Inicio / Política / Opinión / Del honor perdido y otras indignidades del poder

Del honor perdido y otras indignidades del poder

Aún recuerdo la primera vez que una persona me espetó orgullosa de su astucia la expresión “esto son negocios”, pretendiendo dignificar el engaño, como si este fuera el lógico modelo a seguir. Tampoco me olvido de aquellos que intentando justificar toda clase de argucias y bajezas de arrabal, me aleccionaban en comunicación política afirmando “esto es política”, es decir, esto es la guerra. Fracasaron, nunca he ejercido el noble oficio de la comunicación desde la mentira y el engaño, todo lo contrario, he utilizado la verdad y la transparencia promoviendo la honorabilidad en aquellos que me han confiado su imagen pública. En el ámbito de la comunicación y la resolución de conflictos de índole corporativo, he conseguido los éxitos más duraderos a través de la transparencia y la limpieza en las negociaciones, con una búsqueda obsesiva por la ecuanimidad entre las partes y su mutuo beneficio. De hecho, un conflicto es una oportunidad única para estrechar lazos y crear fuertes y duraderas alianzas, siempre que la honradez esté precedida por un pacto de , la mejor acta notarial cuando las partes son dignas de ser consideradas “honorables”.

A lo largo de los años he visto cómo los más astutos en el vil arte de la mentira y la traición, han progresado en diferentes ámbitos y circunstancias de la vida, cuando de y beneficio material se trata, que no en cuanto a su evolución como personas por más que se mientan a sí mismos y a la sociedad. Al final de sus vidas, el vacío ocupa el lugar en el que debería morar el orgullo de haber tenido una vida digna y honorable regida por la , entendida como ciencia del comportamiento . En estas personas que han dilapidado sus vidas engordando ego y bolsillo prosperando solo en lo material, lejos quedan el honor y la , cualidades que honran a quienes son merecedores de tales atributos, avales para la confianza en el trato y las costumbres entre gentes de bien. Viene al caso recordar el pensamiento que expresó el estoico Epicteto de Frigia:

Si puedes enriquecerte conservando el honor, la buena fe, la magnanimidad, no lo excuses; pero teme perder los verdaderos bienes por adquirir los falsos”

Cuando surgió el Romanticismo a finales del siglo XVIII, como contrapunto del Racionalismo imperante en la azarosa Ilustración, y más aún en su evolución a lo largo del siglo XIX, honor y dignidad se constituyeron como el mejor vestido que damas y caballeros podían lucir. Habitualmente, honor y honra, íntimamente vinculados, son relacionados en el imaginario colectivo con los duelos entablados entre caballeros, desde la edad media hasta los albores del siglo XX, lances regidos por un código de honor en los que se defendía la dignidad, la integridad y la hombría, escogiendo armas y batiéndose en el Campo del honor. En pleno siglo XXI, la honra y la reputación son derechos establecidos en el Artículo 12 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos:

Nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada, su familia, su domicilio o su correspondencia, ni de ataques a su honra o a su reputación. Toda persona tiene derecho a la protección de la ley contra tales injerencias o ataques”

En el tiempo de las Redes sociales, los ciberataques, la constante intromisión en la vida privada de las personas y los medios de comunicación teledirigidos como misiles hacia objetivos considerados hostiles, resulta de dudoso cumplimiento el mencionado artículo 12, o los artículos 208 y 205 del Código Penal español, donde se recogen los delitos de injurias y calumnias, englobados dentro de los delitos contra el honor, recogidos en el Título XI. sin embargo, estos son los “campos del honor” en los que podemos batirnos actualmente para defender nuestra honra. Líbrenos la providencia de vernos obligados a batirnos en semejante duelo, donde las razones que atentan contra el honor de los litigantes (injurias y calumnias) son sumamente difíciles de juzgar. Según el texto legal, el delito de injurias es “la acción o expresión que lesionan la dignidad de otra persona, menoscabando su fama o atentando contra su propia estimación. Solamente serán constitutivas de delito las injurias que, por su naturaleza, efectos y circunstancias, sean tenidas en el concepto público por graves”. En cuanto a la calumnia, el Código Penal la define como “la imputación de un delito, hecha con conocimiento de su falsedad o temerario desprecio hacia la verdad”. El mejor consejo para evitar litigios en torno a delitos de injurias y calumnias, es el que daba el multifacético abogado, escritor y político mexicano Ignacio Manuel Altamirano Basilio (1834 – 1893) “Dominar la cólera, tiene más mérito que batirse en duelo por no haberla dominado”. Importante es también dominar la envidia, madre de tantas difamaciones como mediocres en el mundo ha habido, hay y habrá. Perdedores incapaces de reconocer la victoria ajena y aprender de sus propios errores. Ante las injurias, encontramos en el filósofo Platón la mejor solución “Haré callar a los maledicentes siguiendo una vida ejemplar: ésta es la mejor respuesta a la maledicencia”.

Humildad, integridad, capacidad de renuncia, sacrificio y espíritu de superación, son valores que aún resisten el ímpetu de una sociedad cada vez más deshumanizada e inmoral, sometida a los algoritmos para bien y para mal, enloquecida por el materialismo y la consecución del poder a toda costa. Bastiones como las Fuerzas Armadas, entre otros corpúsculos sociales, resisten con entereza el envite despiadado de las hordas formadas por los más abyectos representantes de la indignidad. Es en estas instituciones donde los mejores valores son ensalzados y practicados con regularidad y convicción. Son una isla en este océano de indignidad política y mediática en el que estamos naufragando con estrépito, para deshonra de quienes dieron su vida por una sociedad más justa, en la búsqueda de un mundo mejor.

Ser una persona honorable, da igual hombre o mujer, es ser una persona respetada y respetable, lo que significa un fin en sí mismo, un encomiable propósito para cualquier persona que haga de su existencia un viaje hacia la excelencia y la equidad social, con grandes dosis de generosidad porque es necesario dar para recibir. Es bien sabido que la respetabilidad no viene dada, hay que ganársela y mantenerla cada día.

Puede parecer una quimera hablar de honor, dignidad y honra en el año 2019, sin embargo, perseguir un sueño nos mantiene vivos, y este bien lo vale. Alcanzar la honra siempre está a nuestro alcance, si tenemos la humildad y valentía suficientes para reconocer los errores cometidos, aprender de ellos y pedir perdón a los ofendidos ¿Cabe mayor satisfacción? Aprender del pasado en la medida que se requiera, corregir el presente y diseñar un futuro encomiable para nosotros, nuestras familias y nuestro pais, es posible, aunque no fácil. El nivel de perversión que se está alcanzando a nivel político es escalofriante, y no me refiero solo a España, ni quiero hacer extensivo este pensamiento a la totalidad de quienes ejercen la política, porque no sería justo hacerlo. Nunca en la historia se ha mentido y manipulado tanto y a tan gran escala como en la actualidad. Y esto no es una generalización, sino la observación de una realidad predominante. Por supuesto, hay políticos que no mienten o al menos lo intentan, personas esforzadas y con vocación de servicio público que luchan por sobrevivir a la tiranía antidemocrática impuestas por la partitocracia reinante, la gran distorsión de la democracia. Pero no son estas las personas que deberían preocuparnos, sino las mentes psicópatas con sentimientos mesiánicos que arrastran a sus conciudadanos al enfrentamiento, con tal de alcanzar sus objetivos ¿Quién no ha sentido alguna vez que está siendo manipulado, incluso violado social y administrativamente por aquellos que ha designado para dirigir su pais, su región, ayuntamiento, incluso su comunidad de vecinos? ¿Alguien se imagina a un director general revelándose, contradiciendo y no ejecutando las decisiones adoptadas en el consejo de administración de una empresa, pactando incluso con quienes quieren destruirla? Cuando los administradores se vuelven en contra de sus administrados, estos tienden a unirse para librarse de ellos que, en la mayoría de los casos, son lobos disfrazados con piel de cordero.

No hay honor posible en el uso del poder para abusar de los más débiles. No hay honra ni dignidad en la administración desleal, en el saqueo de las arcas públicas para beneficio propio, en la utilización torticera de los organismos creados para la regulación y el orden de una nación, o en la prevaricación ejercida por quienes están al servicio de los ciudadanos.

Aparentemente, los comicios periódicos nos dan la oportunidad de votar a los más aptos y dignos para el gobierno de nuestra democracia, sin embargo, no es así. No deja de asombrarme este singular sistema en el que la gran mayoría de los ciudadanos no están suficientemente cualificados para escoger a los más aptos para su buen gobierno, tal y como se ha demostrado una y otra vez a lo largo de los últimos cuarenta años. A veces me pregunto si un equipo multidisciplinar de interim managers no sería lo más eficiente y eficaz para gobernar un pais, siempre y cuando su acción se circunscribiera a correspondiente marco constitucional. Cuando repasamos nuestra experiencia de ciudadanos solemos decir que, aunque la democracia no es perfecta, es el sistema menos malo; puede que sea así, pero la democracia como cualquier otro sistema o metodología, puede y debe ser susceptible de mejora. En el caso de España, un profundo estudio de la Constitución y una reforma aprobada con el mayor consenso posible, sería más que aconsejable. Todo lo que se ha demostrado como inadecuado para la convivencia, la justicia, la igualdad entre personas y territorios, y la libertad de los ciudadanos, debería ser optimizado, incluso suprimido, si ello fuera bueno para los españoles.

La partitocracia y el cortoplacismo que rigen la vida política son letales para los ciudadanos, como también lo es el fanatismo nacionalista que está rompiendo España lenta e inexorablemente. Resulta escandalosa la ineptitud y cobardía de los gobiernos que no han sabido plantarle cara a un problema enquistado, cuya solución pasa por el cumplimiento de la ley y la defensa de la unidad nacional, algo obvio e inexcusable en cualquier otro país. Cuando en 1978 se redactó el Artículo 2 de la Constitución española, en el que se dice que esta se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, a la vez que reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas. De aquellos barros, vienen estos lodos. Robert Owen, industrial y socialista utópico galés del siglo XVIII, decía que “Sin coherencia no hay ninguna fuerza moral”, y esto es lo que le ha sucedido a algunos de los gobernantes españoles que han querido normalizar este problema en los últimos 40 años, que además de haber negociado la soberanía de la nación española a cambio de apoyos para gobernar, no tienen fuerza moral para resolver un problema, el del independentismo, que se ampara en el citado Artículo 2 de la Constitución española para justificar el secesionismo, atribuyendo al texto en el que se habla de “autonomía de las nacionalidades”, la interpretación “independencia de las nacionalidades”, y obviando la parte en la que se hace referencia con absoluta claridad a “la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles”. Pero no nos privamos de nada, también tenemos partidos no nacionalistas que consideran a España como una nación de naciones, echándole así más leña al fuego de la torticera confusión generada desde los ámbitos independentistas regionales, con el fin de conseguir alianzas que les permitan gobernar. Como todos sabemos, esto ha sido así en mayor o menor medida, con todos los partidos que han gobernado España en las últimas décadas.

No hay honor, ni honradez, ni dignidad en aquellos que pretenden utilizar a los ciudadanos para sus intereses particulares, hablando en plata, para negocios amparados en políticas sectarias diseñadas para generar caos y desorden, enfrentando a los ciudadanos. Como bien sabemos, a río revuelto mayor ganancia para los pescadores, y es mucha la que obtienen quienes se proclaman independentistas, recubriendo esta etiqueta de un trasnochado glamur libertario.

Aristóteles afirmaba que “La dignidad no consiste en tener honores, sino en merecerlos”. Un pais, como las personas e instituciones que lo conforman, debe ser merecedor de su propia dignidad. Todos podemos llegar a ser dignos representantes de las más honorables causas, y no hace falta para ello ser un gran dignatario. Cada uno de nosotros, en nuestra vida cotidiana, en nuestras familias, en nuestro puesto de trabajo, dirigiendo nuestra empresa o en la política, tenemos la oportunidad de dignificar nuestras vidas y las de quienes nos rodean. Vivir con honor es un fin en sí mismo. Aspiremos a ser “españoles Honoris Causa”.

Acerca de Tomás González Caballero

Profesional y empresario en el sector de consultoría y operaciones. Cuenta con más 35 años de experiencia en marketing estratégico, comunicación corporativa y Branding, siendo esta última disciplina en la que tiene mayor especialización. Es Máster Brand en Identidad Estrategia y Gestión de Marcas, y Máster DirCom Internacional. Cuenta con gran experiencia como consultor en comunicación corporativa y relaciones institucionales. Articulista y conferenciante sobre Branding y comunicación corporativa. Profesor de Branding y Comunicación corporativa en el Máster “Protocolo y Organización de Eventos”, en el Centro Superior de Estudios de Gestión de la UCM. Asesor externo del “Grado de Marketing e investigación de Mercados” de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad de Valladolid. Socio-Fundador de Veratya Estrategias Corporativas.

Compruebe también

Federalismo en salsa catalana

Invocando la hipótesis sociológica de la “disjunction of realms” enunciada por Daniel Bell, he pensado …