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Notre Dame en llamas

Hace dos meses Notre Dame se vio envuelta en un pavoroso incendio, calificado hasta el momento de accidental por las reformas que se estaban realizando, que destruyó sus dos campanarios, la torre y la techumbre. Afortunadamente, la rápida intervención de los bomberos y de los técnicos, consiguieron salvar la estructura de la catedral, que será reconstruida en no demasiado tiempo. La catedral de Notre Dame, de estilo gótico temprano, clásico y radiante, es uno de los principales símbolos de la cultura y la religiosidad occidental. El escritor y psicólogo Javier del Amo, refleja en las siguientes líneas su sentimiento vivido por aquella tragedia (Redacción Kosmos-Polis).

¿Qué me pasó cuando por la noche me emocioné como no me había emocionado tanto  cuando Notre Dame era invadida de llamas?

Ya fuera porque a cierta edad uno está ya muy blandito; fuera porque uno sufría una enfermedad de “grandes vasos” con nombre clínico horrible, y desde el hotel Minerva a Notre Dame era tremendo por lo despacio y lamentable que caminaba.

Fuese, también, porque uno, allá cuando corría el año de Gracia-de-desgracia del 1967, llegó al excesivo y desmesurado asentamiento parisino donde  se celebraba el bautizo de un niño de un hombre de color y de una española que dio lugar a un cuentecito, “aves migratorias”, que alcanzó nombradía.

Allá, grandes amigos, Pedro Altares y José Luis García Delgado recorríamos  lugares prohibidos en Iberia (la editorial Ruedo Ibérico por ejemplo), y aspiraba el aire de  esa tierra, que demasiado grande para almas encogidas en las moradas interiores, que no  les cabía el alma.

Y de repente: oh, de pronto, no puedes tolerar tanta congoja, tanta desesperación: no es tristeza ni vértigo, es un sentimiento distinto, (frase mía: aquí no hay plagio)

¿Qué acaecía en mi alma?

No era yo el  súbdito gregario de un mundo pobre de mendigos y turistas, cuando lloraba con congoja muy acongojada

quizá si por mi condición de católico sin sustancia, lloraba por aquellos emigrantes que en la Sala Wagram bailaban en las grandísimas dos salas al son del pasodoble “En el mundo”.

¿O yo pensaba en la muerte con aguacero en un día del que tengo ya un recuerdo que escribió Cesar Vallejo,  el más grande de los poetas que en el mundo fueron?

Lloraba al ver arder el magno y al mismo tiempo humilde templo, que quizá yo podía haber  muerto años atrás con la cosa cardíaca a punto de estallar, cuando costaba  Dios y ayuda bajar por las escaleras del metro donde  veía  un anuncio publicitario, en una estación, que sugería visitar el Museo del Ejército para ver el quepis que llevaba de Gaulle siendo joven.

¿Por qué lloraba?, ¿acaso me sentía culpable de haberme enfadado tanto con y su desmesura y su grandeza de paleolítica quietud?

Eran las mías,  lagrimas buenas, grandes, como si no fuera Notre Dame solo Notre Dame sino el templo, el Templo de la Ciudad de Dios, donde iban  aquellas chicas en flor de Proust, o de Villon que salían con nosotros en las tardes azules…

¿Qué me pasó en esa noche, muy débil ya pero con fuste y cuajo como se dice bárbaramente, para querer retornar a la vida espiritual en esta Semana Santa de una España que necesita urgentemente una  aguja de navegar vientos?

Nunca, todo hay que decirlo, nunca acabaré de llorar del todo…¿Será la hora, ahora que ha sufrido ese Templo de Dios, será la hora de volver a la misa, a la congregación mariana, a apuntarse a una campaña de alfabetización si es que hubiere…?

¿Será la hora del cambio radical… ?

Acerca de Javier del Amo

Escritor y psicólogo, licenciado en Derecho. Es autor de obras "El sumidero", (1965), "Las horas vacías" (1968), "La espiral" (1972), "El canto de las sirenas de Gaspar Hauser" (1973), relatos coomo "Del cielo cuelgan Ciudades" (1976), "El niño que pintó el mundo",y sobre el campo de la Psicología; "Literatura y neurosis" (1974), "Literatura y psicología" (1976), "Nuestros cerebros dentro" (1977) y "El caniche de Rembrandt y otros cuentos" (2003),