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Humanismo, polimatía y redención social

Podría parecer anacrónico hablar de “” cuando el “”, expresión filosófica de la inteligencia artificial, y el “”, emergen con fuerza en unas sociedades hastiadas de sí mismas, de su capacidad autodestructiva, de su incapacidad para liberarse de las fuerzas ideológicas que las conducen generación tras generación al enfrentamiento y la devastación física o moral.

La ciencia y la al servicio de esta parecen ser el mejor modo de resolver los problemas esenciales de la humanidad, sin embargo, no es así, tan solo son medios e instrumentos que deben estar al servicio de las personas, de su bienestar y evolución, en ningún caso, al contrario. La implantación de células madre reprogramadas en pacientes con párkinson, sería un buen ejemplo de innovación científica y buena praxis orientada hacia el bienestar de los seres humanos. Actualmente, el uso e interacción de diversas tecnologías al servicio de la ciencia, ofrece un inmenso campo de oportunidades a los científicos para mejorar la vida de las personas y, por ende, de las sociedades que conforman.

El origen de los conflictos que aquejan a la humanidad no está fuera de los seres humanos, está en su naturaleza y no son pocos los hechos que lo prueban a lo largo de la historia. Si analizamos el origen de los conflictos a cualquier escala desde hace miles de años, siempre encontramos los mismos detonantes: orgullo, envidia, avaricia, ira y lujuria, entre otros que ya definió el papa San Gregorio Magno en el Siglo VI. Ninguno de estos que en la fe católica se definen como pecados capitales pueden ser resueltos a través de la tecnología, de no ser que esta se fusione con la inteligencia humana anulándola y dando lugar a los posthumanos, el fin de la especie humana y con ella la extinción de sus defectos y virtudes, dualidad imprescindible para la evolución de las personas hacia planos superiores de conciencia, algo a lo que nunca podrá aspirar un ciborg. Los problemas de la humanidad no se resuelven sustituyendo a los humanos por seres híbridos desnaturalizados o robots, sino transmutando lo pernicioso en saludable, física y espiritualmente hablando, a través de la toma de conciencia, de adquirir conocimiento combatiendo la ignorancia, fomentando la investigación y poniendo la ciencia al servicio de las personas, no de sus veleidades.

Es hora de reivindicar y fomentar el “Humanismo”, esa piedra filosofal capaz de transmutar, metafóricamente hablando, los metales en oro, el mal en bien, la ignorancia en conocimiento, dos conceptos que la mayoría de personas, ya sea por aprendizaje o por intuición, distinguen con claridad. No es el caso de aquellos que por distintas circunstancias han sido ideologizados hasta el fanatismo y son objeto de manipulación, por lo que no son plenamente dueños de sus actos y mucho menos de sus ideas, al carecer de voluntad propia. Incluso para estas personas, el “Humanismo”, por su cualidad de potenciar el estudio de las humanidades es la gran tabla de salvación, y no la sustitución de sus cerebros biológicos por otros cibernéticos, total o parcialmente. No se debe concluir de estos razonamientos resistencia alguna a que la Inteligencia Artificial (IA) continúe desarrollándose, al contrario, debe evolucionar tanto como sea posible con la premisa de que la ética en su concepción y uso, estén por encima de cualquier otro interés. La Inteligencia Artificial debe estar al servicio y bienestar de los seres humanos, y no debería utilizarse en contra suya, en ningún caso.

En esta alquimia de la evolución, vista desde la perspectiva del revolucionario Siglo XXI, resurge con fuerza la “”, definida por la RAE como “la sabiduría que abarca conocimientos diversos”. Humanismo y junto a la ciencia ética, conjugan la esencia de lo que podría ser una auténtica revolución. Grandes polímatas de la historia fueron Leonardo Da Vinci, Sócrates, Copérnico, Galileo, Newton o Franklin, entre otros. Pasar de la especialización surgida con la Era de la Información a finales del Siglo XX, a la desempeñada bajo criterios humanistas, debería ser la gran revolución social en esta pretendida Era del Conocimiento.

Los polímatas, actualmente denominados Knowmads (nómadas del conocimiento), término acuñado por el Dr. John Moravec, promotor del concepto sociedad knowmádica, encajan perfectamente con una concepción humanista que conduzca a las sociedades modernas hacia un camino de prosperidad sostenible, en la que los seres humanos y su entorno prosperen con mayor armonía. En un mundo infoxicado por sobredosis de información, en su mayoría no contrastada, por millones de datos generados a través de la propia existencia de las personas y su actividad social (registros), por su huella digital (actividades llevadas a cabo a través de Internet), y también por los objetos a través del denominado Internet de las cosas (IoT), son necesarias personas capaces de capturar, ordenar y transformar esa ingente cantidad de datos, generando valor a través del conocimiento knowmádico y propiciando su uso bajo estrictos criterios éticos. Que estas personas, en su mayoría científicos de datos, tengan una formación humanista es muy importante. Lamentablemente, no es así en la actualidad, aunque algunos colectivos especialmente relacionados con el mundo de los datos, conscientes de la importancia que tiene la ética en el ámbito de la denominada “Data Economy”, comienzan a sentar las bases sobre las que se construirá una relación de equilibrio entre los datos y las personas a las que su adecuado tratamiento debe beneficiar.

En el período histórico del Renacimiento, el “Humanismo” supuso una auténtica revolución que permitió dejar atrás la Edad Media, un salto cualitativo en el que intelectuales, científicos y artistas buscaron nuevas formas de expresión inspirándose en los clásicos grecorromanos. Tomando como referencia este modelo sociocultural que iluminó Europa Occidental durante los Siglos XV y XVI, asumiendo la necesidad imperiosa de que la Filosofía forme parte esencial de la educación a escala global, y potenciando la investigación científica, un nuevo Renacimiento sería posible propiciando la redención de una sociedad, en cierto modo pervertida y fragmentada, incluso esclavizada por la tecnología, con lo que esto representa: manipulación, insolidaridad, vacuidad intelectual, injusticia, desesperanza, crisis familiares, etc.

En este punto es necesario detenerse para intentar comprender mejor lo que es el Transhumanismo y el Posthumanismo. Un transhumano es un humano en transición hacia un posthumano o engendro posterior al ser humano, evolucionado a partir de la aplicación masiva de tecnología. En definitiva, el Transhumanismo, también denominado “biohacking” por los tecnólogos, es la antesala que precede a la destrucción de los seres humanos tal y como los conocemos en la actualidad. Hay quien piensa que esta es la mejor opción para suprimir de la faz de la Tierra a los seres que atentan indiscriminadamente contra ella, poniendo así en peligro su propia existencia. Parece que cualquier solución es mejor que educar y promover la cultura y el “Humanismo” entre los seres humanos desde que nacen hasta que mueren, proceso natural que los transhumanistas, en su singular concepción de la vida pretenden suprimir. La ciencia y las tecnologías deben mejorar la calidad de vida de las personas, incluso prolongarla como viene sucediendo en las últimas décadas, pero nunca podrán eliminar el ciclo evolutivo de la vida y la muerte física, intrínseca a la naturaleza humana; eso sería ir más allá de las atribuciones del ser humano. Alcanzar la vida eterna a través de la implantación masiva de microchips, una especie de Santo Grial templario, es uno de los iconos ideológicos manejados por los transhumanistas.  Mejorar al máximo la calidad de vida de las personas hasta sus últimos días de existencia física, ya es en sí mismo un fin extraordinariamente valioso y meritorio.

Reproducción asexual y androginia, entre otras, son también señas de identidad transhumanistas consideradas como signos de evolución por quienes defienden esta inhumana concepción de la vida y la muerte, o más bien de la inmortalidad, tal y como afirman se conseguirá más pronto que tarde. La ignorancia sobre las verdaderas capacidades naturales del ser humano, en un sistema donde los principales y más excelsos valores han dejado de formar parte de la educación en los hogares, y de la formación en una buena parte de los centros educativos, auguran un futuro nada halagüeño. El humanista y polímata Jean-Jacques Rousseau conocía bien la importancia de la educación cuando afirmó que “a las plantas las endereza el cultivo; a los hombres, la educación”.

El verdadero potencial de los seres humanos está en su naturaleza y es mucho más poderoso que cualquier microchip, eso sí, su desarrollo requiere esfuerzo y sacrificio, palabras proscritas en lo que se ha dado en llamar “sociedades del bienestar” o “sociedades consumistas”, un gran cascarón forrado de vanidades, vacío de humanidad por su falta de criterios humanistas.

El filósofo transhumanista Fereidoun M. Esfandiary (1930-2000) con seudónimo FM-2030, decía “sentir una profunda nostalgia por el futuro” ¿Es el Transhumanismo y su consecuencia, el Posthumanismo, la mejor opción para los seres humanos? Esta es la cuestión sobre la que se debería estar debatiendo en profundidad, en vez de asumir lo que venga desde lucrativas poltronas que impunemente y con el beneplácito de una tibia mayoría silente, marcan los designios de la que más que una sociedad del conocimiento, todavía es una sociedad de la ignorancia y la incultura. Prueba de ello, es la facilidad con la que millones de individuos son manipulados ideológicamente por movimientos sociales y políticos, que los utilizan para alcanzar sus objetivos particulares en contra de los intereses generales, salvo honrosas excepciones. Platón nos avisa sobre las consecuencias de la ignorancia, cuando dejó escrito que “La ignorancia es la semilla de todo mal” y que “Los estados son como los hombres, nacen de sus mismos rasgos”.

Pero no tiene por qué seguir siendo así, aún hay tiempo para una redención ordenada, moldeada desde la inteligencia social y la toma de conciencia de los individuos sobre su poder de autogobierno. Un nuevo Renacimiento del Siglo XXI, forjado por la voluntad de quienes pretendan un mundo mejor, más equitativo y próspero está al alcance de los seres humanos; no de los transhumanos, ni de los posthumanos.

Leonardo Da Vinci, el mayor polímata de la historia, creía en los seres humanos y así lo demostró cuando inspirado en las teorías del arquitecto romano Marco Vitruvio, plasmó en su “Hombre de Vitruvio” la esencia de lo que el filósofo y humanista neoplatónico Pico della Mirandola (S. XV) había sugerido en su obra “Oratio de hominis dignitate” (discurso sobre la dignidad del hombre): “Los seres humanos son el centro del universo y poseen capacidades que los acercan a la divinidad” Afirmaba también que en ellos residen los instintos más bajos, teniendo la libertad de escoger, pudiendo llegar a conocer la belleza de la Creación, a descubrir secretos como el de la cuadratura del círculo y la proporción áurea, también denominada el número de oro o la divina proporción.

Ser hombres o mujeres de Vitruvio es una opción al alcance de la mayoría de las personas que se lo propongan, tan solo han que poner los medios necesarios, además de la voluntad de cada individuo para prosperar en un proceso de mejora constante que justifica nuestra existencia y constituye el propósito vital por excelencia.

Acerca de Tomás González Caballero

Profesional y empresario en el sector de consultoría y operaciones. Cuenta con más 35 años de experiencia en marketing estratégico, comunicación corporativa y Branding, siendo esta última disciplina en la que tiene mayor especialización. Es Máster Brand en Identidad Estrategia y Gestión de Marcas, y Máster DirCom Internacional. Cuenta con gran experiencia como consultor en comunicación corporativa y relaciones institucionales. Articulista y conferenciante sobre Branding y comunicación corporativa. Profesor de Branding y Comunicación corporativa en el Máster “Protocolo y Organización de Eventos”, en el Centro Superior de Estudios de Gestión de la UCM. Asesor externo del “Grado de Marketing e investigación de Mercados” de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad de Valladolid. Socio-Fundador de Veratya Estrategias Corporativas.

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