional de Estados Unidos. De lo que se trata es de desarrollar una política exterior musculosa e impredecible, reforzando las defensas nacionales y evitando en todo momento enredarse en guerras sin final y la temida extralimitación imperial (imperial overstretch), como mejor modo de prevenir agresiones externas al mismo tiempo que se mantiene la hegemonía mundial de Estados Unidos.
  • Rechazo del Internacionalismo: la Derecha Alternativa detesta el internacionalismo, rechaza cualquier tipo de cesión de soberanía nacional, por mínima que sea, a favor de organizaciones supranacionales, al entender que semejante opción rinde la independencia estadounidense a un supuesto gobierno mundial de corte socialista; de ahí su indiferencia hacia las Naciones Unidas o sus críticas hacia la Alianza Atlántica, a la que consideran una organización que solo sirve para sustraer recursos estadounidenses y entregarlos a una Europa incapaz de sacrificar su estado del bienestar en aras de su seguridad; por todo ello se sienten mucho más cómodos con las relaciones bilaterales que con las alianzas permanentes, y piden que no se defraude a aliados tradicionales como Israel por acuerdos multilaterales de dudosa efectividad como el firmado con Irán.
  • Críticas a la globalización: ya sea en materia económica o medioambiental, la Derecha Alternativa no piensa que todo sea bueno con la globalización, es más, denuncian que en numerosos casos solo ha perjudicado al estadounidense de a pie, quien ha sufrido en persona unas políticas que han primado un difuso cosmopolitismo contrario a sus intereses; de ahí su rechazo a cualquier política migratoria que regularice la situación de los indocumentados, pues no solo pondría en riesgo su trabajo, sino que en juego estaría la naturaleza misma de la identidad estadounidense; razonamiento parecido al tratar el medio ambiente, si rechazan que Estados Unidos participe en cualquier pacto global que lesiones sus intereses económicos, no solo lo hacen por puro egoísmo o porque cuestionen la teoría del cambio climático, sino porque temen que semejantes pactos mermen la independencia nacional, reforzando su temido gobierno mundial en la sombra.

Junto a tales supuestos, las circunstancias particulares de la presidencia de Donald Trump añaden aún mayor relieve a su llamativo enfoque. El haber sido un candidato independiente, sin apoyo del aparato del partido, le obliga constantemente a ser un Presidente en campaña, apelando directamente a sus votantes para movilizar su masa de apoyo y no perder peso frente a sus rivales políticos, tanto dentro como fuera de las filas Republicanas, lo que le resta credibilidad en el exterior y le impide a nivel nacional presentarse como el Presidente de todos los estadounidenses. De ahí que muchos de sus exabruptos en redes sociales o su comportamiento maleducado con ciertos líderes extranjeros, haya que tomarlos como mensajes y guiños directos a sus seguidores, más que como emanaciones de una clara estrategia exterior.

Como afirman en Estados Unidos, a Trump conviene tomarlo en serio, pero no literalmente. Solo así se puede entender que criticase duramente a la OTAN durante la campaña y una vez en la Casa Blanca la considere un vínculo esencial para la seguridad nacional. Es más, en muchas ocasiones parece que hubiese dos Donald Trump, por un lado, el político marrullero e impertinente que se niega a dar la mano a Angela Merkel, y por otro el Presidente afable y realista que no duda en unir sus manos en un globo terráqueo junto a dos líderes árabes.

Esa doble personalidad tiene su reflejo en el seno de su Administración. El nombramiento de H. R. McMaster como Consejero de Seguridad Nacional ha abierto un conflicto interno entre el ala Alternativa, representada por Steve Bannon, y el Republicanismo regular, que ve en el General una oportunidad para moderar la presidencia de Donald Trump. De ese modo, el ataque aéreo sobre Siria o el viaje a Arabia Saudí han sido fuertemente criticados desde medios afines a la Derecha Alternativa como Infowars. Pero Trump se vale de ambas corrientes para desplegar una política exterior donde la clave es “una brillante incoherencia”, como se le ha calificado en algún medio, acerca del papel de Estados Unidos en el exterior.

Su ambigüedad en la acción internacional y el debate abierto sobre los costes del liderazgo de un orden mundial cada vez menos beneficioso para Estados Unidos, hay que entenderlos en clave interna. Cuando un 70% de los estadounidenses esperan de su nuevo Presidente que se dedique más a temas domésticos, mientras al mismo tiempo también demandan que el país continúe siendo una la única superpotencia militar, ¿cómo lograr ambos objetivos simultáneamente? Trump parece haber encontrado la respuesta en una mezcla de denuncia del orden existente, en clara sintonía con el aislacionismo predominante en la sociedad estadounidense, y una política exterior basada en el gran garrote de T. Roosevelt para así no perder la preeminencia estadounidense en ese mismo orden, aunque eso sí, sin asumir todos los costes que ello implica, y que tanto daño estarían haciendo a la nación mientras el resto de naciones se estarían beneficiando del sacrificio norteamericano sin aportar nada a cambio. El objetivo es que la política exterior sirva exclusivamente a los intereses estadounidenses.

Por tanto, ni Trump es fruto de la casualidad ni responde únicamente a los dictados de la Derecha Alternativa. Su Unilateralismo Aislacionista se encuadra en el tradicional enfoque estadounidense de colocar los intereses nacionales por encima de quiméricas visiones cosmopolitas, continuando con la deriva unilateralista iniciada con Bill Clinton, si bien bajo un predomino aislacionista que no se veía en Washington desde la II Guerra Mundial. Como advertí hace años, el unilateralismo, de uno u otro signo, ha llegado para quedarse en Estados Unidos.

[1] El artículo es fruto de la conferencia de igual título ofrecida en las jornadas “Nuevo liderazgo estadounidense”, organizadas por Kosmos-polis y la Universidad Católica San Antonio de Murcia, los días 3 y 4 de julio de 2017.

Acerca de Pedro Ramos Josa

Doctor en Paz y Seguridad Internacional por el Instituto General Gutiérrez Mellado Licenciado en Ciencias Políticas por la UNED.Temas principales de investigación: historia y política de Estados Unidos, la debilidad Estatal, ideologías políticas

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