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Ómnium cultural y la Kulturkampf

La finalidad de la especie es la , y condición de esta, una subsistencia digna. En el Estado nadie usa directamente sus fuerzas para lograr el goce egoísta, sino para lograr la finalidad de la especie, y obtiene en cambio el total estado de de ésta, íntegramente, y además su propia subsistencia digna” (Fichte, Los caracteres de la Edad Contemporánea, p 131, ed. Revista de Occidente)

 

  Navarro, presidente de , es uno de “los Jordis” que recientemente han entrado en prisión acusados del delito de sedición, tras las movilizaciones que tuvieron lugar en Barcelona durante los días 20 y 21 de septiembre de 2017. Cuixart se declaró en una reciente entrevista “empresario de izquierdas” (como excusándose de lo primero –empresario- con lo segundo –de izquierdas-) siendo el presidente de una institución, Ómnium Cultural, que, nacida en 1961 -repetimos, 1961-, está ligada a la alta burguesía empresarial catalana. Uno de sus fundadores, Luis Carulla Canals, inició en Barcelona la explotación de una de las marcas de concentrado de alimentos más importantes de , Gallina Blanca, marca que alcanzó, a pesar de la militancia catalanista de su fundador, una rápida expansión durante el régimen franquista. Los negocios actuales de los Carulla (además de Gallina Blanca, Avecrem, El Pavo, Affinity Petcare, Pans&Company, Bocatta, etc.) han prosperado fundamentalmente gracias al mercado español, de tal manera que se pueden observar aquí, en la familia Carulla, tomada a modo de fractal, todas las contradicciones que envuelven al catalanismo. Una prosperidad en los negocios producida a través de un mercado, el español, que se busca fragmentar a través de la creación, a su vez, de una institución al servicio del separtismo como es Òmnium cultural.

Y es que, en efecto, una de las fuentes más importantes de las que se nutren los programas separatistas en su lucha contra España, y por tanto una de las fuentes de la idea de su disolución en naciones fraccionarias (y con ella la unidad de mercado, fiscal, etc), es la Cultura en su concepción sustancialista, metafísica, mítica (la «Cultura con K», que decía Unamuno).

Instituciones como la de Òmnium cultural, y muchas otras que van en esta línea, son la punta de lanza del nacionalismo fraccionario que encuentra en la idea de Cultura, metafísicamente entendida, un disolvente de la cohesión nacional española. Así, desde lo que Gustavo Bueno ha llamado «el mito de la Cultura» la sociedad española aparece dividida en esferas culturales (vasca, catalana, gallega, castellana, andaluza, etc), prácticamente incomunicables entre sí, volviendo a la cultura española en una idea problemática, sobrante, prácticamente inexistente al no poder aglutinar, se supone, en una misma unidad dicha pluralidad de esferas culturales. Digamos que la pluralidad y diversidad de culturas impide hablar de una unidad en referencia a la cultura española.

Es, en efecto, en las Casas de la Cultura municipales, y en las Consejerías de Cultura autonómicas, así como en otras muchas instituciones dependientes administrativamente de estos organismos (museos populares, romerías, ferias, &c.), en donde se cultiva con más intensidad la idea metafísica de Cultura, según la cual la Cultura, así enteriza, se concibe como una sustancia cuyos contenidos (para empezar la lengua vernácula, o el dialecto local o regional, pero también el folklore, artesanías varias, fiestas, patronos, ceremonias o ritos diversos, &.) emanan espiritualmente del «» (Volk)  correspondiente (catalán, gallego,… berciano) en tanto que «señas de identidad» propias, y cuyos rasgos, así concebidos, se hacen irreducibles a los de cualquier otro. De este modo un cuadro de Dalí, por ejemplo, será interpretado, a través de esta idea sustancialista de Cultura, como una manifestación pictórica mediante la que se expresa el «pueblo catalán» como «seña de identidad»  suya, y sólo por ello, y no por otra cosa, digno de ser conservado y administrado (no se vinculará, sin embargo, la figura de Dalí como pintor o dibujante a las corrientes pictóricas impresionista, cubista, abstracta o surrealista, por ejemplo, comunes a muchos «pueblos», y por las que se explica realmente el significado de tales trazos en el lienzo).

Así, cualquier contenido o institución cultural será vista como rasgo característico del «pueblo» (un pueblo definido ad hoc) del que se supone emana directamente como expresión suya (volkisch), siendo así que tal contenido, circunscrito al organismo que lo administra (Consejería de Cultura autonómica, Casa de Cultura municipal), es irreducible a los contenidos culturales que emanan de otros pueblos en torno, y, por ello mismo, por dicho carácter exclusivo, digno de conservación en tanto que «seña de identidad» cultural exclusiva del pueblo correspondiente. De este modo, si alguien osara manifiestar disgusto por alguno de estos contenidos culturales -por ejemplo ante un cuadro de Miró-, es que entonces está manifestando aversión por «el pueblo catalán», que supuestamente está en ese cuadro íntegramente representado (como en la hostia consagrada está íntegramente el cuerpo de Cristo representado).

Miró, Dalí, como la sardana o el «pantomaca», incluso «San Jordi» o el «Barça», serán contenidos de cultura dignos de ser conservados y apreciados (lo contrario es «catalanofobia») por ser «expresión» del «pueblo» catalán, por ser manifestaciones propias de esa presunta sustancia cultural emanada de ese pueblo. Una sustancia cultural, por otro lado, cuya identidad debe ser defendida, sea como fuera, si es que alguna otra cultura trata de absorberla o reducirla.

Pues bien, desde esta perspectiva sustancialista, por la que cualquier rasgo distintivo local se asume como constitutivo de un «pueblo» (insistimos, definido ad hoc), la «cultura española», sencillamente, no existe si no como un mero subproducto residual del imperialismo castellano. Lo característico español es esa pretensión de uniformización de las genuinas o auténticas culturas -vasca, catalana, gallega…- para igualarlas, homogeneizarlas con la castellana, y, en definitiva, anularlas y llevarlas a su «extinción» al intentar reducirlas a otra (del mismo modo que las especies biológicas locales se ven disminuidas, incluso llevadas a su extinción, cuando, rompiendo el «equilibrio ecológico» de determinada región, una especie extraña es introducida «artificialmente» y se extiende, pandémicamente, por la totalidad de los biotopos existentes acabando con las especies locales y su biodiversidad).

Es decir, partiendo, según esta concepción mítica de la Cultura, de la «evidencia» de los «» característicos de las distintas culturas ya existentes en España, correspondientes a los distintos «pueblos» que, constituidos in illo tempore, fueron aquí supuestamente encerrados por el imperialismo castellano, no queda sitio, así lo entienden muchos, para la pretendida «cultura española», pues, por así decir, el campo ya estaba abonado, saturado al parecer (òmnium cultural), por las distintas culturas en él desarrolladas. Solo la pretensión imperial, cuyos últimos estertores se encontrarían en el franquismo y, a lo sumo actualmente, en algunos sectores del PP, Ciudadanos, etc. -de la «derecha extrema» en definitiva-, justificaría la existencia de algo así como una «cultura española». Con la llegada de la democracia tal pretensión imperial castellanista desaparece definitivamente, y vuelven a florecer en toda su diversidad las auténticas culturas diferenciales, las genuinas culturas vasca, catalana, gallega, etc,  que habían sido llevadas por el franquismo a la clandestinidad (digamos que, según esta concepción, tras el «erial» cultural del franquismo se abre paso con la democracia el «vergel» de las culturas autonómicas, recuperadas con la transición).

Este es, en esencia, el esquema, insistimos, completamente mítico (fantástico), que tienen muchos de los responsables de la administración de la cultura en España. Un esquema que tiene su origen en la metafísica idealista, sobre todo alemana (Herder, Fichte), y que ha pasado, a través de diversas vías que se pueden rastrear históricamente (Prat de la Riba, Sabino Arana, Murguía …), a presidir, como idea fuerza, los programas de los partidos nacionalsecesionistas españoles, así como los planes de muchos de los organismos administrativos autonómicos y municipales que están bajo su tutela (Casas de Cultura, Consejerías de Cultura …) .

Y es que es por esta vía cultural, así entendida, por la que las distintas comunidades autónomas, que es una división en principio meramente administrativa, son convertidas en «pueblos», en sustancias culturales «diferentes», con una «conciencia nacional» ya presuntamente constituida desde la prehistoria e «irreductible» a cualquier otra. Lo que no eran sino partes administrativas de España (las provincias surgieron en 1833, las comunidades autónomas en 1978) son ahora transformadas en auténticos «pueblos» (Volk) con unos rasgos culturales identitarios muy fuertes (caracteres nacionales) que no se dejan reducir a otros y que, una vez liberados de todo lo que, artificiosamente, les es común (esto es, España), piden, incluso «exigen» -planteada además como «exigencia democrática»-, su «autodeterminación» política como Estados (es el «Estado de Cultura», del que hablaba Fichte[1]).

Pues bien, al poner de manifiesto por nuestra parte la genealogía de la idea de Cultura (sustantiva, metafísica) que late detrás del , no tratamos de defender, por nuestra parte, una idea de Cultura española igualmente sustantiva, mítica, pero contrapuesta a esas culturas regionales. No. De lo que se trata es, sencillamente, de negar una contraposición semejante (ni siquiera su armonización o «alianza») porque tal conflicto (o armonía) entre esas culturas, así enterizas, implicaría la presuposición de que existen las Culturas así sustantivadas, cosa que es justamente lo que  nosotros negamos por principio.

Las culturas no son sustancias metafísicas, sino, más bien, sistemas institucionales que coexisten por razones históricas en un ámbito social determinado. Instituciones que, como rasgos culturales de esa sociedad (desde un tipo de arquitectura, hasta la gastronomía o la ceremonia del saludo), pueden tener su origen en ámbitos sociales muy diversos (incluyendo el propio), pero que por difusión llegan a converger en esa sociedad conformándola culturalmente. Una coexistencia institucional que puede ser más o menos armónica o conflictiva en dicho ámbito, pero que, en cualquier caso, nunca se da (el conflicto o la armonía) entre sustancias culturales dispuestas en bloque -que no existen-, sino entre unas formas institucionales y otras cuyo desarrollo está siempre determinado históricamente (y no depende del «genio de la raza», el «alma de los pueblos», ni cosas por el estilo, nociones estas ahistóricas, completamente mitológicas, e, insistimos, de consecuencias políticas nefastas).

Así, las formas institucionales, en tanto que rasgos culturales de la sociedad española, serán características suyas no porque «emanen del pueblo» (lo que sería pedir el principio), sino porque tales formas institucionales, bien por difusión desde otros ámbitos, bien por transformación (al concatenarse con otras formas institucionales), bien por segregación de partes de esas instituciones (aún conservando otras partes), &c., han convergido en la sociedad española y se han desarrollado en ella caracterizándola culturalmente («son estas instituciones lo que conforman la conciencia social española, y no la conciencia española lo que conforma estas instituciones», por utilizar la fórmula de Marx).

Así, por ejemplo, el baile de las sevillanas no es una danza derivada de la «identidad del pueblo sevillano», como si este fuese una sustancia primigenia y las sevillanas manifestación suya, sino que es una danza derivada de la jota, difundida prácticamente por toda España, y que en Sevilla forma esa variedad, teniendo esta más que ver con las danzas populares de Aragón, de Castilla, &c., que con otros aspectos institucionales de esa presunta «identidad cultural sevillana». Del mismo modo la «fiesta nacional», esto es, la lidia, no es una institución que emane de la «profundidad del alma española», sino que es una ceremonia, la tauromaquia en sus distintas variantes, muy común en el área de difusión mediterránea (a partir del trato primitivo con el toro en este ámbito), sobreviviendo actualmente por razones históricas precisas en algunos lugares (España, Francia, Portugal) y no en otros, pero desarrollándose también, precisamente a través de España, en lugares alejados de la cuenca mediterránea (en la América hispana, en donde antes de la llegada de los españoles ni siquiera había toros).

De modo que la cultura española no es una sustancia, ni tampoco -mucho menos- lo son las culturas regionales («autonómicas»), sino que es más bien un conjunto de instituciones, con una morfología y una dinámica características, que por razones históricas (y no prehistóricas, y mucho menos ahistóricas) han convergido en el ámbito español configurándolo culturalmente. Así, por ejemplo, la familia monogámica incompatible con la bigamia o con la poligamia, pero sí relativamente compatible con el divorcio (que precisamente evita caer en situaciones de hecho de bigamia permitiendo, por así decir, una sucesión de monogamias) son instituciones culturales, de procedencia romana, actualmente características (aunque no exclusivas) de España. En España, por poner otro ejemplo, no hay, por razones culturales (totémicas, tabús) ningún tipo de restricción (por lo menos absoluta) alimentaria (sí se mantienen, aunque con mucha laxitud, prohibiciones temporales de algunos componentes de la dieta -por ejemplo, durante la cuaresma-). Así, el jamón, procedente del cerdo, es un alimento común en la dieta de los españoles, incompatible, sin embargo, con el tabú alimentario del cerdo, institución esta común entre musulmanes y judíos (en general mucho más estrictos en sus prescripciones) que implica la ausencia del cerdo y derivados en su dieta (comida halal o koser). La gastronomía porcina, tan rica en España, es incompatible pues con la gastronomía de influencia judía y musulmana (o más bien al revés, el judaísmo y el islamismo son incompatibles con la gastronomía española).

Desde una concepción morfodinámica, y no sustantiva de la Cultura, las culturas regionales de España tienen una relación con la cultura española semejante a la relación que un género tiene con sus especies, de tal modo que la cultura catalana, andaluza, murciana, castellana, &c., no forman recintos cerrados, impermeables a la «cultura española», sino que esta está filtrada, difundida a través de sus distintas especies locales o regionales formando la cultura española una totalidad distributiva que se manifiesta presente tanto en , como en Murcia, Galicia, el Bierzo, Canarias, Andalucía … Incluso en cuanto que cultura hispana ni siquiera está restringida al ámbito peninsular, sino que está propagada por Hispanoamérica (en donde, además de la difusión de la lengua española, la propia estructura política y administrativa, entre otras muchas instituciones culturales, es resultado de la acción española en América).

Así, por ejemplo, el juego de pelota vasca, distintivo de la cultura regional vasca, en cuanto que apenas se ha difundido por el resto de España (aunque sí en algunas partes de América), no por ser practicado en una sola región, y no en otras, deja de ser una especificación de la cultura española. El juego de pelota vasca es tan español, precisamente por ser vasco, como lo pueda ser la lidia (mucho más difundida por España). Definir la cultura vasca al margen de la española para después confrontarlas por sus «diferencias» es, sencillamente, pedir el principio (como si existiese una cultura española al margen de la cultura vasca). Sería algo parecido a decir que los números enteros no son números por ser muy «diferentes» de los números naturales, como si el número se pudiese definir al margen de sus especies (naturales, enteros, racionales …), y el natural fuese el número por excelencia (¿acaso son «más número» los naturales que los irracionales?; del mismo modo, ¿acaso es más española la cultura andaluza o castellana, que la vasca o la catalana?).

El concepto de «diferencia», además, es un concepto relativo (adscrito a una relación comparativa de términos), no absoluto, y, por tanto, si una región tiene unos rasgos culturales diferentes de otra, es porque esa otra también es diferente de la primera. Si la cultura catalana es «diferente» de la castellana es porque la castellana también «es diferente» de la catalana, de la vasca, de la murciana (sería absurdo así subrayar que una es «más diferente» que la otra). Solo partiendo del prejuicio de que la cultura española se identifica con la cultura castellana, o con la andaluza, se pueden confrontar cultura española y vasca, o catalana, viéndolas así como «diferentes» de la española.

En definitiva, instituciones como Ómnium cultural, desde las que se hace palanca a favor del separatismo, vienen embarazadas con la idea mítica, sustancialista, de Cultura, una idea segregacionista, supremacista, y cuya peligrosidad política no hace falta «imaginarse», porque es la misma idea, la de Cultura con «K», que está a la base del proyecto político nacionalsocialista, de consecuencias nefastas y de todos conocidas.

[1] Idea que influyó posteriormente en la Kulturkampft promovida por Bismarck contra los católicos (en el contexto inmediatamente posterior a la unificación alemana), así como en el expansionismo nazi siendo, recordemos, el «derecho de autodeterminación» el punto primero de los 25 planteados por el programa del Partido Nazi.

Acerca de Pedro Insua

Pedro Insua Rodríguez (Vigo, 1973). Profesor de Filosofía. Como Investigador asociado
de la Fundación Gustavo Bueno, ha publicado numerosos artículos en El Catoblepas y
en El Basilisco. Es autor del libro Hermes Católico (Pentalfa ediciones, 2013), que trata
de la relación entre la conquista de América y su ulterior emancipación y del libro
Guerra y paz en el Quijote, ed Encuentro, 2017. Interviene con frecuencia en algunas
tertulias televisivas (la Tuerka, Dando Caña…) y de radio (en el programa Sin
Complejos, de esRadio, y en el programa Julia en la Onda, de Ondacero).

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